Kay Thompson, la niña prodigio de Hollywood que acabó en la indigencia

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Photo credit: CBS Photo Archive
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“Kitty” Fink fue una niña prodigio que empezó bien pronto a tocar el piano con la orquesta de su San Luis natal. Tenía talento y ambición, así que se mudó a Nueva York y en los años 30, durante la época dorada de las grandes orquestas, se convirtió en una gran estrella en cabarets y escenarios como el Cocoanut Grove. Kitty pasó a ser Kay, y Kay era lo más parecido a una mujer orquesta: cantaba y bailaba, pero también ejercía como directora musical, compositora, arreglista… hacía magia con la música. También triunfó en la radio, hasta que en el 42 Nueva York se le quedó pequeña y decidió mudarse a Hollywood. La Metro-Goldwyn-Mayer la convirtió en su “arma secreta”.

En una época en la que los musicales arrasaban, Kay se erigió como la coach vocal estrella del estudio, pero no solo eso: trabajaba como arreglista y especialista musical en multitud de películas. Por ella pasaron las voces y los temas de cantantes como Lena Horne, Sinatra o Judy Garland. Con esta, mucho más joven, explotada por el estudio desde niña, con un desamparo que se manifestaría en las tragedias posteriores de su vida, desarrolló una amistad profunda que tenía mucho también de protectora y pupila; Kay le enseñó todo lo que sabía sobre el mundo del espectáculo, que era mucho, lo bastante para hacer de la tímida y baqueteada Judy una estrella de los escenarios. Cuando Judy Garland y Vincente Minnelli tuvieron a Liza Minnelli, le pidieron a Kay que fuese la madrina de la niña. Las estrellas siempre estaban juntas y no tardaron en aparecer rumores asegurando que tenían una relación lésbica. Aunque las biografías más serias de ambas niegan esto y establecen que ambas se sentían atraídas principalmente por hombres, la idea cuajó en el caso de Kay, en parte porque no encajaba con el concepto clásico de feminidad de su época: solía vestir pantalones, era independiente, resuelta, asertiva y de aspecto y maneras “masculinas”. Con el tiempo todo esto, su carácter arrollador, su talento para el musical, su amistad con multitud de hombres homosexuales y precisamente su vínculo con Judy Garland y su hija haría de ella un icono gay para iniciados.

Photo credit: Ray Fisher
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Photo credit: Bettmann
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En realidad, durante aquella época, según defiende su biógrafo Sam Irvin , Kay mantenía un affaire con Andy Williams que se prolongaría en secreto durante quince años (Kay estaba casada con Bill Spier). Ella le llevaba casi veinte años, y fue tanto su amante y pareja clandestina como mentora para que Andy pudiese triunfar como cantante. En 1961 él la dejó para casarse con la también cantante Claudine Longet, una pareja “adecuada” para él por trayectoria y edad. Kay se mudó a Roma, donde vivía con su perro, Fenice, e intentaba terminar varios manuscritos, sin conseguirlo. Porque para entonces Kay Thompson ya no era solo la especialista musical, la cantante y la emblemática directora de la revista de moda en la película Una cara con ángel, capaz de opacar a Audrey Hepburn y a Fred Astaire, al que ella odiaba. Era ya, sobre todo, la autora de los libros de Eloise.

Kay creó a Eloise, “la pobre niña rica que vivía en el Hotel Plaza de Nueva York”, como una irreverente fuerza de la naturaleza basada en sí misma, capaz de conquistar a niños y a adultos. Ilustrados por Hilary Knight, los libros gozaron de algo más que de éxito inmediato: despertaron un culto a su alrededor que llegó desde los años 50, cuando se publicaron, a nuestros días. La reina Isabel II de Inglaterra fue una admiradora confesa, lo mismo que los Beatles; hasta Lena Dunham eligió como motivo de su primer tatuaje de Eloise porque era “la única cosa de la que nunca se cansaría”. La gestión del hotel Plaza, encantada con la publicidad gratuita obtenida, le cedió a Kay una suite de forma gratuita en la que viviría por largas temporadas hasta que nada menos que Donald Trump se hizo con el hotel, ordenó recortar gastos y juzgó que semejante dispendio y alarde de generosidad no merecía la pena.

Claro que para entonces Kay ya estaba viviendo horas bajas. No es solo que los años dorados del musical y del estilo artístico de Kay hubiesen pasado de moda, es que ella tenía un carácter difícil que la llevaba a prácticamente sabotear muchos de sus proyectos. Hilary Knight, el ilustrador de Eloise, acabó fatal con ella, en parte se negaba a publicar más libros del personaje estrella, pese a que ambos necesitasen el dinero. Kay parecía tan echada para adelante como insegura era en el fondo; se volvió adicta a la cirugía plástica, operando en múltiples ocasiones su nariz, a lo que se sumaba una adicción a las drogas gestada durante los años en la Metro, cuando los médicos le proporcionaban las anfetaminas y vitaminas que ponían en marcha a medio estudio. Judy Garland es el caso más tristemente emblemático de esta adicción. Cuando su querida amiga falleció en el 69, Kay se encargó de organizar las exequias en Nueva York, y tomó a su ahijada Liza bajo su ala como había hecho antes con su madre.

Photo credit: Tom Wargacki
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Liza tendría la oportunidad de corresponderle. A finales de los 80 Kay estaba prácticamente arruinada y vivía en la indigencia, alimentándose de coca cola. Liza la recogió, pagó sus facturas y se la llevó a vivir con ella a su apartamento de la calle 69 Este. Allí pasaría los últimos años de su vida, en una silla de ruedas, sin prácticamente querer salir de casa. Falleció el 2 de julio del 98, a los 88 años. Liza Minnelli diría sobre ella: “Érase una vez una mujer increíble que podía hacer cualquier cosa, y una vez que la habías visto, era demasiado tarde para analizar qué había pasado, porque ya había cambiado tu vida para siempre”.

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