La odisea de ser ex musulmán: cuando lo pierdes todo por hacerte ateo

Los hay que lo han perdido todo. Están amenazados. Los progresistas les acusan de islamófobos y los conservadores de atentar contra el sentimiento religioso. Los religiosos, en general, están en contra de lo que hacen. Sus familias, en algunos casos, les han dado la espalda. Pero Harris Sultan, Armin Navabi, Mohamed Hisham y el joven matrimonio que forman Veedu y Mimzy Vidz están convencidos de que lo que hacen es lo correcto. Son ex-musulmanes.

El matrimonio Vidz vive en Londres y son un joven exponente de la comunidad de los ex-musulmanes de Europa.

Estos ateos han decidido hacer piña para promover que todos los ex-musulmanes tengan una comunidad con la que compartir su experiencias. Armin Navabi, por ejemplo, lleva años detrás de la Atheist Republic, una plataforma que hace las veces de ONG en cuya página web los ateos de todo el mundo pueden estar en contacto y expresarse.

“Los ex-musulmanes, durante mucho tiempo, se han sentidos solos. Hemos sido ignorados o utilizados por la derecha y quienes utilizan nuestras ideas críticas con el Islam para atacar a los musulmanes, o por la izquierda, que nos acusa de islamofobia. Por eso hemos terminado construyendo nuestras propias plataformas, podcasts y canales en Internet”, dice Navabi. “No vamos a esperar a otros para construir nuestra propia comunidad. Ésta crece rápido y llega lejos. Ahora nos apoyamos entre nosotros”, añade este hombre nacido en Teherán hace 35 años y que vive en Vancouver.

Hace unos días Navabi, Sultan, Hisham y los Vidz pasaban por Berlín para participar en una conferencia dedicada al fenómeno de los ex-musulmanes. Ellos son parte de ese fenómeno y, de hecho, están de gira internacional dando cuenta, entre otras cosas, de sus complicadas historias personales. Ser ex-musulmán en pleno siglo XXI constituye una odisea social que implica mucho sufrimiento, incluso cuando se vive en países como Canadá, Australia, Reino Unido o Alemania, donde están asentados estos jóvenes.

Hisham, a sus 25 años, lo ha perdido todo en su país, Egipto. “Si te declaras ex-musulmán en un país islámico, lo más seguro es que lo pierdas todo. En Egipto, por ejemplo, pierdes tu derecho a herencia, recibes amenazas, puedes ir a la cárcel, pierdes tus amigos, tu familia y tu trabajo. Tu vida queda arruinada”, afirma Hisham. Habla con conocimiento de causa.

Un video de este chico gay y ateo se hizo célebre hace año y medio. En una emisión de televisión en su país, Hisham tuvo la oportunidad de representar el punto de vista del ateísmo en una nación musulmana. “Me volví ateo porque no hay evidencia científica de la existencia de Dios”, se atrevía a decir Hisham en televisión, en presencia de un líder religioso egipcio y de un presentador de televisión en apariencia tan creyente como el religioso. Ambos le abroncaron.

Otros activistas están en una situación peligrosa”

“¡Estás confundido!. ¡No se puede confiar en ti!”, le dijo el presentador antes de echarle del plató y de que el religioso le dijera que necesitaba “tratamiento psiquiátrico”. Desde que ocurrió aquello, Hisham ha tenido que salir de su país. Lleva cuatro meses en Alemania, donde ahora pelea con las autoridades germanas para pedir asilo.

Para él, Egipto ha dejado de ser un país en el que vivir. “Allí me amenazaron. Muchos amigos en una situación similar están sufriendo mucho. Están huyendo de las autoridades. Pero yo me libré porque pude viajar fuera. A otros activistas como yo se les prohibió viajar y están en una situación peligrosa”, cuenta Hisham.

Por motivos casi idénticos, Harris Sultan no puede volver a su país, Pakistán. Este hombre nació en Lahore hace 35 años en el seno de una familia creyente. Él mismo fue muy creyente hasta los 19 años, cuando se fue a vivir a Melbourne, en Australia. Allí “vi lo bonito que podía ser el mundo, encontré respuestas a mis interrogantes sobre el propio concepto de religión y, en un momento dado, me hice ateo”. Sultan vivió diez años como ateo sin “salir del armario”, expresión que utilizan estos ex-musulmanes para hablar de hacer público su ateísmo.

Pero “en 2017 hubo en mi país una caza de brujas contra blogueros y activistas ateos”, cuenta Sultan. “A un estudiante lo mataron en un campus universitarios. Media docena fueron detenidos y torturados. Aquello me enfadó mucho y fue entonces cuando me dije: 'tengo que salir ahí fuera y hacer algo, porque a la gente como yo la están deteniendo y haciendo daño'. Así empecé a hacer mis vídeos en mi canal de Youtube”, comenta Sultan.

Harris Sultan, ex-musulman y activista ateo afincado en Australia.

No puedo volver a mi país”

Alude a su canal en esa red social en la que 17.000 subscriptores atienden a sus videos sobre religión en inglés y urdu. Sultan también es el autor del libro The Curse of God: Why I Left Islam o “La maldición de Dios: por qué dejé el Islam” (Autoeditado, 2018). Su activismo tiene un alto precio: “no puedo volver a mi país”. Su condición de activista le impide volver a su país, donde tiene a buena parte de su familia. Eso, dice, le motiva a seguir luchando y promoviendo sus principios. “No poder volver me motiva para seguir haciendo lo que hago y así, algún día, poder volver a un Pakistán donde se pueda volver como ex-musulmán”, sostiene Sultan.

Navabi tampoco puede volver a Irán. Aquello tuvo, para él, durísimas consecuencias personales. “Cuando mi madre enfermó de cáncer en Irán, yo no podía ir a verla. Ya había empezado con Atheist Republic y había escrito un libro. Mi madre me lo dijo: 'no vengas, no quiero que el último recuerdo que tengo de mi hijo sea verlo yendo a prisión para ir al corredor de la muerte'”, rememora Navabi, que hace referencia a su libro Why There Is No God o “Por qué no existe Dios” (Ed. Atheist Republic, 2014).

Después de mucho tratamiento en Irán, su madre, agotada y deseosa de ver a su hijo antes de morir, viajó de Teherán a Vancouver. “Ella se dijo que no quería morir sin ver a su hijo. Los doctores le dijeron en Irán que no podía dejar el hospital. Ella dijo que le daba igual, que quería venir a Vancouver para ver a su hijo. Lo hizo. Y murió poco después porque dejó el hospital. Pero estaba feliz de verme”, recuerda Navabi.

Sus restos están enterrados en Vancouver. “Mi madre es el gran coste de mi compromiso ateo. Lo siento así. Cuando vino a Canadá tuvo que esperar mucho para ver un doctor. Me siento responsable por el modo en que fue tratada en Canadá. Mi padre es médico en Irán, y se estaban ocupando muy bien de ella allí. Me siento culpable por eso”, abunda Navabi.

He perdido la comunidad que era mi familia”

Mimzy Vidz, junto a su marido, el cómico y satírico Veedu Vidz que hace carrera como ex-musulmán ateo caricaturizando a los imanes a los que él solía escuchar cuando era creyente, cuenta que el coste de su ateísmo también ha sido familiar. Esta joven bien entrada en la veintena nació en el seno de una familia muy creyente de la comunidad musulmana del centro de Londres. Pasar por la universidad y debatir fuera de clase sobre religión llevaron a esta chica a investigar sobre el fenómeno religioso y, en último término, ha hacerse “demasiadas preguntas”.

Eso fue lo que le dijeron los líderes religiosos a los que trasladó sus interrogantes sobre el Islam. “Yo les hice preguntas sobre los castigos del infierno y demás. Nadie me dio respuestas. Se limitaban a decir: 'tienes que tener fe y dejar de preguntarte esas cosas. Estás haciendo demasiadas preguntas'”, cuenta Mimzy Vidz.

Las respuestas que encontró en sus investigaciones la llevaron a dejar el Islam. En su canal de Youtube, esta activista y bloguera, cuenta con un vídeo, 'Why I left Islam' o “Por qué dejé el Islam”, que ha sido visto casi 250.000 veces. Esa decisión hizo que buena parte de su familia le diera la espalda.

Armin Navabi, fundador de Atheist Republic.

“Yo he perdido la comunidad que era mi familia. Mi tía, que era para mí como una segunda madre, un día me dijo que no me podía invitar a su casa porque yo era una ex-musulmana. Fuimos a una cafetería y me dijo que tenía que cortar la relación conmigo porque el día del juicio final Dios le preguntaría por qué no hizo nada conmigo”, recuerda. “No quedamos para ofrecerme ayuda, sino para cubrirse ella las espaldas y decirme que lo que yo hacía estaba mal. Ella me dijo: 'el Islam es más importante que el hecho que tú seas mi sobrina'. Aquello fue muy frío”, abunda.

Escuchar a su marido, Veedu Vidz, sin embargo, permite pensar que es posible otra forma de vivir la salida del armario islámico. “Yo le he dicho a mi familia que soy la misma persona que era antes. Les dije: 'tengo los mismos defectos, las mismas cosas buenas, si me queríais antes, me debéis querer ahora porque lo único que ha cambiado es que no creo en Dios'. Aquello sirvió para calmar a mi familia”, cuenta este joven nacido en Lahore pero criado en Londres, en el seno de una familia creyente.

Estamos ahí, deseando ayudar a otros ex-musulmanes”

“Una vez tuve que ir a una reunión familiar, y tenía miedo de la que pudiera ser su reacción a mi activismo. Pero la sorpresa fue que no pasó nada. Me aceptaron igual. Hay quien me dijo que le interesaba lo que hacía porque a través de mis vídeos en Internet se entendía mejor mi punto de vista”, añade.

Navabi, Sultan y los Vidz saben, todos, que ellos son unos privilegiados. Lo reconocen pese a que reciben a diario amenazas por Internet. Navabi, por ejemplo, ha tenido que cambiar dos veces de domicilio en Canadá. Su mujer también recibe amenazas. Pero todos insisten en afirmar que viven en países donde hay libertad para dejar de ser creyente sin las consecuencias que han hecho que, sin ir más lejos, Hisham tenga que dejar Egipto.

Mucha gente ha pagado ya un precio enorme. Pero ahora estamos ahí fuera, deseando ayudar a otros ex-musulmanes”, concluye Navabi.