La reacción de la mente humana ante series como El juego del calamar

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“El Juego del Calamar” es una serie difícil de etiquetar, como la vida misma. Esa es una de las razones por la que ha captado la atención de millones de personas en todo el mundo. Pero hay mucho más. La propuesta violenta y descarnada que llega desde Corea del Sur para plantearnos dilemas éticos a cada paso toca fibras mucho más profundas de la mente humana.

Sangrienta y descarnada, la serie nos plantea dilemas éticos a cada paso tocando las fibras más profundas de la mente humana [Foto: AFP/NETFLIX/YOUNGKYU PARK]
Sangrienta y descarnada, la serie nos plantea dilemas éticos a cada paso tocando las fibras más profundas de la mente humana [Foto: AFP/NETFLIX/YOUNGKYU PARK]

La fórmula que ha atrapado a millones de espectadores

“El Juego del Calamar” refleja una obsesión de larga data de la cinematografía con las decisiones morales en situaciones de supervivencia extrema. En “Los juegos del hambre” y “El corredor del laberinto” los protagonistas también se enfrentan entre sí en campos de batalla. En la saga “El Cubo”, elevada a nivel de culto por su original trama surrealista, los personajes también deben tomar una serie de decisiones para sobrevivir a un rompecabezas mortal.

Sin embargo, la ficción surcoreana va más allá de todo lo que hemos visto porque convierte unos inocentes juegos de niños en el escenario de la violencia más atroz. Ver como asesinan a tiros a 200 personas no es agradable, pero su iconografía es novedosa e impactante. Atrapa nuestro cerebro como la miel a las moscas.

Nuestro cerebro está programado para prestar atención a lo nuevo. Y esta serie mezcla el terror más primigenio con el género pseudo distópico, salpimentándolo con elementos de reality show y concurso de supervivencia para dar vida a un formato fresco y oscuro a la vez.

De hecho, “El Juego del Calamar” explota al máximo la disonancia cognitiva para captar nuestra atención. Utilizar la inocencia y la vulnerabilidad propias de la infancia para desencadenar el terror genera una paradoja enorme en el espectador que amplifica tanto el horror como la sensación de impotencia. Esas sensaciones nos mantienen pegados a la pantalla, alimentando la curiosidad.

El terror como válvula para liberar tensiones

“Una buena historia de terror es aquella que funciona a un nivel simbólico, utilizando eventos ficticios y a veces sobrenaturales para ayudarnos a comprender nuestros propios miedos reales más profundos” – Stephen King [Foto: AFP/NETFLIX/YOUNGKYU PARK]
Una buena historia de terror es aquella que funciona a un nivel simbólico, utilizando eventos ficticios y a veces sobrenaturales para ayudarnos a comprender nuestros propios miedos reales más profundos” – Stephen King [Foto: AFP/NETFLIX/YOUNGKYU PARK]

El cine de terror atrae a un gran número de personas. No es que seamos sádicos, sino que este tipo de contenidos puede ayudarnos a lidiar con nuestros propios miedos. Freud, por ejemplo, sugirió que el horror nos atrae porque nos permite canalizar los sentimientos reprimidos por el ego.

Jung, en cambio, creía que el atractivo del horror radica en su capacidad para conectarse con las imágenes primordiales del inconsciente colectivo. De hecho, no podemos olvidar que en la historia de la humanidad el terror siempre ha estado presente. Basta recordar a las multitudes disfrutando de los espectáculos sangrientos que se realizaban en los coliseos romanos o a pueblos enteros acudiendo a la quema de brujas y herejes.

La cinematografía de terror puede ayudarnos a gestionar la ansiedad y el miedo que experimentamos en la vida real, como el que sufrimos durante las grandes olas de la pandemia. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Chicago constató que los fans del cine de terror lidiaron mejor con la pandemia y presentaron menos angustia psicológica.

Estos psicólogos explican que “estas experiencias pueden actuar como simulaciones de experiencias reales a partir de las cuales los individuos pueden recopilar información y modelar mundos posibles. La simulación es útil porque puede reducir sustancialmente el costo de explorar, experimentar y aprender sobre algún fenómeno, particularmente si es peligroso”.

En práctica, nos sentimos más seguros porque estamos preparados emocionalmente para afrontar diferentes escenarios adversos. Por tanto, las películas y series de terror pueden ayudarnos a superar nuestros miedos más atávicos, proporcionándonos la sensación de que podemos derrotarlos.

Sin embargo, “El Juego del Calamar” va más allá del simple miedo. La serie es una auténtica avalancha sensorial y emocional que genera desde anticipación y terror hasta ansiedad, disgusto, asco, pena y empatía. Permite que el espectador se suba a una montaña rusa emocional que lo arranca de su sofá para transportarlo directamente a la isla donde los participantes compiten a muerte entre sí.

¿Qué hubiéramos hecho en su lugar?

Escena de la serie
Escena de la serie "El Juego del Calamar" [Foto: Prensa Netflix]

 

“El Juego del Calamar” sigue a Seong Gi-hun y otras 455 personas endeudadas que participan en seis juegos infantiles para ganar 45.600 millones de wones (más de 33 millones de euros). Si pierden, mueren. Mientras ellos juegan, un grupo de millonarios convierte la desesperación y la muerte en un placer voyeurista.

Repartido entre los participantes, el premio probablemente habría resuelto los problemas de cada uno, pero el juego solo prevé un ganador. Una persona se queda con todo y las otras lo pierden todo, incluso su vida.

La trama es una clara crítica al capitalismo como gestor de sociedades desiguales en las que cada vez más personas se sienten atrapadas, sin escapatoria posible ni redes de apoyo a las cuales recurrir. Esa realidad, que se ha recrudecido aún más debido a la pandemia, ha hecho resonancia en muchas personas, que pueden identificarse no solo con las necesidades materiales de sus personajes sino también con sus conflictos existenciales, intentos fallidos, prioridades y estados de ánimo.

De hecho, aunque resulta una ficción dura de ver, es aún más duro saber que miles de personas parecen dispuestas a participar realmente en ese tipo de juegos mortales. La serie capta a la perfección la sensación de impotencia y desconfianza que se ha extendido en un mundo que todavía está luchando por sobrevivir a la pandemia. Esos adultos jugando como niños no tienen control sobre sus vidas, son personas que se sienten vulnerables, ansiosas y desesperadas; sensaciones con las que podemos empatizar fácilmente.

A pesar de que existen algunos villanos evidentes desde el inicio, la mayoría de los participantes son personas normales e imperfectas que intentan sobrevivir como pueden en un mundo que les ha dado la espalda. Se ven obligadas a establecer alianzas pragmáticas y tomar decisiones difíciles que fuerzan sus límites morales más allá de lo imaginable porque están convencidas de que no hay vuelta atrás o no quieren renunciar al sueño de ganar el premio, que es la única ilusión y esperanza que les queda en la vida.

A medida que la serie avanza, los dilemas morales que enfrentan los personajes se vuelven más complejos, obligándonos a mirar dentro para preguntarnos cómo reaccionaríamos en circunstancias similares. ¿Seríamos capaces de aprovecharnos de un anciano para salvarnos? ¿Engañaríamos a una persona que ha confiado en nosotros? ¿Estaríamos dispuestos a sacrificarnos o nos salvaríamos a cualquier costo? ¿Podríamos vivir con esas decisiones en nuestra conciencia? ¿Realmente vale la pena?

Antes de respondernos, debemos considerar que tenemos la tendencia a sobreestimar nuestras decisiones morales y subestimar la influencia del grupo y el cumplimiento de las normas. Nadie quiere creer que será esa persona que engañará a un anciano para ganar o que condenará a muerte a un amigo. 

Dicho esto, “El Juego del Calamar” representa un desafío también para el espectador. Crea una especie de matrioshka en la que los VIP observan las miserias de los participantes mientras nosotros los observamos a ellos desde la comodidad de nuestro sofá. Nos implica en la trama. Nos obliga a cuestionarnos. Las respuestas que encontremos pueden ser reveladoras y aterradoras a partes iguales. Ese es el auténtico valor de la serie y la razón última por la que se enraizará en el imaginario popular.

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