Kintsugi, la técnica japonesa para reparar las cicatrices

“El hombre que se levanta, es aún más fuerte que el que no ha caído” - Viktor Frankl [Foto: Getty Images]
“El hombre que se levanta, es aún más fuerte que el que no ha caído” - Viktor Frankl [Foto: Getty Images]

Cuentan que a finales del siglo XV, el shōgun Ashikaga Yoshimasa envió a reparar a China un cuenco de té al que se había aficionado mucho. Cuando lo recibió de vuelta, las feas grapas de metal que sostenían las partes dañadas no le gustaron, así que pidió a los artesanos japoneses que buscaran una solución más estética para reparar su valioso cuenco.

Así surgió el kintsugi, una técnica que consiste en arreglar las grietas de la cerámica con barniz y resina mezcladas con polvo de oro o plata. De esa manera, en vez de ocultar el daño, las grietas se resaltan y embellecen para sacar a la luz la historia del objeto y conferirle un aspecto único. De hecho, esas piezas reparadas pueden llegar a valer más que una pieza íntegra.

El arte del kintsugi aprecia la imperfección, logra que lo aparentemente defectuoso renazca y se vuelva bello en su autenticidad. En una época marcada por el consumismo y las ansias de perfección, esta antigua práctica puede restarnos tensiones innecesarias, ayudarnos a encontrar lo que hay de único en nosotros e incluso conferir un nuevo sentido a las situaciones difíciles que hemos atravesado para sentirnos orgullosos de nuestras cicatrices.

Esconder las heridas no nos ayudará a pasar página

Esconder las heridas no nos ayuda a pasar página, sino que reactiva constantemente el recuerdo doloroso y nos hace sentir inadecuados. [Foto: Getty Images]
Esconder las heridas no nos ayuda a pasar página, sino que reactiva constantemente el recuerdo doloroso y nos hace sentir inadecuados. [Foto: Getty Images]

El mundo rompe a todos, luego algunos se hacen fuertes en las partes rotas”, escribió Ernest Hemingway. Sin embargo, al igual que dos objetos no se rompen de la misma manera, tampoco nosotros reaccionamos igual ante la adversidad. Cuando recomponemos nuestros pedazos nos convertimos en personas únicas, como esas piezas de kintsugi.

Por desgracia, aún existe una tendencia a esconder nuestras cicatrices - físicas o emocionales – ya que a menudo son motivo de vergüenza. Asociamos las cicatrices a nuestros errores y desaciertos. Nos hacen sentir como muñecos rotos. E incluso pensamos que mostrarlas nos convierte en personas más vulnerables o débiles ante los ojos de los demás.

Aparentar que todo está bien y ocultar nuestras heridas implica un esfuerzo psicológico adicional que se suma al que ya estamos haciendo para superar el trauma. Paradójicamente, esconder las heridas no nos ayuda a pasar página, sino que reactiva constantemente el recuerdo doloroso y nos hace sentir inadecuados.

El kintsugi propone romper con ese esquema para abrazar la perfección de nuestras imperfecciones y dar un nuevo sentido a la adversidad, de manera que podamos incluir los hechos dolorosos en nuestra historia vital y se conviertan en una fuente de resiliencia y orgullo en vez de un motivo de vergüenza.

A fin de cuentas, son los momentos más oscuros y los problemas que hemos superado los que nos ayudan a definirnos como personas. Todas esas veces que nos hemos caído y nos hemos levantado nos han convertido en la persona que somos hoy. Por eso, renegar de esas cicatrices es como renegar de nosotros mismos.

En la vida, disfrutamos y amamos, pero también nos equivocamos y sufrimos. Todas esas experiencias nos marcan de manera indeleble. Con el paso del tiempo esas experiencias van conformando nuestra “mochila emocional” y pueden ayudarnos a afrontar mejor los nuevos problemas. Las cicatrices representan mucho dolor, pero también mucha autosuperación.

¿Cómo reparar nuestras heridas emocionales?

Para reparar nuestras heridas emocionales necesitamos tres ingredientes: paciencia, compasión y confianza. [Foto: Getty Images]
Para reparar nuestras heridas emocionales necesitamos tres ingredientes: paciencia, compasión y confianza. [Foto: Getty Images]

Cuando nos enfrentamos a una experiencia difícil tenemos dos opciones: dejar que ese dolor, resentimiento o rencor se emponzoñe y nos impida recuperarnos dejando la herida siempre supurante o convertir esos traumas en experiencias de vida que terminen brillando como las grietas del kintsugi.

Si para reparar cerámica se recurre a la laca y el polvo de oro, para reparar nuestras heridas emocionales necesitamos tres ingredientes: paciencia, compasión y confianza.

Ante todo, necesitamos ser extremadamente pacientes con nosotros mismos. En el kintsugi, el proceso de secado es determinante. La resina tarda mucho tiempo en endurecerse, pero ese proceso es la garantía de cohesión y durabilidad. En la vida, no siempre es fácil recuperarse de un descalabro emocional. A veces nuestras heridas son tan profundas que necesitan mucho tiempo para sanar. Apresurarnos y presionarnos para sentirnos mejor no acelerará la cicatrización emocional.

Todos tenemos un enorme poder de sanación interior que se activa cuando sufrimos un trauma, pero necesitamos darle tiempo para operar. Dar un significado a lo que nos ha ocurrido es esencial para que se produzca un crecimiento postraumático. Integrar esas experiencias dolorosas en nuestra historia vital nos hará más resilientes, pero ese proceso no se produce de la noche a la mañana.

Tratarnos con amor y compasión nos facilitará el camino. A menudo, cuando atravesamos experiencias difíciles, terminamos culpándonos o arrastramos una gran cantidad de odio y resentimiento. Sin embargo, recriminarnos por lo sucedido es como añadir más sal a la herida. En su lugar debemos practicar la autocompasión – que no significa sentir lástima por nosotros mismos.

Diferentes estudios han demostrado que tratarnos con compasión después de un evento difícil nos ayuda a recuperarnos, reduce las posibilidades de desarrollar un trastorno por estrés postraumático y mejora nuestra salud y estado de ánimo en general. La compasión implica ser más bondadosos e indulgentes con nosotros mismos. Es cuidar con mimo y amor al niño interior herido que habita en nosotros.

La confianza es otro pilar esencial de la sanación y se construye implementando un pensamiento más positivo. Para aceptar las cicatrices necesitamos dejar de enfocarnos en lo dura que fue la caída para centrarnos en la fuerza que nos ha permitido levantarnos. El hecho de que hayamos caído no significa que seamos débiles, significa que somos humanos.

Un estudio realizado en la Universidad Seattle Pacific con víctimas de tiroteos reveló que quienes desarrollaron la gratitud y una actitud positiva después de la experiencia experimentaron un crecimiento postraumático. Por supuesto, no se sentían agradecidos por haber vivido aquel hecho terrible, pero eran conscientes de que todo pudo haber sido peor, así que elegían mirar la vida desde un prisma más positivo y experimentaban gratitud por haber sobrevivido.

Esa perspectiva les permitió salir fortalecidos de la experiencia, con una resolución renovada para vivir de manera más plena. También les permitió desarrollar una enorme confianza en sus capacidades para afrontar los momentos más oscuros de la vida.

De hecho, uno de los grandes “regalos” de la adversidad es mostrarnos nuestra increíble fuerza. A veces un hecho doloroso nos ayuda a encontrar nuestro propósito en la vida y nos permite encontrar una serenidad y fuerza revitalizadas. Las cicatrices que quedan son la muestra de que somos personas resilientes, únicas e irremplazables. No hay necesidad de esconderlas.

Más historias que te pueden interesar

¿Qué tienen en común las personas que han superado guerras y pandemias?

El rasgo de personalidad más importante para superar la adversidad, según la ciencia

¿Cómo dejar de reaccionar de forma desproporcionada ante el menor problema?

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios puedan establecer conexiones en función de sus intereses y pasiones. A fin de mejorar la experiencia de nuestra comunidad, hemos suspendido los comentarios en artículos temporalmente