La oportunista y ofensiva propuesta de Trump de lanzar una guerra contra el narco en México

La respuesta del presidente Donald Trump al terrible y condenable asesinato de nueve personas, tres mujeres y seis niños pertenecientes a una comunidad mormona en el norte de México, no lejos de la frontera con Estados Unidos, muestra no solo un reprochable oportunismo que trata de capitalizar una tragedia que ha impactado a escala internacional sino, también, una honda ignorancia de la realidad mexicana en materia de combate al narcotráfico y un inquietante afán de plantear ese grave problema en términos bélicos e intervencionistas.

Trump al parecer ni siquiera se enteró apropiadamente de quiénes eran las víctimas.

Donald Trump sugirió al gobierno mexicano unirse para desatar una guerra en México contra los cárteles del narcotráfico. (AP Photo/Susan Walsh)

El pasado lunes, un pequeño convoy de vehículos circulaba en el norte de México, en los límites de los estados de Sonora y Chihuahua y no lejos de la frontera con Estados Unidos. Al parecer eran al menos unas 16 personas, la gran mayoría niños, integrantes de la familia LeBarón y con doble nacionalidad mexicana y estadounidense.

Eran integrantes de una colonia mormona que se asentó en México a principios del siglo XX y ha residido en el norte de Chihuahua por décadas. En lo específico, como señaló el periódico Salt Lake Tribune en relación a los fallecidos, en la localidad de La Mora, Chihuahua y, también en Bavispe, Sonora, cerca de donde aconteció el trágico ataque.

Una vista de la Colonia Juárez, un asentamiento de la comunidad mormona en el estado mexicano de Chihuahua. (Getty Images)

Aunque aún no se ha esclarecido a fondo lo sucedido, fuentes del gobierno de México señalan que la causa del ataque contra esa familia podría haber sido una confusión: narcos que habrían creído que los vehículos de la familia LeBarón eran de un grupo rival.

Trump, en todo caso, ya sea por mero impulso o porque tiene alguna otra información, rápidamente declaró en Twitter que la familia cayó bajo el fuego de “dos brutales carteles del narcotráfico que se disparaban entre sí”. Y aunque ese bien podría ser el caso, tal afirmación resulta prematura y se salta abiertamente al gobierno mexicano, que ha sido mucho más prudente al informar sobre lo sucedido y ha preferido no concluir ni especular al respecto.

Trump además afirma de modo impreciso que las víctimas eran “amigos de Utah”. Ciertamente, la familia que fue atacada profesa la fe mormona y, en ese sentido, tienen vínculos con Utah, el estado que es el centro principal de la población de esa religión y de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

El propio senador por ese estado y excandidato presidencial, Mitt Romney, tiene raíces en las comunidades mormonas asentadas en México. Su padre, George Romney, que fue gobernador de Michigan y también aspirante a la presidencia estadounidense en la década de 1960, nació en una colonia mormona en Chihuahua (hijo de mormones de Utah que se asentaron allí), aunque Romney fue enviado de vuelta a Estados Unidos tras el estallido de la revolución mexicana.

Romney expresó su dolor por los atroces ataques contra la familia mormona en México y pidió al gobierno mexicano que se haga justicia.

Pero las víctimas de ese ataque no eran una familia que residiera de modo permanente en Utah, como sugiere Trump, sino integrantes de una comunidad mormona con doble nacionalidad y décadas de asentamiento en el norte de México, que ha enfrentado a lo largo de los años diversos problemas y controversias. Por su carácter fundamentalista se separaron décadas atrás de los mormones estadounidenses y se asentaron en México, donde vivieron de la agricultura y en aislamiento por muchos años.

Pero también han enfrentado severos problemas de seguridad y violencia al encarar las presiones del crimen organizado y el narcotráfico en el norte del país. Años atrás, incluso, miembros de la comunidad fueron secuestrados y asesinados por criminales.

Por ello, conceptualizar a las víctimas y a su comunidad como “amigos de Utah” no ayuda a comprender ni a atender el sufrimiento de esa familia y su singular posición entre México y EEUU.

Y la actitud militarista e intervencionista de Trump resulta improcedente y ominosa, aunque él al parecer la entienda, a juzgar por sus tuits, como una suerte de conveniente ayuda para imponer orden de modo “rápido y efectivo”.

Es punzante que más allá de calificar a la familia de las víctimas de “maravillosa”, no les expresó condolencia o transmitió su pesar o solidaridad. Su reacción más bien fue aludir a guerra, ejércitos e intervención en otro país.

En principio, y aunque numerosos gobiernos mexicanos han claudicado en el pasado a las presiones y las estrategias estadounidenses, ha existido en México un profundo rechazo histórico a la vinculación de EEUU en los asuntos internos mexicanos, lo que es visto ampliamente como una amenaza a la soberanía nacional. Por ello, las frases de Trump de que “los cárteles se han vuelto tan grandes y poderosos que a veces se necesita un ejército para derrotar a un ejército” y de que “es tiempo de que México, con la ayuda de EEUU, libre una guerra contra los cárteles” revela una honda prepotencia e ignorancia.

En principio, porque supone que el actual gobierno de México permitirá la intervención de militares estadounidenses para enfrentar a los cárteles de la droga, lo que vulneraría la soberanía y desataría considerables estragos en el país, y porque ignora la historia misma de la lucha contra el narcotráfico.

El uso del ejército para combatir al crimen organizado fue, justamente, la estrategia que prevaleció durante cerca de una década en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Y no solo no logró abatir el tráfico de drogas y la violencia de los cárteles sino que, se ha denunciado, desató violencia adicional, abusos sustantivos y violaciones de los derechos humanos. Miles de muertos fue el saldo de esos años.

Trump, así, está proponiendo una estrategia que ha probado ya ser fallida, que ha sido repudiada por la mayoría de los mexicanos y que implicaría una abierta intervención estadounidense, lo que es de suyo indeseable para los mexicanos.

Incluso la propia comunidad mormona que nuevamente fue atacada deploró, cuando sufrieron años atrás secuestros y violencia a manos de los cárteles, la grave inseguridad sufrida en el contexto de la “guerra contra las drogas” desatada por el entonces presidente Calderón.

¿Querrán ellos, y otras comunidades mexicanas, que sus tierras sean campo de batalla entre “ejércitos” que buscan aniquilarse, como plantea Trump? Presumiblemente no. Lo que ellos y en general los mexicanos desean es paz, justicia y oportunidades. Aspiran ciertamente a que se abata el narcotráfico y su poder y se haga cumplir la ley, pero no mediante una intervención armada, mucho menos de índole extranjera.

En 2009, el líder mormón Benjamin LeBarón fue secuestrado y asesinado por el crimen organizado en Chihuahua. En 2019 9 personas de una familia mormona, seis de ellas niños, fueron también asesinados al parecer por cárteles del narcotráfico. (Getty Images)

Bien podría Trump, en cambio, emitir un compromiso y desarrollar acciones para cortar de tajo el flujo de armas de EEUU a México, contrabando del cual se abastecen los cárteles mexicanos y les da el poder de fuego con el que pueden cometer brutales ataques y actos de violencia. Trump, en cambio, opta en su retórica por escalar los enfrentamientos armados y pretende que a ello se pliegue el gobierno mexicano.

Pero el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha dado un giro sustantivo en su estrategia de lucha contra el narcotráfico y las drogas, se ha apartado del concepto de guerra que promovieron Calderón y Peña Nieto, y prefiere un enfoque donde no se dé prioridad al exterminio sino a la búsqueda de justicia contra los delincuentes, al desarrollo social de las comunidades, a la reforma de los aparatos de seguridad del estado y a la atención de los adictos para lograr paz y reconciliación.

Los opositores y críticos de López Obrador han cuestionado su enfoque, y lo han considerado inadecuado o que proyecta debilidad, pero el gobierno mexicano se ha mantenido firme en su convicción de dejar atrás la estrategia militarista para el combate al narcotráfico del pasado y emprender un camino diferente que, sin claudicar en la aplicación de la ley, no reincida en la escalada de violencia, muerte y confrontación.

Ciertamente es necesario que el gobierno mexicano aporte resultados efectivos con su nueva estrategia y López Obrador ha dicho que está dispuesto a recibir ayuda de EEUU contra el narcotráfico que sea respetuosa de la soberanía mexicana. El cese del flujo de armas desde Estados Unidos a México, por ejemplo, sería una ayuda bienvenida.