La insoportable teatralidad de la clase política

La insoportable teatralidad de la clase política

El poder (la capacidad de hacer que algo suceda) es cada vez menos equivalente a la política (la capacidad de decidir qué hacer) en las democracias liberales. Lo que supone un problema creciente para la clase política a la hora de mantener viva la ficción de ese monopolio. La ruptura del binomio poder-política ha sido consecuencia de la globalización económica y financiera, los organismos supraestatales (UE, FMI, Banco Mundial, G10…), las crisis económicas, el terrorismo internacional, las oleadas de refugiados y migratorias masivas, etc.

Esto ha sucedido al tiempo que los gobiernos nacionales ven restringido su margen de maniobra y cada vez más incapaces de mejorar la vida de los ciudadanos (empleo, vivienda, pensiones, calidad de los trabajos, sanidad, educación…) y ha creado un creciente malestar social y el caldo de cultivo para la emergencia de partidos populistas y políticos outsiders.

Una de las consecuencias de esa ruptura es que la política nacional ha adquirido crecientes dosis de teatralidad donde dominan la gestualidad hiperbólica, la profusión de gestos, los símbolos (lazos, chapitas, pegatinas, insignias, camisetas con mensajes, uso de los colores...), las afirmaciones y las negaciones simultáneas, el uso abusivo de conceptos cada vez más vacios de sentido (diálogo, responsabilidad, sentido de estado, derechos…),y las mentiras sin disimulo en una lucha constante por la atención. La capacidad para generar ruido mediático desde la política ha alcanzado tales niveles que es muy complicado diferenciar la opinión de la información en cualquier canal (TV, prensa, Twitter, Facebook…). Esto provoca crecientes niveles de dificultad a la gran mayoría de los ciudadanos para diferenciar la verdad de las mentiras.

Durante las últimas semanas hemos asistido a una larga lucha libre teatral entre PSOE y Podemos que en dos ocasiones desde esta columna (27 de junio y 19 de julio) se anticipó que se trataba de una batalla teatral que acabría sin acuerdo entre ambos partidos y en repetición de elecciones. Lo cierto es que la política actual se asemeja, cada vez más, a la lucha libre mexicana que consiste en técnicas de lucha, acrobacias y folklore alrededor de una serie de secuencias teatrales conocidas de antemano entre combatientes enmascarados, que son líderes populares. Son evidentes las secuencias teatrales en la lucha política local: entre PSOE y Unidas Podemos, por parte del independentismo catalán, en las negociaciones entre PP, Ciudadanos y Vox, etc.

La teatralidad política en la representación de un poder del que ya no tiene el monopolio no es una cuestión trivial, sino la consecuencia de un cambio en la naturaleza misma del poder en el siglo XXI. El sociólogo Ulrick Beck afirmaba que el poder se ha desplazado desde el control y la dominación de las relaciones de producción (en su sentido marxista) hacia la capacidad de establecer las relaciones de definición de la realidad misma.

Las batallas por el poder de establecer la definición de la realidad están a diario en los medios, cada una con su interés político específico. Entre las más relevantes destacan el feminismo, el ecologismo contra el cambio climático, los movimientos pro derechos como el LGTBI, minorías éticas o raciales, etc. pero también el del negacionismo climático, el creacionismo, los antivacunas, etc. donde las verdades fácticas son relegadas a favor de las opiniones personales y la toma de decisiones emocionales, dando lugar a guerras de libertad de expresión en bucle.

Un ejemplo crítico de la batalla por el poder de establecer la definición de la realidad de lo que sucedió en Cataluña desde el 6 septiembre de 2017 hasta la aplicación del artículo 155 el 27 de octubre. Se trata de una batalla de relatos y contra relatos, definiciones y contra definiciones de lo que sucedió y no sucedió. Hasta el momento la definición independentista se ha fijado entre sus afines y mostrado impermeable a toda evidencia fáctica en contra de su relato tribal identitario. Al menos hasta que el Tribunal Supremo, en una próxima sentencia, establezca la narración oficial de lo sucedido a partir de la definición jurídica. No obstante es muy improbable que la definición de la realidad independentista vaya a alterarse sino que se reafirmará profundizando en el partisanismo y la crisis de convivencia.

La política vuelve a la teatralidad de la campaña electoral permanente. Las próximas batallas ya están en marcha, primera la de todos los partidos políticos con representación en el Congreso de los Diputados para asignar a otros la responsabilidad por la ingobernabilidad y la repetición de elecciones. Y otra, más cruenta, ver quién se apropia el rol de víctima entre PSOE y Podemos. Pedro Sánchez que es un superviviente duro ha divido a Ciudadanos, que se apresuró a recomponerse, ha dividido a Unidos Podemos y le ha ganado a Pablo Iglesias cuyo futuro político va estar más en cuestión que nunca. Hemos vuelto a la casilla de salida.