'La última tentación': Marina eres tú queriendo escuchar el perdón de tu ex

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Juntos y revueltos, así están los protagonistas de La última tentación en apenas dos entregas, discutiendo a veces, bailando otras, pero campando a sus anchas en un lugar que conocen de sobra. Eso sí, divididos en dos casas que diferencian a los más “mediáticos” de los más “sufridos” (en palabras de Sandra Barneda). Sin embargo, entre esa marabunta de personajes televisivos existe una que no creo que estuviera preparada para estar allí.

Porque entre asuntos pendientes, polémicas, discordias y rupturas por zanjar, lo de Marina en La última tentación es más bien una cuenta pendiente consigo misma. La sevillana es el reflejo de todos los que alguna vez dimos la oportunidad a un reencuentro con alguien que nos hizo daño, solo para salir peor parado al no escuchar lo que creemos que debemos oír.

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Desde que llegó al programa en la primera hoguera de presentación, Marina es la frustración personificada. Cada palabra que dice Isaac es motivo de discordia, provocando que la sevillana reaccione como leche hervida constantemente. Que Isaac le repita que la quiso en su momento y le insista en desmentir rumores que ella da por ciertos (como que estuvo con Lucía antes de romper con ella), son dinamita para el corazón de Marina.

O levanta la voz en cuestión de segundos, sale despavorida o se marcha a llorar sola asegurando querer irse. Incluso hay momentos que no puede evitar sonreírle a Isaac pero reacciona rápidamente, frenando cualquier acercamiento posible.

Mientras tanto Isaac insiste en tener la fiesta en paz. Creo que se nota que tampoco quiere que Marina sufra por cómo se dieron los acontecimientos, se lo ha dicho alto y claro, e incluso le ha pedido perdón ante las cámaras. Pero en este caso, no hay nada que Isaac pueda decir que apacigüe el remolino de emociones que provoca en Marina con cada encontronazo. Lo dijo ella entre líneas en el juego de la honestidad cuando Isaac rompió a llorar pidiéndole perdón, diciéndole que estuvo enamorado de ella y tras derramar sus propias lágrimas, Marina aceptó el perdón pero evitó el acercamiento, asegurando que sencillamente no puede ser su amiga.

Si comparamos a la nueva Marina con la que vimos en la tercera entrega del reality, es como si no quedara rastro de esa chica alegre que se convertía en el alma de cada fiesta en La isla de las tentaciones. Aquella joven que se había reencontrado a sí misma al romper las ataduras que la unían a una relación que la tenía apagada. Se lo dijo el propio Isaac en el segundo capítulo del miércoles, con una falta de tacto brutal por cierto, al decirle “¿Qué ha pasado estos meses para que cambies tanto?”

¿Qué le pasó? Si resumimos las palabras de Marina, vivió lo que para ella es una traición a dos bandas cuando Isaac rompió con ella diciéndole que necesitaba espacio, y dos días más tarde descubría que estaba con su amiga Lucía, la misma que había apoyado y acompañado durante la infidelidad de Manuel meses atrás en La isla de las tentaciones. Para ella, una traición que llegó con doblete cuando no escuchó el perdón que esperaba en el reencuentro final del programa. Lucía dice que el problema de Marina es que se siente superior a ella, que su dolor es porque tiene el ego herido de que la hayan cambiado por alguien “normal” como se define ella misma. Quizás haya algo de eso, después de todo no es de agrado de nadie que tras dos días tu ex haya recompuesto su corazón con otra persona. La sensación de sentirse “cambiado” es prácticamente inevitable cuando estás vulnerable. Pero viendo a Marina en La última tentación siento que estoy viendo el reflejo de muchas personas, yo incluida, que tras una ruptura sufrimos la decepción de no escuchar aquello que necesitamos oír: el perdón perfecto, el reconocimiento del dolor causado, la aceptación de responsabilidad. Es decir, que el otro diga o haga lo que creemos necesitar para pasar página, poniendo nuestro bienestar emocional en manos de otro. Un error habitual que habremos cometido más de uno entre amores que dejan huella.

Cuántos de nosotros alguna vez aceptamos reencontrarnos con un ex o ex amigo, para ponerte al día o tomar un café, con la expectativa secreta de quizás, por fin, escuchar ese perdón o palabras que sanen la herida de una vez por todas. Escuchar un reconocimiento de culpa para así dejar de cargar con ese rencor que, a veces, empaña el recuerdo de una relación para siempre. Lo que pasa es que eso casi nunca sucede porque la otra persona dirá y actuará según su corazón y conciencia, y jamás dirá exactamente lo que creemos necesitar. E incluso, si se acerca lo suficiente, la herida no sana por arte de magia. Porque ese rencor o dolor pasado solo depende de nosotros sanarlo.

Y en el caso de Marina es más o menos lo mismo. Por más que Isaac le diga que la quiso, le pida perdón e intente cruzar líneas amistosas, para ella no es suficiente. Mientras que el encuentro con Lucía dejó mucho que desear, con ambas a la defensiva y una Lucía que no supo empatizar con el dolor que siente Marina. La gaditana optó por mantener su coraza defendiendo su relación con Isaac, reconociendo que quizás todo pasó muy rápido, pero con un semblante que no transmitió la empatía o comprensión que merecía la situación.

Marina ni va a escuchar el mea culpa que necesita de Isaac, ni las palabras que espera de Lucía, simplemente porque ellos no son responsables de lo que ella necesita para pasar página. Y esto es algo que muchos hemos aprendido con el tiempo y la experiencia. 

Marina es otra, es el reflejo de una persona traicionada que no logra pasar página simplemente por estar esperando una reacción que nunca llegará. Ni Isaac ni Lucía le dirán lo que quiere oír pero, sobre todo, ninguno de ellos puede sanar la herida que todavía mantiene abierta. Eso solo depende de ella.

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