Katherine Heigl sufre el lado más amargo de la fama en Hollywood

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Alcanzar el éxito y la fama en Hollywood es el sueño de muchos artistas, sin embargo el brillo y glamur que le acompañan suele esconder su potencial efímero. Muchas estrellas infantiles lo han vivido al alcanzar la pubertad o la mayoría de edad, desapareciendo del radar de los estudios de la noche a la mañana, pero sobre todo decenas de mujeres que antes del movimiento #MeToo lograron llegar a la cima de la industria pero terminaron sufriendo en carne propia el declive repentino de sus carreras. Algunas por llegar a los 40, otras por plantarse contra magnates como Harvey Weinstein o simplemente por decir lo que pensaban.

Hasta hace unos años, que una actriz criticara sus películas, se defendiera contra ejecutivos misóginos o no fuera la simpatía viviente en un set de rodaje, era suficiente como para tacharla de difícil o diva. Y no hace falta remontarse décadas en el pasado para encontrar ejemplos, como fueron Ashley Judd, Julia Roberts, Sean Young, Rebecca de Mornay, Linda Fiorentino o Annabella Sciorra. Tenemos uno muy reciente que todavía sigue cosechando el lado más amargo de esta industria: Katherine Heigl.

Katherine Heigl (PA England, PBG, Gtres)
Katherine Heigl (PA England, PBG, Gtres)

Cómo olvidar lo mucho que su nombre estuvo hasta en la sopa entre 2005 y 2010. Fueron cinco años de éxito, aplausos, premios, portadas de revistas y salarios de siete cifras para Katherine. Su papel como la caprichosa pero romántica cirujana Izzie Stevens en Anatomía de Grey y taquillazos como Lío embarazoso (2007) y 27 vestidos (2008) la convirtieron en la nueva novia de América, tomando el relevo como dueña de ese título previamente otorgado a Meg Ryan o Julia Roberts por ser las reinas de la comedia romántica.

Su carrera prometía una trayectoria dulce, adornada de halagos, alfombras rojas y éxito, sin embargo, su honestidad e inexperiencia en un Hollywood todavía sostenido por los pilares misóginos del pasado la llevaron por el camino de la amargura, ganándose el título de “difícil” de la noche a la mañana, sufriendo las críticas hasta el punto de acudir a terapia y alejándose del mundillo para dedicarse sobre todo a su familia muy lejos en su rancho de Utah.

Una década más tarde, esa actriz que parecía tenerlo todo para triunfar, ha sufrido la cancelación de varias series, ha sido la sustituta de Meghan Markle en Suits, roza el rol secundario en una serie de Netflix que ha recibido críticas tibias, y aparece en una película previsible representando el cliché que sufren las actrices pasados los 40 con el papel de la madre de turno como decorado bonito de la trama.

En su caso, todo sucedió muy rápidamente con una sucesión de declaraciones que le colgaron el sambenito de diva y difícil, haciendo que sus películas posteriores entre 2009 y 2011 demostraran el declive profesional que sobrevolaba sobre ella (La cruda realidad (2009), Killers (2010), Como la vida misma (2010) y un breve segmento de Noche de fin de año (2011)). Sin embargo, cuando observamos lo sucedido con los ojos de la era #MeToo resulta interesante cuestionarnos si Katherine fue una víctima de su industria y su época. Si sus mismas declaraciones no la colocarían hoy en día a la par de figuras como Scarlett Johansson, en lugar de pasar tantos años siendo señalada como difícil, un adjetivo capaz de llevar muchas actrices al olvido.

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La primera ola que avecinaba el tsunami profesional ocurrió en 2008 cuando la actriz dio una entrevista a Vanity Fair y dijo que su éxito del año anterior, Lío embarazoso, era un poquito sexista” porque “pinta a las mujeres como musarañas, sin humor y tensas, y pinta a los hombres como tipos adorables, tontos y amantes de la diversión”. Dijo que la película dirigida por Judd Apatow y protagonizada por Seth Rogen -con quien el personaje de Katherine pasaba una noche de juerga y se quedaba embarazada, siendo ella la profesional trabajadora y él un inmaduro de cuidado- “exageraba los personajes y algunos días me costaba trabajo hacerlo”. Y si bien añadió que el “98% del tiempo” tuvo una “experiencia increíble” le resultaba difícil amar la película. 

Y aunque muchos podemos estar de acuerdo con su visión de la trama donde precisamente la responsabilidad femenina se tachaba de aburrida, y la inmadurez de los hombres se elevaba como punto cómico (hasta que encuentran un punto de acuerdo, añadiendo dramatismo masculino cuando Seth Rogen decide cumplir su función dando estabilidad a la pareja y futuro familiar), sus declaraciones la tacharon de “desagradecida” al tratarse de la comedia que la colocó en el mapa cinematográfico con el aplauso unánime de la crítica y una recaudación mundial superior a los $219 millones. Poco después, Apatow y Rogen respondieron a los comentarios de la actriz, admitiendo sentirse confundidos durante una entrevista conjunta a The Howard Stern Show en 2009. Quizás sin darse cuenta o sin pretenderlo, ambos alimentaron la retórica mediática en contra de la actriz, cuando el director dijo que “en cierto punto esperaba una llamada diciendo ‘lo siento, estaba cansada’” pero aseguraba que la llamada nunca había llegado. Mientras Rogen añadía que las críticas de Heigl le parecían “hipócritas” cuando se comparaba con la siguiente película de la actriz, La cruda realidad, que precisamente fue muy criticada por sus referencias de tintes sexistas.

Y luego llego el tsunami final cuando decidió no postularse para los premios Emmy en 2008 por su trabajo en Anatomía de Grey tras haber ganado el año anterior. Cuando la noticia se convirtió en escándalo, tachándola de diva e ingrata, la actriz emitió un comunicado (vía The New York Times) explicando que no sentía que había recibido material como para garantizarle una nominación. La creadora de la serie, Shonda Rhimes, añadió más leña al fuego asegurando a Oprah Winfrey que le había molestado pero que no le sorprendía. “Cuando la gente te muestra quiénes son, creeles” dijo. Recuerdo que a la hora de defenderla, casi nadie tuvo en cuenta que ella misma confesó que había trabajado 17 horas diarias en la serie, algo que podía explicar su malestar, cansancio o descontento. Pero así las cosas, en 2010, Katherine dejaba la serie con los títulos de diva, difícil e ingrata solidificados sobre su nombre.

Katherine Heigl como
Katherine Heigl como "Isobel 'Izzie' Stevens" en Anatomía de Grey on the Walt Disney Television via Getty Images Television Network. (Photo by Frank Ockenfels/Disney General Entertainment Content via Getty Images)

Y aunque Seth Rogen y Katherine hicieron las paces públicamente los años siguientes a través de diferentes entrevistas, el mensaje de la actriz ha ido cambiando con el tiempo, la experiencia y el nacimiento del movimiento #MeToo. En 2016, centrada en su vida personal con su familia, sin éxitos cinematográficos y con su intento de retorno a la televisión con la serie Asuntos de estado cancelada tras su primera temporada, dijo a The Howard Stern Show (vía Vanity Fair) que desearía haberse “callado” por entonces. Explicó en mayor contexto las polémicas, asegurando que su desinterés por estar nominada a los Emmy se centraba en que “no se sentía bien con su trabajo en aquella temporada” porque creía que necesita material “jugoso, dramático y emotivo” después de haber ganado previamente, y confesó haberle pedido disculpas a Shonda Rhimes. Pero el escrutinio del escándalo hizo mella en ella, optando por recurrir a terapia porque “no lo estaba manejando bien […] sintiéndose una m*erda en la suela del zapato”. En aquella entrevista aseguró que había optado por mantenerse callada en sus siguientes trabajos, sin decir lo que pensaba para no alimentar los rumores de diva. Contaba que se dio cuenta hasta dónde estaba llevando su silencio cuando no se quejó ni dijo nada cuando los zapatos le quedaban pequeños en un rodaje. 

Sin embargo, este mismo año durante la promoción de su serie para Netflix, Firefly Lane, su mensaje cambió con una mujer de 42 años empoderada en su pasado, apoyando sus opiniones cueste lo que cuesta y “aceptando que la ambición no es una mala palabra”. Puedo haber dicho un par de cosas que no gustaran, pero luego escaló en ‘es una desagradecida’, luego a ‘es difícil’ y luego a ‘no es profesional’”. Y entonces cuestionaba “¿Cuál es tu definición de difícil? ¿Alguien con una opinión que no te gusta? Ahora tengo 42… eso me molesta” dijo a The Washington Post.

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Entre las manifestaciones que leyó en el popular libro El secreto, su interés en leer sobre misticismo, cristales y brujería, la actriz fue expandiendo su fe en sí misma, sintiéndose en control de sus opiniones y más feliz que hace diez años. Y es ahora, cuando leemos las declaraciones del pasado de Katherine que derivaron en su declive profesional, da la sensación que muchas de sus palabras se sacaron de contexto o aumentaron bajo la lupa de un Hollywood que solía apartar a las actrices que hablaban de más, se quejaban de su industria o alzaban la voz con sus opiniones.

Y aun así, ella todavía sigue pagando las consecuencias. El estigma que marcaron aquellas etiquetas derivaron en fracasos de taquilla y en un menor interés de la industria en apostar por ella. Anatomía de Grey continuó sin Katherine manteniendo su éxito mientras ella probaba suerte con series que no pasaron de la primera temporada -como la mencionada Asuntos de estado o Duda razonable-, conformándose como la sustituta de Meghan Markle en Suits cuando fue la novia de América diez años atrás o participando en thrillers de calidad cuestionable como Unforgettable (2017). En 2021, todo parecía que el regreso triunfal podía estar a la vuelta de la esquina, sin embargo el resultado demuestra que una vez más las etiquetas del pasado y el estereotipo de actriz de más de 40 la ensombrecieron de nuevo.

Es cierto que Firefly Lane fue renovada por una segunda temporada y que según Netflix fue vista por 49 millones de personas en sus primeros 28 días en la plataforma (Deadline), pero tras haber visto la primera temporada cualquiera podría creer que Katherine Heigl no es precisamente la protagonista. La serie cuenta la relación entre dos amigas desde la adolescencia, y si bien Katherine es la que interpreta el espíritu más libre, la narración principal se posa sobre su compañera, Sarah Chalke. Mientras que su última película demuestra que también padece los clichés de la industria sobre las mujeres de 40. Mientras Salma Hayek dijo recientemente que recibe papeles de abuela a sus 54 años, y Carrie Anne-Moss aseguró que ella misma recibió un papel de abuela el día que cumplió 40, Katherine interpreta a una madre secundaria y de escenas breves en Fear of Rain.

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Tuve la oportunidad de ver este thriller recientemente (todavía no está disponible en España aunque varios países lo tienen a través de alquiler online o Netflix), y se trata de una apuesta previsible sobre una adolescente con esquizofrenia donde Katherine interpreta a una madre fantasmal y apagada, con secuencias y diálogos tan cortos que deja en evidencia el declive de una carrera que prometía alcanzar lo más alto hace poco más de una década.

La presencia de Katherine es pequeña, con un papel que bien podría haber interpretado una actriz desconocida y habría tenido el mismo efecto. Verla en esta película, sin brillar en su actuación y en un rol tan poco relevante me llevó a preguntarme si estamos ante el tipo de proyectos cinematográficos que estará recibiendo ahora, lejos de Hollywood físicamente, con etiquetas sobrevolando su pasado y a sus 42 años. Entonces, me pregunto si todas estas circunstancias habrían cavado tal hueco en su carrera que no le quede más remedio que aceptar estas ofertas. Si es así, me resulta muy injusto.

Porque ahora que vivimos en la era #MeToo y las actrices no temen alzar la voz ante el apoyo mediático de la industria y el mundo, ¿no resulta exagerado el sufrimiento que tuvo que padecer Katherine y sus consecuencias? ¿Es justa la sombra y el destierro sufrido por decir simplemente lo que pensaba, aunque fuera criticar su propio trabajo? Quizás le fallaron las formas y probablemente podría heber dicho lo mismo con más tacto y gracia sin herir las sensibilidades de sus compañeros, pero si la historia se repitiera en esta década estoy segura que Katherine Heigl rellenaría titulares y portadas como una heroína del movimiento, sin polémicas ni cancelación absoluta. Y quizás, su carrera brillaría con fuerza en el firmamento de las estrellas.

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