Rodearte de personas estresadas le pasará factura a tu cerebro, según la ciencia

Jennifer Delgado
El estrés ajeno puede afectar nuestro cerebro. [Foto: Getty]
El estrés ajeno puede afectar nuestro cerebro. [Foto: Getty]

¿Alguna vez has entrado en una habitación estando de buen humor y has salido sintiéndote irritado y tenso sin saber muy bien por qué? ¿O quizá te has sentido particularmente estresado tras hablar con una persona, aunque aparentemente no te haya dado motivos para ello? La clave para comprender qué ha sucedido radica en el contagio emocional: es probable que te hayan inoculado el estrés.

Sabemos que las emociones son tan contagiosas como la gripe y que los estados emocionales negativos como el estrés se propagan con mayor rapidez, duran más y son más intensos que las emociones positivas, como demostró un estudio de la Universidad de Harvard. Sin embargo, ahora investigadores de la Universidad de Calgary van un paso más allá al sugerir que relacionarnos con personas estresadas podría hacer que nuestro cerebro reaccionara como si nos estuviésemos exponiendo directamente a la situación estresante. Es decir, que nuestro cerebro no establecería grandes diferencias entre “tu estrés” y “mi estrés”.

Tu estrés estresa mi cerebro

Nuestro cerebro no siempre distingue entre el estrés propio y el ajeno.  [Foto: Getty]
Nuestro cerebro no siempre distingue entre el estrés propio y el ajeno. [Foto: Getty]

La idea de que el estrés es contagioso no es completamente nueva. Desde hace años se conoce que los familiares de las personas que sufren un trastorno de estrés postraumático pueden desarrollar síntomas similares, aunque no hayan experimentado directamente la situación traumática. Un estudio realizado en la Universidad Bar Ilán constató que las parejas de los veteranos de guerra con estrés postraumático presentaban un funcionamiento mental similar y un metaanálisis llevado a cabo en la Universidad de Copenhague comprobó que ese tipo de estrés también puede pasar de padres a hijos.

Lo peor de todo es que, si bien el estrés se transmite con mayor facilidad entre personas con las cuales tenemos un vínculo afectivo, también podemos contagiarnos con el estrés de completos desconocidos, como comprobaron investigadores del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebrales Humanas de Leipzig.

En el experimento, emparejaron a cada participante con desconocidos o con sus parejas. Pero antes habían sometido a esas personas a situaciones estresantes. El 40% de las personas presentaron signos fisiológicos de estrés, como un aumento de los niveles de cortisol, cuando su pareja estaba estresada, y el 26% de las personas también se estresaron cuando se relacionaron con un desconocido estresado.

Los investigadores apuntaron que “debe existir un mecanismo de transmisión a través del cual el estrés de una persona provoca un estado similar en el observador, hasta el nivel de desencadenar una respuesta de estrés a nivel hormonal”.

La explicación, o al menos parte de ella, llega de la mano de un estudio publicado en la revista Nature que replicó ese diseño experimental en parejas de animales. Uno de los miembros de la pareja era expuesto a una situación estresante y luego lo devolvían con su compañero.

Cuando los neurocientíficos examinaron las respuestas cerebrales descubrieron que ambos cerebros reaccionaban de la misma manera y que se activaba una población específica de células, las neuronas secretoras de CRH, que también se encuentran en las personas e intervienen en la respuesta fisiológica al estrés.

Estos investigadores afirman que “las experiencias o el estrés de otras personas puede estar cambiándonos de manera insospechada”. De hecho, el estrés crónico, mantenido a lo largo del tiempo, puede hacer estragos en nuestro cerebro. Un estudio publicado en la revista Neurology reveló una relación entre el cortisol, la hormona del estrés, y el volumen cerebral. Estos neurocientíficos comprobaron que, a mayores niveles de cortisol, más pequeño era el volumen total del cerebro y menos sustancia gris se concentraba en los lóbulos frontales y occipitales. Ello explicaría por qué el estrés provoca problemas de memoria y atención.

¿Por qué el estrés ajeno nos estresa?

Las expresiones emocionales son un pegamento social que puede volverse en nuestra contra. [Foto: Getty]
Las expresiones emocionales son un pegamento social que puede volverse en nuestra contra. [Foto: Getty]

La capacidad para compartir información emocional es un eje central de la experiencia humana. No solo es fuente de riqueza, sino que también es esencial para coordinar las interacciones sociales. Para tener éxito en nuestro entorno social no solo debemos ser capaces de captar las señales emocionales - expresiones faciales, tono de voz y posturas corporales - sino también interpretarlas correctamente y actuar en consecuencia.

Si detectamos señales de hostilidad, por ejemplo, será mejor apartarnos, pero si alguien se muestra triste, lo más acertado es consolarle. Las expresiones emocionales funcionan como un pegamento social, nos sirven para navegar con cierto éxito en las aguas de la sociedad y también para mantenernos a salvo.

Sin embargo, como resultado de esa sintonía emocional, no es extraño que las emociones de los demás terminen afectándonos. El estrés es un estado muy peculiar ya que se activa ante un supuesto peligro, por lo que es probable que por una simple cuestión de supervivencia reciba un trato preferente a nivel neuronal y seamos mucho más vulnerables a su contagio. O sea, que nuestro cerebro capta y procesa con mayor rapidez las señales de estrés que emiten quienes nos rodean y eso nos vuelve más susceptibles a reaccionar de la misma manera, para protegernos - por si acaso - de una posible amenaza.

¿Podemos protegernos del estrés ajeno?

No podemos evitar el estrés ajeno, pero podemos gestionar nuestro nivel de estrés. [Foto: Getty]
No podemos evitar el estrés ajeno, pero podemos gestionar nuestro nivel de estrés. [Foto: Getty]

No podemos evitar que los demás se estresen ni podemos escapar de muchos de los encuentros estresantes que nos acechan cada día, pero podemos elegir cómo reaccionar. No somos esclavos de las emociones. Si notamos que nuestro nivel de estrés está aumentando debido al contagio emocional, necesitamos hacer un alto para asumir una distancia psicológica de la situación.

Ser conscientes de lo que nos sucede suele bastar para recuperar el control ya que en ese momento el cerebro emocional cede el mando al cerebro racional. Comprender de dónde proviene nuestro estrés es fundamental para eliminar la causa o, al menos, gestionarla mejor. Si no es suficiente, practicar alguna técnica de relajación rápida puede ser de gran ayuda.

En cualquier caso, debemos recordar que el estrés en sí no es dañino. Lo dañino es que esa respuesta se mantenga permanentemente activada. Por tanto, en vez de recriminarnos o preocuparnos porque estamos estresados, simplemente debemos ocuparnos de hacer que ese estrés desaparezca.

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