La "guerra de las pajitas" de Trump contra los liberales (o cómo ganar medio millón de dólares dañando el medioambiente)

En las luchas político-ideológicas en Estados Unidos, la campaña de reelección de Donald Trump ha esgrimido (y comercializado) una curiosa arma en su batalla electoral contra los demócratas: popotes (pajitas) de un rojo plástico que tienen, grabado con láser, el nombre de Trump.

Y aunque prendas y otras mercancías con el nombre y los eslóganes de Trump son comunes y se han vendido por millones, los popotes (o pajitas) de Trump añaden una extraña dimensión a la propaganda electoral de cara a las elecciones presidenciales de 2020.

En el sitio web de la campaña de reelección de Donald Trump se venden popotes de plástico (10 por 14 dólares) con el nombre del candidato grabado en láser. (shop.donaldjtrump.com)

Beber una soda con un popote o pajita de plástico ha sido una práctica común y masiva, y con ello se han producido y desechado durante décadas ingentes cantidades de estos tubillos para sorber líquidos.

Millones y millones han ido a parar al mar, donde resultan especialmente nocivos para la fauna marina, o acaban contaminando la tierra en una realidad punzante: su uso es efímero pero la rudeza de su material prolonga de modo prácticamente indefinido (por no ser biodegradables) sus efectos nocivos en la fauna y el medio ambiente.

Aves marinas, tortugas, peces y ballenas, entre otros animales, sufren lesiones e incluso mueren a causa de la ingestión de plásticos y de heridas causadas por éstos. Los popotes están entre los más notorios de esos contaminantes.

Y, en realidad, miles de personas han tenido también que recibir atención médica a causa de lesiones provocadas por esos objetos.

Así, ha crecido en años recientes un clamor social por eliminar (o al menos reducir de modo sustantivo) el uso de popotes plásticos desechables, al que se han sumado autoridades y empresas.

Y dado que el sorber líquidos con una pajita es una costumbre profundamente arraigada (aunque en realidad plenamente sustituible), varias ciudades han prohibido o restringido el uso de pajitas plásticas y muchos comercios han comenzado a reemplazarlas con popotes de materiales reciclables y biodegradables, algunos de ellos fabricados con papel u otras fibras vegetales.

Otra alternativa son popotes reusables, hechos también de plástico u otro material (los hay de metal y hasta de vidrio), que al no ser desechados con un solo uso reducen, aunque no eliminan, sus efectos contaminantes y agresivos para la vida.

Y allí es donde reside una nueva y un tanto bizantina polémica entre Trump y sus adversarios liberales. Las citadas pajitas plásticas trumpistas –que en paquetes de 10 se venden por 15 dólares en el sitio web de su campaña– son ofrecidas como productos “reusables y reciclables” y con el atractivo, según el relato de la BBC, de que “los popotes liberales de papel no funcionan. Apoya al presidente Trump y compra hoy tus pajitas reciclables”.

La citada propaganda tiene ciertamente un toque de comicidad pero no considera en ningún sentido la crítica medioambiental pues, según expertos, en realidad las pajitas plásticas no son aceptadas en los esquemas de reciclaje por ser demasiado ligeras para ser apropiadamente manejadas.

Así, aunque en efecto el plástico del que están hechas esas pajitas trumpistas es técnicamente un material reciclable, el popote en sí no lo es y acabará en rellenos sanitarios o en ríos y océanos. Y aunque “funcione” para sorber líquidos, es un equívoco que su utilización en sí sea diferente o mejor que la de los de papel.

Todo al final es un juego discursivo para utilizar ese objeto en un curioso alegato político que, entre líneas, confronta el afán de protección medioambiental y de conciencia social de quienes rechazan los popotes plásticos (los “liberales”) con la visión conservadora o de mero individualismo de quienes, es de suponer, gustan de expresar sus posiciones adquiriendo productos con el nombre de Trump o votando por él.

Es un contraste singular que en el tema de los popotes plásticos lo que “funciona” para la campaña y los seguidores de Trump sea el preservar una cierta forma de sorber, mientras que para los “liberales” sea que los popotes de papel no resultan destructivos para el medioambiente como los de plástico.

Los popotes trumpistas mirarían, así, al confort momentáneo del consumidor mientras que las pajitas liberales se enfocan en la concientización y la preservación más duradera del medioambiente.

Y en el fondo lo que parece indignar a algunos republicanos no es que los popotes de papel funcionen o no o que los de plástico sean prohibidos por sus ominosos efectos, sino que el rechazo a esos objetos esté teniendo creciente aceptación social en amplias zonas del país, en sintonía con la protección del medio ambiente, bajo el auspicio principal de los demócratas.

Es decir, lo que les disgusta a algunos republicanos, como a Devin Nunes en California, sería estarse convirtiendo en una minoría cada vez más pequeña y cada vez más a contracorriente de las preferencias ampliamente mayoritarias en ese estado.

Sea como sea, la campaña de Trump ha recaudado ya casi medio millón de dólares en ventas de los popotes trumpistas, según informó The Hill, y al final eso es lo que, al parecer, “funciona” para Trump: agitar animadversiones e ideas sesgadas para concitar apoyos en pro de su intento de reelección y capitalizarlo al máximo en votos y en dinero.