La izquierda no tiene remedio y fracasa a lo grande

Pablo Iglesias acude a la tribuna de oradores ante la mirada de Pedro Sánchez. (Photo by Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)

Con cada reproche y acusación que lanzaba Adriana Lastra desde la tribuna de oradores, la portavoz socialista fijaba un clavo tras otro al féretro del pacto de izquierdas.

Pablo Iglesias le respondía con una negación desde su escaño. Buscaba la mirada de Lastra insistentemente y trataba de ganar el relato de la estrepitosa investidura fallida de Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno en funciones posaba su mirada sobre todos y cada uno de los accesorios y mobiliario del hemiciclo con tal de evitar cruzarse con la de alguna de sus señorías. Y los tres al unísono mostraban un rostro sombrío cada vez que volvían a su escaño tras sus intervenciones. Como si la bancada se les fuera tragando por la ocasión partida por culpa de los egos y los personalismos.

La vergüenza parecía estar haciéndoseles bola al empezar a ser conscientes del enfado y la decepción de muchísima gente en España. Porque no hay otra manera de calificar lo vivido en la izquierda española desde aquel 28 de abril en el que se sintió ganadora de las elecciones generales frente al tridente de derechas formado por PP, Ciudadanos y Vox.

Desde entonces han tirado todo su crédito a la basura sin, ni siquiera, haber logrado formar Ejecutivo. "De qué sirve la izquierda si hasta cuando gana pierde?", se preguntaba Sánchez en su alocución. Es es la gran pregunta del momento en España en donde la izquierda siempre está dividida. Da igual cuando se lea esto. Pensábamos que la gran crisis de España era la económica, pero no. Ese honor le corresponde a la izquierda.

El lamentable espectáculo dado por unos y otros ha sido observado con algarabía desde las bancadas de la derecha en donde sus líderes -Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal- salivaban a cada insulto, ataque y mentira de la izquierda. Solo la pelea interna de todos ellos por quién lidera la oposición y quien impone el decálogo más restrictivo con las libertades sociales les ha privado de cotas más altas.

Volviendo a los culpables de la situación... Dos no pactan ni uno no quiere. Pero parece claro que aún pactan menos si ninguno quiere. Porque eso es lo que queda de todo esto. De lo contrario no se puede entender lo que ha ocurrido. Claro que el grado de culpa no se reparte al 50%. La mano tendida del PSOE era muy poco de fiar. Y esto ha quedado de manifiesto después de que desde la vicepresidencia del Gobierno se filtrara interesadamente buena parte de la negociación. La ministra Carmen Calvo lo negó ante la prensa, pero sus huellas aparecen por toda la escena del crimen dado que tanto el documento que, según el PSOE, incluye las peticiones de Unidas Podemos, como el que incluye las propuestas de cargos de gobierno a Unidas Podemos, fueron modificados por personas del Área de Vicepresidencia del Gobierno dirigida por 'la vice' en funciones.

¿Por qué lo hizo? Porque necesitaba dinamitar del todo la negociación con Unidos Podemos que nunca quiso iniciar no fuera a ser que saliera adelante y tuvieran que compartir Consejo de Ministros con otro partido.

Buena parte de estas triquiñuelas, además, se deben a las prisas. El PSOE y Unidos Podemos han dejado pasar el tiempo sin ser conscientes de lo que estaba en juego. El primero en hacerlo fue Pedro Sánchez quien se esmeró en conseguir el apoyo, o la abstención del PP y Ciudadanos. Especialmente tozudo se mostró con respecto del partido naranja, evidenciando que deseaba más pactar con Albert Rivera que con Pablo Iglesias. Algo de eso ya dejó entrever en la misma noche electoral, cuando, al grito de su militancia de 'Con Rivera no', el madrileño ya buscaba subterfugios tirando para ello de demagogia en forma de "el PSOE no extiende cordones sanitarios".

Visto que Rivera le daba un portazo tras otro, aceptó a regañadientes pactar con Unidos Podemos. Nunca quiso hacerlo, pero Iglesias le obligó a hacerlo aceptando el veto hacia su persona. La jugada descolocó a los socialistas que no tuvieron más remedio que sentarse a negociar, aunque el líder de la formación morada acudía con más vetos e imposiciones que propuestas.

Ahora bien. Ya han aprendido una lección: Intentar acordar y debatir un Gobierno en apenas 48 horas no solo es imposible, sino que es tóxico. Es decir, que la izquierda no solo no gobierna a estas horas en España, sino que está más dividida, vengativa y recelosa que nunca.

Una última porción de culpa la tiene Pablo Iglesias al efectuar su última oferta desde la tribuna del Congreso cinco minutos antes de la votación. Inaudito. Esperpéntico. Ambos partidos han perdido los papeles. El hombre de Estado de la votación fue, quién lo iba a decir, Gabriel Rufián, que se esmeró en pedir "cabeza, responsabilidad y sentido común" a ambos dirigentes.

Es obligatorio recordar a los lectores que cabe la posibilidad de auspiciar una nueva sesión de investidura antes del 25 de septiembre. Pero en realidad todo apunta a que no será así y no llegará otro debate de este tipo hasta que se celebre una repetición de elecciones allá por el 10 de noviembre. El problema de la izquierda es saber si logrará llegar unida a alguna de esas dos fechas o si acabarán de rubricar su suicidio dando paso a una refundación interna en busca de nuevos dirigentes que les representen con más responsabilidad y éxito. De momento ya sabemos que la división será mayor si prospera el salto nacional que prepara Íñigo Errejón.