Judy Garland, la gran víctima de las presiones de Hollywood

A la vista del mundo, Judy Garland parecía tenerlo todo: fama, éxito, un talento indiscutible y una voz inolvidable. Pero internamente había una mujer que luchó toda su vida contra ella misma, reinventándose una y otra vez, buscando la aprobación y el amor constante, mientras sufría de depresión, inseguridades, soledad y altibajos continuos provocados por su adicción a los barbitúricos. Una adicción que minó su carrera y se saldó con su vida a los 47 años.

Judy Garland murió sola en el baño de su casa alquilada en Londres, un 22 de junio de 1969. Hace 50 años. La encontró su quinto marido, Mickey Deans, a tres meses de contraer matrimonio.

Autor: RPE; Fuente: Gtres

Frances Ethel Gumm, como se llamó de nacimiento, fue una de las artistas más versátiles de la historia de Hollywood. Sin embargo, para entender su final hay que remontarse a sus inicios.

Comenzó su carrera con apenas dos años y medio junto a sus hermanas mayores, Susie y Jmmie, con un trío de vodevil llamado “Las hermanas Gumm”. Con tan solo 13 años ya tenía su propio contrato con la Metro Goldwyn-Mayer, a los 18 conseguía un Oscar por su actuación en El mago de Oz, y a los 20 ya contaba con 15 películas a sus espaldas. Entonces, si su carrera avanzaba a pasos tan agigantados, ¿cómo terminó en la bancarrota, sin hogar y controlada por una adicción?

Porque según la información que circula sobre su vida, esa adicción fue fruto de la presión de su madre y de la misma industria. Ethel Gumm era una ex artista del vodevil que llevó a sus hijas por el camino del showbusiness. Según cuenta el biógrafo Gerald Clarke en el capítulo de E! True Hollywood Story sobre la actriz -el mismo que escribió ‘Get Happy’ sobre ella- Ethel les daba anfetaminas a sus hijas por la mañana para mantenerlas despiertas y activas, mientras que por las noches les daba pastillas para dormir para calmar los efectos de la primera. Garland comenzó esta rutina diaria de medicamentos cuando tenía 10 años.

En 1967, dos años antes de morir, Judy Garland confesó en una entrevista a Barbara Walters que su madre fue “malvada” y que estaba “celosa porque no tenía talento”, llegando a amenazarla con “atarla a la cama y azotarla” si no salía al escenario cada noche.

Gene Kelly y Judy Garland en El Pirata (Agencia / Origen : RadialRP; Autor / Fotografo : RPE; Copyrigth : Gtres)

La rutina médica impuesta por su madre ya sería un tormento para una niña tan pequeña, pero cuando Judy entró al star-system de Hollywood, la imposición aumentó. Durante años sufrió la presión de los estudios por mantenerse delgada, compitiendo por papeles con bellezas de la época como Elizabeth Taylor. Sus inseguridades se asentaron en ella desde un principio, sintiéndose el patito feo de Hollywood y pasando hambre en muchos rodajes al alimentarse con sopas de pollo, café o platos de lechuga solamente.

Incluso cuando fue seleccionada para el papel de Dorothy en El mago de Oz, sufrió criticismo constante por su peso por parte de los ejecutivos. Según los rumores, la llamaban “el cerdo de las coletas”. Esa presión, sus inseguridades y las largas jornadas laborales, la llevaron a consumir más y más pastillas, consiguiendo bajar de peso y mantener una rutina activa de trabajo. Con todo ello, El mago de Oz se convirtió en el gran logro cinematográfico de su carrera por entonces, catapultándola al estrellato internacional, pero dejándola con una dependencia a las drogas que afectaron su vida, salud y carrera para siempre.

"La mayor parte de su vida adolescente y adulta, había estado con Benzedrine o con una dieta o ambas", escribió su tercer marido, Sid Luft, en su biografía Judy and I: My Life With Judy Garland. "A diferencia de otras actrices, no pudo camuflar con éxito el peso extra, especialmente porque bailaba y cantaba con disfraces reveladores. Con solo un metro y medio de altura, podía tener bajo peso y aún así parecer desproporcionada en la pantalla".

Si bien su amigo Mickey Rooney desmintió que el estudio les diera anfetaminas y barbitúricos siendo niños, otras estrellas de la época como Debbie Reynolds han hablado abiertamente del acceso que tenían a este tipo de pastillas siendo estrellas infantiles. Las llamaban “vitaminas” y eran prescritas por los doctores de los estudios. En su biografía, Reynolds admitió que salvó su vida al seguir los consejos de su propio médico y descansar en cama tras el agotamiento que sufrió por los largos ensayos de Cantando bajo la lluvia, en lugar de aceptar las “vitaminas” que le recomendó el jefe del estudio, Arthur Freed, para que volviera al trabajo enseguida.

Pero en el caso de Judy Garland, el consumo de anfetaminas y barbitúricos desde su niñez le cobraron factura. Sufrió de adicción toda su vida, viviendo altibajos que la convirtieron en una estrella poco fiable para los estudios, apareciendo y desapareciendo de los sets a su antojo y con crisis nerviosas inesperadas.

Judy con su hija Liza Minelli (Autor: RPE; fuente: Gtres)

Mientras triunfaba con una película tras otra, por dentro se cocía una crisis nerviosa que explotó en 1947. Fue despedida de varias producciones por sus tardanzas y comportamiento extremo, e intentó suicidarse en dos ocasiones. En una de ellas se cortó el cuello y fue encontrada en el baño por su tercer marido Sid Luft. Sin embargo, según un obituario de Los Angeles Times, Luft dijo que Garland intentó suicidarse al menos en 20 ocasiones a lo largo de sus 13 años de matrimonio.

Entre entradas y salidas de rehabilitación, la necesidad constante de pastillas y la urgencia de seguir generando dinero, Judy Garland nunca descansó. Tuvo más comebacks que ninguna otra estrella. Cada uno de sus “regresos” al cine, al teatro, el musical, la televisión o la radio la inundaban de premios o aplausos, pero siempre terminaba en el mismo lugar: en un espiral hacia el abismo.

Estuvo nominada al Oscar en dos ocasiones, por Ha nacido una estrella en 1955 y como actriz de reparto por Vencedores o vencidos (Juicio en Nuremberg) en 1962. Pero no los ganó. Tras esa última película, solo hizo dos más refugiándose entonces en la música y el teatro. Tras el divorcio de su cuarto marido, dejó sus finanzas en manos de sus nuevos agentes Freddie Fields y David Begelman. Pero después de varios años, en 1966, separaron sus caminos dejándola en la bancarrota y con una deuda de medio millón de dólares de impuestos. Tuvo que vender su casa y aceptar giras y obras musicales para mantener su estilo de vida y saldar sus deudas.

Según cuentan sus amigos en el episodio de E! True Hollywood Story emitido en 2001, pasó parte de sus últimos años sin techo propio, afirmando que sin la hospitalidad de muchos de ellos, habría sido una indigente.

A pesar de llevar toda su vida en la industria, su fortuna apenas alcanzaba los $40.000 al morir. Cuenta la historia que ante la falta de dinero para celebrar el funeral, Frank Sinatra se hizo cargo de todos los gastos y que su hija Liza Minnelli trabajó duro para saldar las deudas pendientes.¿Fue entonces una víctima de su madre y de las presiones de Hollywood o un adulto que pudo haber cambiado el rumbo de su vida a tiempo? Solo ella lo sabría. O quizás nunca tuvo las respuestas.

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