Las peleas de gallos: una polémica tradición que se resiste a morir en México, Puerto Rico y Venezuela

Dos gallos se enfrentan durante un festivan en Vega Baja, Puerto Rico el 27 de octubre de 2019 (RICARDO ARDUENGO/AFP via Getty Images)

Mi abuelo criaba gallos de pelea. Ángel Ramón Velásquez se enorgullecía de la finura y la fiereza de sus animales. Uno de los mejores era “Vayan pagando” porque aniquilaba al instante a todos sus contrincantes y el abuelo seguro cobraba el dinero de las apuestas. A otro lo llamaba “Tres minutos” porque era el tiempo máximo que necesitaba el gallo para malograr a su rival.

La paradoja de esta historia es que el abuelo Ángel fue uno de los tantos beneficiados del auge de las peleas de gallos en las décadas de 1940 y 1950 en el estado Aragua, en el centro de Venezuela, gracias a la afición del dictador Juan Vicente Gómez y a sus inversiones en la importación gallos desde Cuba y España al comienzo del siglo XX, aunque mi familia pasó años en la clandestinidad luchando contra el régimen.

Luego de la muerte de Gómez en 1936, sus propiedades rurales fueron repartidas pero quedaron intactas las costumbres que el militar ayudó a perpetuar, como las peleas de gallos.

No se sabe con exactitud cuándo comenzó la tradición gallística en Venezuela pero se cree que fue durante la conquista en el siglo XVI. El primer reglamento de peleas de gallos del país fue aprobado después de la Independencia de España por el libertador Simón Bolívar en 1828.

Ya han pasado dos siglos y en la depauperada Venezuela de 2019 aún hay peleas de gallos en muchas regiones.

Los defensores de la actividad aseguran que es una tradición enraizada en el gentilicio de los venezolanos. Lo que si es cierto que en algunos locales los costos de las apuestas son prohibitivos para un ciudadano común.

En el Caney de Lencha, un restaurant al aire libre en la Isla de Margarita que algún día tuvo el peculiar honor de ser el establecimiento con mayor consumo del costoso whiskey Johnny Walker etiqueta azul, la posta mínima es de 300 dólares, eso decir, el dinero que debe apostar el dueño del animal.

Esa cifra luce exorbitante si se toma en cuenta que a mediados de diciembre el salario mínimo de los venezolanos rondaba los 16 dólares mensuales. Aunque las apuestas de los espectadores soTambién a muchos les resulta incomprensible que se cuide con tanto esmero a un gallo para que muera desangrado por la herida de las afiladas espuelas que amarran a las patas de su contendiente.

Es posible que sea una costumbre antigua, pero definitivamente elitista en la Venezuela actual.

En México los gallos vienen de atrás

Si le seguimos la pista, las peleas de gallo son tan antiguas como las grandes civilizaciones orientales. Se conoce que fue un deporte popular en India, Persia y China y que fue llevado a Grecia alrededor del 500 A.C. Con los siglos, la diversión se extendió a Alemania, los Países Bajos, Inglaterra, Gales, Escocia, España y sus colonias.

Espectadores hombres miran una pelea de gallos en Chimalhuacan, México, el 16 de junio de 2019 (Jair Cabrera Torres/DPA via Getty Images)


En México tampoco existen registros sobre cuándo los gallos de riña se convirtieron en una fuente de entretenimiento. Pero se sabe que uno de los primeros aficionados fue el Hernán Cortés, quien llegó a tierras americanas con su gallo bajo el brazo. Dicen que el conquistador español homenajeó a los enviados de Moctezuma con una pelea de gallos.

El historiador Morales Padrón aseguró que en las actividades políticas y sociales de relevancia siempre incluían las peleas de gallo, que eran presenciadas por toda la comunidad, desde el virrey hasta los campesinos.

Para 1798 los espectadores mexicanos tenían al menos dos plazas de gallos, detalle que complació al nuevo virrey de la Nueva España designado en 1803, Don José de Iturrigaray, quien era un gran aficionado a las peleas.

La Guerra de la Independencia libró a México del domino político español pero no de su enorme influencia cultural. Así que las peleas de gallos perduraron.

En 2019, el sitio web de la Dirección General de Juegos y Sorteos del Gobierno de México considera a las peleas de gallo como una actividad de entretenimiento y socialización que se remonta al siglo XVI y que representa un "signo distintivo" de la cultura mexicana.

"Los palenques son el origen de las ferias tradicionales, hoy día es un espectáculo indispensable en Aguascalientes, León, Texcoco, Guadalajara, Puebla y Tlaxcala, entre otras importantes ciudades. Estos eventos están asociados a la economía, el arte y la cultura de nuestro pueblo", explica la publicación oficial mexicana.

Resistencia en Puerto Rico

La herencia cultural de Puerto Rico es similar a la del resto de las naciones latinoamericanas. Pero su carácter de estado libre asociado lo obliga a cumplir con las leyes federales de Estados Unidos, donde están prohibidas las peleas de gallos.

Pero los puertorriqueños están dispuestos a enfrentarse al marco legal estadounidense para preservar su tradición.

La ley que tenía previsto entrar en vigor la tercera semana de diciembre de 2019 quedará en suspenso ante la contraofensiva del gobierno de Puerto Rico, que tiene previsto aprobar un proyecto de ley insular sobre el tema.

Según la agencia de noticias AP, la propuesta de ley aprobada en la Cámara de Representantes y el Senado de Puerto Rico calcula que las peleas de gallos generan un estimado de 18 millones de dólares al año y emplean a unas 27.000 personas en la isla caribeña.

 “En Estados Unidos, cogen los venados y los matan, ¿y qué daño le han hecho?”, dijo el criador Hiram Figueroa  al diario The New York Times “Los pollos van a pelear como quiera. Nosotros los preparamos para que se defiendan”.

Pero no todas las voces apoyan la continuación de esa costumbre.

La activista de los derechos de los animales Yolanda Álvarez considera que las peleas de gallos son un acto barbárico que poco tiene que ver con la cultura autóctona puertorriqueña sino que es una práctica impuesta por una potencia colonial.

 “No tiene nada que ver con nuestra cultura”, dijo Álvarez. “Y aún si lo tuviera, la cultura no es estática. La cultura se transforma", aseguró al NYT.

Esa postura resulta cierta en mi contexto familiar. Siento orgullo por mis antepasados y mis raíces. Y sé que mi abuelo Ángel, el criador de gallos, actuó de acuerdo con el contexto cultural que le tocó vivir.

Pero no imagino a mi sobrino ni a mis hijas afilando unas espuelas, ni apostando para ver cómo un animal mata a otro.

Los tiempos también cambian para bien.