Kobe Bryant compartió sus alegrías en español

Kobe Bryant con la también fallecida, Gianna, su mujer Vanessa y su hija Natalia

Hay sucesos que son inolvidables y preguntas que aquellos que fueron testigos de la historia no necesitan pensar antes de contestar. Es automático. ¿Dónde estabas cuando murió John Lennon? ¿Qué hacías cuando cayó el muro de Berlín? ¿Cómo te enteraste del atentado de las Torres Gemelas? A partir de este domingo, un nuevo evento colma la lista de momentos vividos con estupor: el fallecimiento de Kobe Bryant. Será muy difícil olvidar la fecha en la que la Mamba Negra nos dejó para siempre, casi tanto como asimilar la magnitud de esta repentina tragedia.

Solo un día antes del accidente, LeBron James había superado a Kobe como el tercer máximo anotador de la historia de la NBA y todavía recuerdo como si fuera ayer el momento en que Bryant hizo lo propio con Michael Jordan. Era diciembre de 2014 y la estrella de Los Angeles Lakers había cumplido el sueño de superar a su mentor. Lo hizo en Minnesota, con victoria ante los Timberwolves y con un Kobe espectacular. Transportarme a aquel instante es hacerlo a una sala repleta de periodistas de habla inglesa y donde solamente había un medio en castellano. Hacía un par de semanas que, después de varias negativas, Bryant me dio el sí para que le hiciera preguntas en español de manera constante. Aquella fue una victoria para su público hispano, pero también para un Kobe cuya figura se engrandecía más aún. Sabía lo que hacía.

Su español no era del todo fluido, pero le faltaba poco. Su suegra y su mujer, Vanessa, tuvieron gran parte de la culpa de su aprendizaje. Su acento italiano delataba los años que pasó de niño en la bota de Europa junto a su familia cuando su padre jugaba al baloncesto profesional. Por aquel entonces ya comenzó a absorber la pasta de la que se hacen las leyendas, esas que entienden que el talento no existe sino se cultiva con trabajo duro. Si hay algo que Kobe aprendió de Jordan fue precisamente eso, a trabajar como si no un hubiera mañana. Por eso, aquella fría noche de invierno en Minnesota, Kobe llegó a uno de los clímax de su carrera. Y lo hizo con nosotros, en nuestro idioma. 

Fue uno de los momentos de mayor felicidad de la Mamba Negra, obviamente, los anillos como éxitos colectivos eran una gesta, pero Kobe tenía el gen de campeón, el ansia de resaltar de manera individual sin importar lo que nadie pensara de él. Era genuino, duro con quien no compartía su ética, aunque se llamara Shaquille O’Neal, y orgulloso. Pero todo ello por derecho, porque se lo había ganado, porque él pedía a los demás lo que ejecutaba sin pestañear. Con los periodistas era igual. 

Acceder al Kobe leyenda no era fácil, pero una vez se conseguía, su amabilidad hacía que los que  gozaban de su presencia se sintieran eternamente afortunados. Ése es el tipo de áurea que desprendía. El suficiente como para ser odiado y perdonado, despreciado y adorado. Kobe cometió errores y los solventó. Le dio la vuelta a los fracasos y los usó para llegar a la cima. Sus prioridades en los últimos fueron dos: su familia y crear proyectos cinematográficos. Este mal sueño ha dejado un vacío enorme. 

Pau Gasol y Kobe Bryant eran como hermanos.

Pienso en Vanessa, su mujer. De ascendencia mexicana y con una compasión con la que salvó su matrimonio, primero, y lo fortaleció después. También en Natalia, su hija mayor, que ahora tiene 17 años de edad y a la que también le unía una fuerte relación con Gianna, fallecida en el trágico accidente. Bianka, de tres años de edad y Capri, de tan solo siete meses, no recordarán a su padre. En un futuro construirán su imagen gracias al recuerdo de aquellos que lo conocieron. Eso es desgarrador. Pienso en Pau Gasol. En cómo ambos construyeron una relación de amistad que fue más que eso. Aquella hermandad impactó al español de tal manera que apenas hay entrevista en la que no se acuerde de Kobe. Es difícil imaginar el nivel de tristeza cuando el que suscribe todavía no puede creer que lo ha sucedido. 

Son muchas las imágenes de Kobe que caben en la memoria, pero hay una que es imposible de eclipsar: la de cómo abrazó a su mujer, Vanessa, y a sus hijas, Natalia y ‘Gigi’ cuando jugó su último partido como profesional. El rival, Utah Jazz, y el lugar, el Staples Center. La gesta fue como salida de un cuento de hadas. Kobe anotó 60 puntos y al terminar la cita, con las tribunas vacías, se dirigió al centro de la pista. Los tres se hicieron fotografías inmersos en una felicidad total. Kobe había terminado una carrera de leyenda y ahora tocaba enfocarse en su familia, ésa que pasó por altibajos, ésa que le echó de menos en tantos momentos. Los mejores años de su vida estaban por venir, porque Kobe sabía a la perfección que ahora disfrutaría los frutos recogidos. 

Pero la fragilidad es repentina, y el dichoso helicóptero ha truncado el porvenir de muchas personas. Incluido aquél que nos hizo creer que la inmortalidad existía. Nos tendremos que conformar con la eternidad.

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