Julie Newmar, la primera Catwoman que trascendió de las páginas del cómic

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Photo credit: Bettmann
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Cuando a Julie le ofrecieron el papel de Catwoman en la serie de televisión Batman en 1966, no estaba muy por la labor de aceptarlo. No conocía al personaje, el show se grababa en California, ella vivía en Nueva York y debería trasladarse en apenas un fin de semana. Pero su hermano menor estaba de visita y alucinó cuando le contó la propuesta. Le contó que la serie era un auténtico fenómeno en el mundo universitario, que los estudiantes se saltaban las clases para verla, que era la encarnación del espíritu pop del momento y en fin, convenció a Julie para decir que sí. Aquella decisión le cambió la vida.

En aquel momento, Julie llevaba a sus espaldas muchos escenarios y unos cuantos platós. Hija de una bailarina de las Follies, la típica flapper de los años 20, había estudiado ballet e interpretación desde niña, debutando pronto en la industria. Había ganado incluso un Tony en el 59, y su bello rostro había aparecido en películas de éxito como haciendo de corista en Los caballeros las prefieren rubias o de una de las protagonistas en Siete novias para siete hermanos. Pero estaba lejos de tener fama o status de estrella. De hecho, era tan alta para su época que aprendió pronto a doblar las rodillas para que su partenaire masculino estuviese a su altura, y a aflautar su voz para suavizarla y hacerla, a oídos de la mayoría, menos intimidante.

Photo credit: Silver Screen Collection
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Entonces comenzó a aparecer en Batman, entre onomatopeyas de golpes. No era la primera villana de la serie, pero sí fue la que mayor impacto produjo. Con sus movimientos de bailarina, Julie emulaba a la perfección la naturaleza felina de la mujer gato, y supo imprimir en el personaje una sensualidad y erotismo que los guionistas aprovecharon creando una tensión sexual nada soterrada entre ella y Adam West, el protagonista. Muchos años después, Julie contaría que los hombres la paraban por la calle para felicitarla y confesarle que sus primeras masturbaciones habían sido con ella. Mayor fue el impacto que produjo en la comunidad gay. Ella, por su parte, disfrutaba del rol de villana ronroneante: “Era estupendo porque podías ser desagradable y mala, y en los años 60 a las mujeres no les estaba permitido. Era tan satisfactorio… no puedo decirte lo satisfactorio que era”.

Con el éxito, Julie vio la oportunidad de triunfar en el cine; la contrataron en la película El oro de Mackenna, por lo que el papel de Catwoman en la tercera temporada fue para la también muy carismática Eartha Kitt. El western fue un fracaso, y Julie regresó a los papeles menores en Broadway y los episódicos en series de televisión. Pero se lo tomó con filosofía, y probó nuevos e inesperados caminos. En los años 70 registró una patente en Estados Unidos por una creación propia: los pantys Nudemar que realzaban el culo en vez de aplanarlo por solo cuatro dólares la pieza. Y no se quedó solo ahí, sino que patentó también un sujetador para lucir la espalda sin que se viesen los tirantes.

En los 80, Julie aceptó trabajar en películas de calidad cuestionable para poder seguir criando a su hijo, nacido con síndrome de Down, pero cansada de los papeles inanes en guiones absurdos, se puso a estudiar en la universidad de California con el objetivo de administrar por sí misma un edificio que su padre había adquirido en los años 40. Se considera que revitalizó la zona de La Brea/Fairfax de Los Ángeles gracias a su talento para las inversiones inmobiliarias. El relativo olvido de Julie se acabó con el estreno de la Batman de Tim Burton en el 89. La batmanía a la que dio lugar rescató a todos los que habían tenido algo que ver con la serie televisiva de los 60, tan pop, y eso la incluyó a ella. A sus 60 años, Newmar desfiló para Thierry Mugler en París y protagonizó el videoclip Too Funky de George Michael, rodeada de supermodelos. En la película A Woong Foo, gracias por todo, Julie Newmar, un autógrafo suyo era el detonante de la trama que adaptaba Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, a Estados Unidos.

Photo credit: Tibrina Hobson
Photo credit: Tibrina Hobson

Hoy, con 88 años, Julie acepta papeles de su icónico personaje en series de animación, aparece con regularidad en convenciones de fans y aprovecha su fama para hacer activismo a favor de los derechos LGTBIQ+. A pesar del síndrome de Charcot–Marie–Tooth que padece, se mantiene activa gracias a su pasión por la jardinería (una rosa, un lirio y un tipo de orquídea han sido bautizadas con su nombre). En 2011 publicó un libro de consejos para la vida, también coescribió un cómic, Secret Lives of Julie Newmar, en el que se convierte en su propia superheroína viajando a través del tiempo, y mantiene una página web en la que escribe con cierta regularidad sus impresiones sobre el presente o anécdotas del pasado. Sus trucos de belleza a los 80 años están pasados por el filtro de la ironía y el buen humor. Al fin y al cabo, pese a su evidente belleza y atractivo físico, ella dijo en su día: “Dime que soy divertida, ese es el mayor cumplido del mundo”.

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