La inquietante intromisión de Trump en la justicia militar y su erosión de valores básicos

Las actitudes autoritarias y el desdén por las instituciones republicanas y sus procedimientos que ha continuamente mostrado Donald Trump han alcanzado múltiples ámbitos con ominosos resultados y perspectivas desestabilizadoras. Uno de los ámbitos que se encontraba relativamente al margen de ello era la vida interna de las fuerzas armadas estadounidenses y sus procesos de justicia y disciplina.

Pero la intervención intempestiva de Trump para restaurar el grado a Eddie Gallagher, oficial de grupos especiales SEAL de la Armada de Estados Unidos que había sido degradado por haberse fotografiado junto al cadáver de un presunto miembro del grupo terrorista Estado Islámico, como si el cuerpo fuese un trofeo de caza, acto que va en contra de la normatividad de la disciplina militar, implica que el presidente ha dado un paso especialmente intrusivo y con severas implicaciones.

El presidente Donald Trump es el comandante en jefe de las fuerzas armadas de EEUU pero se afirma que eso no le da facultades para inmiscuirse impropiamente en la justicia y la disciplina militares, como habría hecho en el caso de Ed Gallagher y otros acusados de crímenes de guerra. (AP Photo/Brynn Anderson)

Ciertamente Trump, en su calidad de presidente, es el comandante en jefe de las fuerzas armadas estadounidenses y eso le da una enorme capacidad de mando e influencia en las diferentes ramas militares de Estados Unidos y en sus operaciones.

Pero no tiene un poder absoluto, ni ser el jefe supremo implica que pueda, o deba, actuar con base en sus impulsos o deseos a contrapelo de las normas y códigos militares.

Inclusive, como se comenta en Fortune, al ordenar Trump que se reinstalara como SEAL a Gallagher habría violado una norma clave de las fuerzas armadas y, con ello, habría provocado malestar en ellas.

En ese artículo, firmado por el general brigadier retirado Thomas Kolditz y el profesor de Yale Jeffrey Sonnenfeld, se señala que a los cadetes se les enseña un término legal denominado “Unlawful Command Influence” (“influencia ilegal en el comando” o UCI) que es la acción impropia de un comandante al usar su autoridad para influir en procesos de justicia y disciplina militar en los que debería mantenerse imparcial y distante.

Incurrir en UCI, se concluye, altera sustancialmente la impartición de justicia militar, vulnera la disciplina y el respeto a la línea de mando y puede causar que fallos de la justicia militar lleguen a ser impugnados o invalidados.

Al respecto, los autores consideran que Trump incurrió claramente en UCI en el caso de Gallagher y afirman que por ello el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado debe intervenir para que el presidente rinda cuentas.

Esto es especialmente punzante porque, en el fondo y la forma, la decisión de Trump en el caso de Gallagher sería profundamente censurable. Máxime cuando, de acuerdo a una nota de la agencia AP publicada en Military Times, Trump se vinculó al caso de Gallagher luego de que un socio de Rudy Giuliani, su abogado personal, comenzó a defender a ese militar en apariciones públicas en medios conservadores al grado de que Gallagher inclusive cambió de abogado para ser defendido por uno que ha representado a empresas de Trump.

Las fuerzas armadas de Estados Unidos han cometido, a lo largo de su historia y bajo las órdenes de sucesivos presidentes, acciones que han sido criticadas severamente por su barbarie. Los bombardeos indiscriminados en Vietnam con el infame uso del agente naranja, las intervenciones para derrocar o desestabilizar a gobiernos legítimos y aupar a dictadores en América Latina, la invasión de Irak con base en la mentira de las armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein o la tortura contra prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib son solo algunos ejemplos de graves vulneraciones del derecho internacional y de los derechos humanos que han sido cometidos en el pasado por orden, o con la complacencia, de varios ocupantes de la Casa Blanca.

Pero, como se comenta en Intelligencer de la revista New York, los gobernantes estadounidenses de esas épocas, por ejemplo Reagan o Bush, no clamaron en público la pertinencia de violar valores básicos (aunque sus políticas en ocasiones lo hicieran en los hechos) ni se expresaron públicamente en términos que los colocan en terrenos totalitarios.

Trump, se afirma en ese texto, se ha ufanado de saber más que los generales estadounidenses sobre el Estado Islámico y ha llamado al exterminio no solo de los milicianos de ese grupo terrorista sino también de sus esposas e hijos; ha dicho que Estados Unidos debe apoderarse de los recursos petroleros de Medio Oriente en los países en donde tiene presencia militar (otros mandatarios lo han buscado en los hechos pero no lo han defendido públicamente) y ha perdonado y alabado a militares estadounidenses sentenciados por crímenes de guerra y revertido procesos disciplinarios contra soldados, como Gallagher, que vulneraron la disciplina militar y se ostentaron no como guerreros sino como asesinos.

Edward Gallagher al salir de una corte marcial donde se le halló no culpable de crímenes de guerra. Pero sí fue degradado por posar con el cadáver de un presunto terrorista como si fuese un trofeo de caza. Donald Trump ordenó revertir esa decisión y reinetrarlo a su puesto en las fuerzas especiales SEAL. (AP Photo/Gregory Bull)

La frase de Trump al defender a un soldado acusado de asesinato ante una corte marcial en la que dijo que “entrenamos a nuestros jóvenes para que sean máquinas de matar y luego los procesamos cuando ellos matan” revela una profunda confusión y prepotencia.

Ciertamente, el entrenamiento militar vuelve a los soldados aptos para la rudeza del combate, pero ese entrenamiento incluye también disciplina, reglas y valores. Es cierto que la barbarie es frecuente en la guerra y que las atrocidades que en ella se cometen son perturbadoramente frecuentes, pero eso no significa que han de ser condonadas ni que sean parte de la disciplina y la misión de las fuerzas armadas.

En realidad, se trata de crímenes que han de ser sancionados conforme a las leyes y los principios de los derechos humanos. Tolerarlos o defenderlos implica un grave riesgo para la disciplina y el honor militar y una amenaza para los derechos humanos y la legalidad en sí.

Además, ese tipo de frases y acciones de Trump resuenan con fuerza entre amplios sectores de la sociedad, sobre todo en su base de seguidores más radicales, y con ello exacerban la noción de que el exterminio, la tortura y la destrucción sin regla ni medida son acciones válidas e incluso deseables cuando se enfrenta al enemigo.

Todo con el agravante de que el enemigo es, con frecuencia, no solo el terrorista o el invasor contra el que existe una legitima razón para defenderse sino que, también, puede ser identificado con el diferente, el opositor o quienquiera que se visto o estigmatizado como un peligro real o inventado.

Esa es una mentalidad totalitaria incompatible con los derechos humanos, las libertades democráticas y las instituciones republicanas. Clamar públicamente que cometer crímenes de guerra o actos de crueldad o de profanación son legítimos tiende ominosos puentes hacia acciones de enorme gravedad. En Intelligencer, por ejemplo, se trazan paralelos entre ello y acciones como la reclusión en masa de musulmanes de la etnia uighurs que tiene actualmente lugar en China sin que la comunidad internacional actúe activamente para frenarla.

Y se afirma que si bien Estados Unidos tiene su propio historial de barbaries, su discurso mantenía, a veces con hipocresía y otras con honestidad, una defensa de los derechos humanos.

Otros, en contraparte, señalan que si bien el discurso de Trump es chocante y ofensivo, no tiene en su historial las patentes acciones de violaciones graves y a gran escala de George W. Bush en Irak, como se comenta en The Guardian.

Bush no las ventilaba en medios de alcance masivo, pero las defendió, permitió u ordenó con sus políticas y decisiones. Por otra parte, que un estado y sus ejércitos cometan violaciones es ciertamente peor que ufanarse o interferir en casos de justicia y disciplina militar, pero minar las segundas es una puerta a la incidencia mayor de las primeras.

Con Trump, se afirma,  si bien no se han cometido atrocidades de la escala del bombardeo masivo de Vietnam o la invasión de Irak, sí se estaría minando el marco moral que, al menos en principio, ha de regir la acción militar estadounidense, lo que podría conducir de nuevo a escenarios nocivos. Alabar y proteger a criminales de guerra y revertir decisiones de la justicia militar por impulsos personales son inquietantes signos de ello.