La vida llena de altibajos de Pat Morita, el señor Miyagi en Karate Kid

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Hay personajes cinematográficos que se quedan grabados por siempre en nuestra memoria. En algunos casos por sus retorcidas hazañas, en otros, por ser simplemente entrañables. A este segundo grupo pertenece Miyagi, el inolvidable maestro de Daniel-san en Karate Kid. Su actitud pacificadora hacía que uno quisiera aprender karate, incluso sin gustarte. Una paz que nada tenía que ver con la vida real de Pat Morita, el actor que le interpretó en cuatro películas, y cuya historia conoceremos a fondo en un nuevo documental.

More Than Miyagi: The Pat Morita Story detalla la trayectoria profesional y personal, no precisamente feliz, de este hombre que batalló hasta su muerte con su adicción al alcohol.

Cartel de More Than Miyagi: The Pat Morita Story (© Love Project Films LLC, fuente: Facebook/More.Than.Miyagi)
Cartel de More Than Miyagi: The Pat Morita Story (© Love Project Films LLC, fuente: Facebook/More.Than.Miyagi)

La crónica cinematográfica dirigida por Keren Derek. y que se estrena el próximo 5 de febrero en plataformas digitales, es un paseo no siempre agradable por la extraordinaria vida y carrera de un actor que, como muchos otros, se vio estigmatizado y limitado por sus rasgos físicos y origen japonés. Ganas de trabajar y deshacerse del cartelito de ‘minoría’ no le faltaron, pero por aquel entonces, hablamos de los años 60 y 70, el cine y la televisión eran otra cosa, un universo mucho más rígido y cerrado de lo que, aparentemente, es en la actualidad.

La cadena de tragedias de Pat Morita arranca en su infancia. ¿Quién lo diría al ver esa sonrisa tan serena que nos regaló en Karate Kid? Pues sí, lo suyo no fue precisamente un camino de rosas. El hijo de unos granjeros inmigrantes establecidos en California en los años 30 fue diagnosticado con una tuberculosis espinal temprana cuando apenas tenía 2 añitos. Una condición que le impidió andar y mantuvo inmovilizado de pies a cabeza durante casi una década. “Estuve escayolado desde mis hombros hasta las rodillas”, aseguró el veterano actor según recoge la revista People. Los tratamientos fallaron durante mucho tiempo hasta que en 1942, cuando el niño ya tenía 10 años y gracias a una cirugía experimental, volvió a caminar.

Desafortunadamente, cuando pudo poner los pies en el suelo y disfrutar del sencillo placer de andar, le esperaba el segundo gran drama de su vida: su ingreso y el de su familia en un campo de concentración en Arizona construido para reclutar a japoneses americanos durante la Segunda Guerra Mundial. “Pasé de ser un niño discapacitado a un enemigo público”, expresó el actor de Happy Days a la agencia Associated Press años después.

Una vida que perfectamente hubiera dado para el guión de una película. A pesar de sus fuertes pinceladas dramáticas, Morita, al igual que su encantador personaje de Miyagi, jamás dejó de pelear ni pulir cera. Cuando por fin pudo disfrutar de la libertad absoluta ya era un hombre con ganas de comerse el mundo. Siempre hubo obstáculos en el camino pero ya dejaron de ser físicos. A este jovenzuelo adolescente de gestos picarones le picaba el gusanillo de la actuación y aunque lo del cine y la televisión tardaría unos años en llegar, él utilizó el restaurante en Sacramento de sus padres para dar sus primeros pasos artísticos. Entre platos y bebidas, el futuro actor gastaba bromas y hacía mini shows humorísticos que le hicieron adentrarse en el mundo de la comedia stand-up.

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Allí, en ese pequeño restaurante familiar, nacía el actor que años después daría mucho y muy bien de qué hablar. “Desarrolló su habilidad para la comedia con los clientes. Se sentía feliz arrancando una sonrisa en sus caras”, reveló a People su compañero en Happy days, Anson Williams, tras su fallecimiento. El tipo tenía chispa y poca vergüenza, dos ingredientes básicos para provocar las carcajadas de los demás. Su sentido del humor era tal que no dudaba en reírse de sí mismo y de sus propias raíces japonesas, esas por las que había recibido tantas zancadillas en su propio país, Estados Unidos. “Salía al escenario y decía: ‘Dios, estas luces están muy brillantes, hacen que tenga que achinar mis ojos’”, recordaba su tercera esposa Evelyn.

Y así, de un humilde negocio de inmigrantes pasó a contar sus chistes y ocurrencias bajo el seudónimo de Hip Nip en diferentes clubs nocturnos donde no le iba nada mal. Tal es así que a mediados de los revueltos años 60 llamó la atención de varios agentes del mundillo del espectáculo que le echaron el ojo para darle su primera oportunidad en la caja tonta. La televisión por fin llamó a su puerta y Morita entraba dispuesto a triunfar y demostrar lo que llevaba dentro. Lo hizo en programas de renombre como Rowan & Martin's Laugh-In, el famoso show de la NBC presentado por los prestigiosos comediantes Dan Rowan y Dick Martin. Ya tenía el pie dentro de la pantalla chica haciendo de reír a los televidentes, así que ahora era más fácil dar el siguiente paso: la actuación. La comedia, aunque la disfrutaba, no era lo que más le apasionaba, él quería ser un actor de carácter, de esos que dejan huella y hacen vibrar al público.

La llamada soñada por fin llegó. Su primera serie como Dios manda fue M*A*S*H, donde interpretaba a un capitán coreano. Así, Morita colgaba su uniforme de cómico para hacer lo que más amaba. Esta serie era el principio de algo grande. Una cosa llevó a la otra y poco después desembarcó en la exitosa sitcom Happy days, un proyecto que supuso su salto a la fama, los autógrafos y las alfombras rojas de Hollywood. Pero también el inicio de muchas luchas y batallas internas. Su papel de Arnold, el dueño de un restaurante bajo el mismo nombre, le catapultó al estrellato y le dio la llave para hacer lo que él quisiera. Tenía el prestigio, la creatividad y el dinero para aventurarse.

Sin pensárselo dos veces dejó todo lo que estaba haciendo y le reportaba fama y éxito y creó su propia serie, Mr T. and Tina, la cual también protagonizó con mucho esfuerzo y entrega. Cosas de la vida, no conectó con los televidentes y fue sacada de la parrilla del canal ABC apenas un mes después de su estreno. Un palo muy gordo para el actor que casi rozaba los 50. De esta manera lo recuerda su hija Aly Morita en un emotivo a la vez que desgarrador artículo que escribió sobre su progenitor. “Mi padre entró en una batalla personal, por las expectativas profesionales que tenía de sí mismo, y profesional, por la notoriedad que tenía por ser uno de los pocos actores asiáticoamericanos en tener éxito. Se retiró a Hawái, un lugar que ya conocía de sus años pobres, cuando las islas eran pura belleza”, relató la joven en esa carta de 2010 que recogió la revista Hyphen magazine

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Tenía 46 años, un periodo bastante oscuro en el que se dedicó a trabajos varios como hacer anuncios de coches, actuaciones en club nocturnos, o lo que fuera para poder pagar los recibos que seguían llegando. En medio de esta espiral de destrucción en la que el alcohol y otras substancias tenían un gran protagonismo, el actor, que se casó tres veces y tuvo tres hijos, estaba a punto de recibir uno de los mayores regalos profesionales de su vida: el personaje del sensei Nariyoshi Miyagi en Karate kid.

Decimos regalo porque ocurría poco después su cumpleaños número 50. Según su hija Aly, fue la llave al mayor éxito de su vida, pero a la vez su mayor maldición. “Papi se entregó en cuerpo y alma a este papel que sabía que no se repetiría. Esa primera película de Karate kid fue una experiencia igual de satisfactoria como dañina en el mundo del show business. Le dio el pase por la puerta grande como actor y lo catapultó en el mapa de las celebridades, pero también arruinó su seguridad y su propósito en la vida. Sería etiquetado para siempre”, reconocía con dolor su hija en este sincero escrito.

Muy poca gente sabe que esa barba que muestra en la película se la dejó crecer para conseguir el papel. Lo mismo pasó con su acento japonés del que nos enamoramos. Estaba fingido, lo creó él para dar fuerza a su personaje y hacerlo más creíble. Su acento era norteamericano pero a partir de ahora, ¿a quién le apetecía escuchar a Miyagi hablar de otra forma que no fuera como la del maestro? El papel, por el que se llevó una nominación tanto a los Globos de Oro como a los Óscar, se comió al actor. La década de los 80 y los 90 fueron doradas para Morita. Todo eran hoteles de cinco estrellas, regalos multimillonarios, limusinas, jets privados y mucho, mucho dinero. Pero como suele ocurrir en estos casos, ese mundo artificial tenía sus días contados y, de alguna manera, ese pequeño gran hombre de mirada fina y sonrisa pacífica lo sabía desde el momento en que vio a Karate kid y sus secuelas convertirse en el furor de una época.

Su hija fue la encargada de explicar el hundimiento personal y, de alguna manera, el duro final de su padre en esa carta personal. “Como muchos actores étnicos marcados por ese testimonio de su trabajo, él también acabó exactamente donde empezó: en lo más bajo”, escribió. A los 73 años, tal y como ella misma recoge en este demoledor artículo, Morita era una de las muchas estrellas olvidadas en el firmamento de Hollywood, ese mundo tan espectacular como cruel que ha dejado tantas vidas y desilusiones en el camino.

Su personaje más querido acabó con una carrera que el actor siempre supo tenía fecha de caducidad. El alcohol se convirtió en su mejor aliado y compañero de viaje hasta el final de sus días. Hizo todo lo que pudo por ganar esa lucha, pero en esta ocasión no fue posible llevarse la medalla de la sobriedad. Evelyn, su tercera esposa y cómplice en los últimos años, compartió con la revista People cuáles fueron sus últimas palabras la noche antes de su muerte. “Me dijo: ‘Evi, tienes que dejarme ir. Tengo que volver a casa ahora. Tengo que estar con Redd Foxx y todos esos tíos tan graciosos que están allá en el cielo”, le dijo refiriéndose a su amigo, el famoso humorista de orígenes indígenas. “Y añadió: ‘Lo he intentado, pero no puedo. Soy un adicto’”, concluyó.

La meca del cine, ese lugar dícese llamar Hollywood que cuelga su cartel en lo alto de una colina y donde supuestamente se cocinan tantos sueños, no supo darle el lugar que se merecía. Pero otros sí lo han hecho. Casi 35 años después del nacimiento de la afamada película, su éxito y su fama se repiten gracias a Cobra Kai, la serie que emula al inolvidable clásico del cine y que protagonizan dos de sus grandes enemigos en la cinta, Ralph Macchio (Daniel) y William Zabka (Johnny), el aprendiz y el bully que se enfrentan en la pelea final de la película de 1984. Lo que empezó como una webserie en Youtube Red hace dos años es ya todo un reclamo y ha saltado a Netflix en su tercera temporada con una acogida espectacular.

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Cuando uno observa lo sucedido, llega a la conclusión de que lo que es bueno, permanece y prevalece, independientemente del tiempo que pase y la época en la que estemos. Los de Cobra Kai se lo han montado muy bien al respetar ese tono cursi y romántico de los 80, manteniendo la esencia de sus personajes y a la vez añadiendo giros nuevos e inesperados a la historia gracias a la autoparodia. Y como no podía ser de otra manera, Miyagi y su recuerdo están más vivos y presentes que nunca en esta serie. Sus técnicas de enseñanza, sus guiños como maestro y hasta su patada de la grulla presiden esta historia adaptada a los tiempos modernos pero sin perder ni un ápice de su magia.

El veterano actor dejó un recuerdo imborrable no solo en el público, sino también en quienes trabajaron con él y le conocieron. Así lo dejó saber tras su muerte Macchio, su inocente pupilo en la película. "Fue un verdadero honor y privilegio haber trabajado con él y crear un poco de esa magia del cine juntos. Mi vida es más rica gracias a haberle conocido. Echaré mucho de menos su amistad genuina”, escribió el actor en un comunicado en 2005 tras el fallecimiento de su compañero a los 73 años de edad, a consecuencia de un fallo renal grave y complicaciones provocadas por su alcoholismo.

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Quizás Pat Morita no logró ese reconocimiento como actor que él hubiese esperado. Sin embargo, consiguió algo mucho más grande y significativo que cualquier estatuilla dorada o galardón prestigioso pueden aportar: el respeto, amor y aplauso de sus colegas de profesión y de un público que a día de hoy le recuerda casi, casi como si fuese uno más de la familia. Con su papel del maestro Miyagi no solo nos convenció de esa sencilla y a la vez complicada máxima de que ‘nunca hay que tirar la toalla’, también se ganó millones de corazones en todos los puntos cardinales del planeta tierra, a eso le llamo yo éxito.

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Imagen de More Than Miyagi: The Pat Morita Story (© Love Project Films LLC, fuente: Facebook/More.Than.Miyagi)

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