El agónico final del vuelo 93 el 11-S: "Tomaron la decisión que teníamos que tomar"

18 años después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, siguen saliendo a la luz detalles de los momentos más desgarradores de ese fatídico día, según el escritor Garret Graff, quien en su nuevo libro “El único avión en el cielo” reconstruye el miedo, la confusión y la tristeza que muchos sintieron.

El vuelo 93 siempre será recordado (Foto Getty Creative)

Entre los relatos de este libro testimonial resalta el del vuelo 93 de United, el cuarto avión secuestrado por los terroristas de Al Qaeda con el objetivo de impactarlo sobre la Casa Blanca o el Capitolio en Washington D.C.

A través de los testimonios de quienes tomaban decisiones en el gobierno, de los sobrevivientes, los miembros del servicio militar y familiares de los pasajeros que iban a bordo, Garrett Graff hace una reconstrucción impactante de lo que sucedió alrededor de ese vuelo, que terminó estrellándose en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania, con sus 33 viajeros, siete tripulantes y cuatro secuestradores.

“Tomaron la decisión que teníamos que tomar”, dice en el libro el teniente coronel Marc Sasseville sobre los pasajeros y la tripulación, quienes se enfrentaron a sus secuestradores y prefirieron inmolarse antes de que los terroristas cumplieran la misión de impactarse contra sus objetivos en la capital de Estados Unidos.

Sasseville fue uno de los pilotos de la Fuerza Aérea, junto con la teniente Heather "Lucky" Penney, que recibió la orden de detener el vuelo 93 por el medio que fuera necesario. Los pasajeros y la tripulación tomaron la decisión que los pilotos debían cumplir: frustrar el ataque terrorista como fuera necesario.

Misión suicida

El entonces vicepresidente Dick Cheney estaba listo para dar la orden de derribar le avión. Para Sasseville y Penney, iba a ser una misión suicida, ya que no llevaban misiles para dispararle. Llegado el momento, si no queda otra opción, debían impactarse contra la nave secuestrada, según sus testimonios.

El lugar del desastre es un un lugar de recordación al valor de los pasajeros y la tripulación (AP Photo/Gene J. Puskar)

“Estaríamos embistiendo al avión. No teníamos [misiles] a bordo para derribarlo”, contó Penney. “Mientras nos poníamos nuestro equipo de vuelo en la tienda de soporte vital, Sasseville me miró y dijo: 'Voy a embestir la cabina'. Yo tomé la decisión de atacar a la cola al avión".

Para ellos ese sería un último recurso si de otra manera no hubieran podido desviar la aeronave. En ese momento, recordó Sasseville, "estaba entrando en esa justificación moral o ética de las necesidades de muchos frente a las necesidades de unos pocos".

“Era una misión suicida, pero estábamos listos para hacerlo, si fuera necesario”, recordó.

"Realmente creí que esa sería la última vez que despegaría", confesó Penney en el texto. "Si lo hacemos bien, eso sería todo".

En las manos de Cheney

El permiso para llevar a cabo una operación, nunca antes hecha, de derribar un vuelo comercial con el costo humano que implicaba, provino de Cheney, quien planeó la acción desde un búnker debajo de la Casa Blanca. El vicepresidente lo discutió con el presidente George W. Bush, quien aceptó la propuesta.

Bush en ese momento viajaba a bordo del Air Force One porque la capital se consideraba demasiado peligrosa. La mayor parte del tiempo la pasó en el aire y sin conexión a Internet.

El asesor principal Karl Rove, que estaba con Bush, presenció la conversación telefónica entre ambos sobre lo que había que hacer con el vuelo 93.

"Se volvió hacia nosotros y dijo que acababa de autorizar el derribo de aviones secuestrados", recordó Rove.

Los héroes del vuelo 93 son recordado en este momorial en Shanksville, Pennsylvania. ( Foto Getty Creative)

Cheney dijo que “se tenía que hacer, una vez que el avión fue secuestrado, incluso con la carga de pasajeros a bordo, después de haber visto lo que había sucedido en Nueva York y en el Pentágono. Realmente no tenía otra opción”.

No había otra opción

Antes de llegar a ese punto, Cheney y la entonces consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice habían comenzado su día como de costumbre. Todo cambió después de que el segundo avión golpeó al World Trade Center. Entendieron que el primer impacto no fue accidental y que EEUU estaba bajo ataque.

Luego, el radar encontró otro avión que se dirigía hacia Washington, y el Servicio Secreto los sacó rápidamente de la Casa Blanca hacia el búnker.

"Recuerdo haber sido conducida, casi impulsada", recordó Rice. “No teníamos idea de dónde era seguro y dónde no. No pensamos que estuviéramos a salvo en el búnker de la Casa Blanca".

"Unos momentos después", dijo Cheney, "me encontré en un puesto de comando fortificado en algún lugar debajo de la Casa Blanca". El búnker, que había sido construido como un refugio antiaéreo en los días de la Guerra Fría, nunca antes se había utilizado.

El secretario de Transporte en ese momento, Norm Mineta, utilizó un monitor para rastrear la ubicación de cada avión en el país. Con Bush en el Air Force One, Cheney se encontró a cargo de la situación en el terreno.

"A pesar de lo malo que fueron los acontecimientos del 11 de septiembre, algunos de nosotros teníamos práctica para circunstancias mucho más peligrosas y difíciles: un ataque nuclear soviético en todo Estados Unidos", recordó. "Eso ayudó, ese entrenamiento comenzó esa mañana".

Cuando el United 93 fue rastreado hacia Washington, D.C., Cheney estaba preparado para dar la orden de derribarlo.

Al final, la orden fue innecesaria. Los pasajeros tomaron el asunto por sus propias manos. Se habían enterado de lo que ya había sucedido y estaban decididos a defenderse para evitar otro ataque similar a los ocurridos esa mañana.

La hora final

“Estamos esperando hasta que pasemos por una zona rural. Vamos a recuperar el avión”, dijo el pasajero Tom Burnett, según su esposa Deena, quien le habló por teléfono mientras estaba en el aire.

Ella dijo que le suplicó que no hiciera nada para ponerse en peligro, pero él insistió: "Si van a estrellar este avión, tendremos que hacer algo".

También la operadora de Verizon Airfone, Lisa Jefferson, recordó la conversación con el pasajero Todd Beamer.

“Pude escuchar la conmoción en el fondo. Escuché gritar a la azafata”, dijo.

La esposa de Beamer estaba embarazada de su tercer hijo en ese momento, pero cuando Jefferson se ofreció a conectarlo con ella, se negó para no molestarla. En cambio le dio el número de teléfono de su casa y le pidió que llamara a su esposa si algo le sucedía.

Jefferson escuchó a Beamer preguntarle a alguien más: "¿Estás listo?" Y luego dijo: "Está bien. Vamos a rodar".

El final ya es conocido. Todos se inmolaron. Su rápida acción evitó que el ataque terrorista más mortal de la historia fuera aún peor. Para la piloto Penney, aquellos pasajeros fueron los verdaderos héroes, “los que estuvieron dispuestos a sacrificarse”.