La Academia reconoce, por fin, que Hollywood está en crisis

Humo proveniente de un incendio sobre el cartel de Hollywood.

Siempre hubo que alejarse lo máximo posible de los Óscar para medir la calidad real del cine ‘made in Hollywood’, aunque fuera por pedir una segunda opinión, como cuando nos dicen que debemos pasar por quirófano. Durante 92 años, la Academia consideró que su producto era único e inigualable, y actuó en consecuencia. El público estadounidense, anestesiado por la ley de las distribuidoras, comió palomitas y sorbió sodas pensando que más allá de la frontera solo había telenovelas, alguna serie seria y algún que otro filme para rellenar el premio a Mejor Película Internacional. Nada sustancial. Por eso, el triunfo de ‘Parásitos’ no solo supone la primera ocasión en la historia del galardón en la que los académicos otorgan el premio de Mejor Película a un filme extranjero, también es un golpe dado en la mesa por la irreverencia, por lo impredecible y por aquellos que huyen de los convencionalismos narrativos que nacen, crecen y se reproducen en Los Ángeles.

A Hollywood le sobra creatividad, aunque sigue siendo alérgica a los riesgos. Hace años que el cine estadounidense vive sumido en una crisis creativa generalizada, con excepciones, y la razón principal es el temor a darse un batacazo en taquilla. Tan simple como eso. Una de las fuerzas humanistas más efectivas que existen está en la manos de la especulación, y eso afecta al arte, a la sensibilidad y a la cultura. Nada nuevo. Las secuelas, los remakes y las fórmulas clásicas e irremediablemente inflalibles cercan las opciones y marcan la pauta de un cine, por lo general, predecible. Por eso, no está de más pedir una segunda opinión que sirva de vara de medir para confirmar que, realmente, los Óscar resplandecen más de lo que deberían y que su reflejo nos ciega exageradamente. 

El cine estadounidense corre menos riesgos. Imagen de Apocalipsis Now.

Así que gafas de sol, porque el Festival de Cannes es un buen equivalente a la europea de los premios de una Academia tan conservadora como las producciones que suelen seleccionar. La élite ‘hollywoodiense’ adora pasearse en yate por las aguas cristalinas del suroeste de Francia. El glamour queda ensalzado con burbujitas de champán y los actores, actrices, directores y gente del mundillo que pueden ir, no fallan a la cita. Por algo será. El festival ha sido muy benevolente históricamente con los filmes estadounidenses, de manera merecida, y no hay país que cuente con más Palmas de Oro en su haber, con un total de 13 máximos galardones. Sin embargo, la última década ha sido nefasta para las cintas exportadas desde territorio estadounidese. ‘El árbol de la vida’, dirigida por Terrence Malick y protagonizada por Brad Pitt y Sean Penn, fue la última en descorchar la botella con la palma bajo el brazo. Hay que remontarse a 2004, con Fahrenheit 9/11, para saborear el triunfo en Cannes de un filme gestado en EEUU. El documental de Michael Moore no llegó a estar ni siquiera entre los nominados al Óscar en aquella edición. 

Además’ de la pasada, no hay década peor para el cine estadounidense para los ojos extranjeros que la de los años sesenta, cuando disputar la gloria a los Federico Fellini, Mario Camus, Luis Buñuel, Michelangelo Antonioni o Luchino Visconti era un sacrilegio. Tuvo que llegar Robert Altman en 1970 para volver a poner a Hollywood en el mapa con ‘M.A.S.H.’ en una era en la que los últimos vestigios del neorrealismo italiano, la Nouvelle Vague y el incipiente cine británico de liberación marcaron la pauta. Y no era porque en EEUU salieran malas películas, es que los tiempos pedían otro tipo de cine más experimental y básico, donde primaran historias humanas contadas con narrativas eficientes y diferentes a ‘Laurence de Arabia’, ‘El apartamento’ o ‘West Side Story’. Parece inverosímil que el ombligo de Hollywood tuviera mayores dimensiones que películas de culto salidas de otros lugares del mundo en los convulsos años sesenta. Pero si las manifestaciones de la Primavera del 68 cancelaron Cannes aquel año, la ‘caza de brujas’ y la censura fueron las líneas editoriales de un EEUU en Guerra Fría donde todo lo que era diferente se tildaba de ‘comunistoide’. De ninguna manera permitirían la entrada a tanto rojo junto en un contexto en el que guiones enteros se tachaban de manera robótica. 

Parásitos representa un cine que en EEUU siempre ha sido ignorado.

¿Cuál es entonces el cine ‘hollywoodiense’ que más ha gustado lejos de EEUU? El de Francis Ford Coppola, el de Martin Scorsese, el de Quentin Tarantino, David Lynch o los hermanos Cohen. Tan brillantes como trillados. ¿Dónde anda la sabia nueva capaz de abofetear nuestras almas? ¿En qué cajón de las grandes productoras estarán los filmes estadounidenses que marcarán a generaciones enteras? 

‘Parásitos’ representa un cine marginado y ha enarbolado la bandera de la lucha de clases, de la justicia del celuloide; ha sido la voz que se alza para defender un arte insolente y atrevido que no se aventuran a hacer en EEUU; ha sido la luz en la grieta que representa a todos los filmes que históricamente se han topado con el muro. La Academia ha despertado en esta edición y los Óscar de este año han reconocido por fin que hay vida más allá de Hollywood, que hay una manera de hacer películas que transciende y supera a lo de siempre; pero por encima de todo, y gracias a su aperturismo, ha sabido identificar el fracaso de su propio cine.

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