'La colina de las amapolas', la joya desconocida de Studio Ghibli

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Por Alberto Cano.- Que se estrene en cines una película de un reputado estudio de animación como el japonés Studio Ghibli parece algo normal, como ocurre con su primera producción en 3D, Earwig y la bruja, ya disponible en la cartelera española. Pero lo cierto es que no todas las películas de esta reputada compañía responsable de joyas como El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o Mi vecino Totoro han corrido la misma suerte.

Un claro ejemplo es La colina de las amapolas, cinta dirigida en 2011 por Goro Miyazaki -hijo del reconocido director Hayao Miyazaki que también dirige Earwig- que tuvo que esperar hasta 2018 para poder ser estrenada en nuestro país únicamente a través de plataformas streaming (en la actualidad están todos los clásicos del estudio disponibles en el catálogo de Netflix). Aunque a nivel internacional tampoco corrió mejor suerte, puesto que mayormente estuvo limitada al circuito de festivales de cine, a lanzamientos directos al mercado doméstico o a estrenos en un número reducido de cines. Y tal vez así se explique cómo una película tan bella, íntima y emocionante sea una de las obras más desconocidas de Ghibli.

Imagen del póster promocional de La colina de las amapolas (Studio Ghibli)
Imagen del póster promocional de La colina de las amapolas (Studio Ghibli)

La verdad es que se trata de una obra de temática muy japonesa difícil de vender más allá de su país de origen, además de que narra un relato anclado en un contexto histórico que nada tiene que ver con las grandes producciones de fantasía que el estudio suele ofrecer.

Su historia adapta un shōjo (manga enfocado al público femenino) del mismo título publicado en Japón en los años 80. En él conocíamos a Umi Komatsuzaki, una adolescente que tras la muerte de su padre en la guerra y en ausencia de su madre cuida de su familia y regenta un albergue en una colina cercana al mar. Umi alterna sus responsabilidades con su vida estudiantil, en la que ha empezado a formar parte de una plataforma para evitar el derribo de un viejo edificio donde se alojan varias asociaciones de estudiantes. Será entonces cuando entre en contacto con Shun Kazama, miembro del club del periodismo que consigue despertar sus sentimientos. Pero la salida a la luz de secretos familiares del pasado pondrá en peligro su relación.

La colina de las amapolas fue una obra que generó muchas dudas desde su anuncio. Goro Miyazaki, considerado por muchos como la oveja negra de Ghibli tras su fallido trabajo en Cuentos de Terramar, iba a hacerse cargo del proyecto. Sin embargo, la perspectiva cambió cuando se anunció que Hayao Miyazaki, su padre, estaría involucrado y firmaría el guion.

He de decir que me sorprendió ver a este gran maestro de la animación japonesa tratar una historia tan ajena a su temática. Bien es cierto que ya se había aventurado en las películas para adolescentes con el guion de Susurros del corazón en 1995 y a tratar historias ligadas a un contexto histórico en cintas como Porco Rosso en 1992, pero aquellas seguían apegadas a ese tono fantástico al que el cineasta nunca ha renunciado, ni siquiera en el biopic de Jiro Horikoshi, El viento se levanta, donde recurría a un enfoque onírico para plasmar las ensoñaciones de su protagonista.

Pero en La Colina de las Amapolas no hay un ápice de fantasía, sino una historia sobre un Japón que en los años 60, en vísperas de los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, empezaba a mirar hacia el futuro y a sanar las heridas que en el pasado les dejó la guerra. Lo vemos representado a través del personaje de Umi y su relación con Shun, quienes buscan descubrir y curar los secretos de su pasado para poder seguir adelante con su relación. También con el derrumbamiento de ese edificio estudiantil, donde se simboliza la ruptura con ese pasado lúgubre en vistas de un país y una sociedad más avanzada.

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Aunque el guion corra a cargo de Hayao Miyazaki, no puede pasarse por alto que toda la delicadeza que transmite el film es gracias al trabajo en la dirección de su hijo. Lo que originalmente era una historia para adolescentes, adquiere un tono mucho más adulto y profundo gracias a su buen tacto a la hora de tratar las escenas, su buen manejo al mezclar el drama con el romance juvenil y su detallismo con una animación preciosa en donde cada pequeño detalle juega un papel importante en la unión de su relato con el contexto histórico. Y es que aunque los inicios de Goro Miyazaki no fueron muy agraciados con la fallida Cuentos de Terramar, el director derrocha talento en esta segunda obra de su filmografía.

Tampoco olvidarme de su banda sonora, la que considero una de las partituras más íntimas de Ghibli. Acostumbrado a las composiciones de Joe Hisaishi, compositor habitual del estudio y de la filmografía de Hayao Miyazaki, escuchar a otro músico como Satoshi Takebe lo aprecié como un toque de frescura. Sus melodías me transmitían un tono nostálgico que muy hábilmente remite a ese pasado al que la película pretende referenciar. Además, también está la canción Sayonara no Natsu (Summer Goodbyes), tema de 1976 de Ryoko Moriyama que fue reinterpretado para La colina de las amapolas por Aoi Teshima, cuya inclusión suena preciosa.

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Es una pena que La colina de las amapolas tuviera tan poca repercusión, porque creo que es una película a la altura de las grandes obras maestras de Ghibli. Su tono más dramático, su carácter tan marcadamente japonés y el estar tan alejada de lo que habitualmente el espectador espera de este mítico estudio de animación, la condenaron a tener una distribución muy limitada y a que el público apenas tuviera ocasión de descubrir su emotiva historia. 

Por suerte, hoy en día puede ser rescatada fácilmente en Netflix. Y recomiendo encarecidamente su visionado.

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