Jonathan Brandis y la tragedia de un ídolo adolescente: cuando el rechazo de Hollywood se convierte en calvario

Valeria Martínez
·8 min de lectura

Nunca vivimos una época en que la presión que ejerce Hollywood sobre sus estrellas quedara tan expuesta como ahora. Después de que el movimiento #MeToo ventilara los trapos sucios más aborrecibles de la industria, de repente se abrió la veda para finalmente contarlo todo. Absolutamente todo. Y muchas de las voces que guardaban silencio han encontrado el camino para soltar los traumas del pasado a través del género documental. Britney Spears, Tina Turner, Demi Lovato o Dyllan Farrow son algunas de las figuras relacionadas con la industria que recientemente han empoderado su verdad gracias a exponer la misoginia, abusos y, sobre todo, la presión de una industria que vive de una perfección ilusoria (aunque en el caso de Britney Spears no fue precisamente por elección propia).

Si existe un denominador común entre estas historias, más allá de pertenecer al mundo del entretenimiento, es que compartieron la necesidad de mantener silencio para seguir adelante ante una industria que, hasta hace poco, no estaba preparada para escucharlas. No como ahora. Y fue mientras pensaba en la terrible presión que cargaron cada una de ellas que me topé con el estreno de Kid 90, un documental que repasa la adolescencia de varias estrellas juveniles de la década a través de los relatos, imágenes, audios y recuerdos de la protagonista de Punky Brewster (1984-1988). Y entre fiestas, risas, drogas y alcohol, surge una verdad arrolladora. La del otro tipo de presión que convive en Hollywood entre las estrellas infantiles: aquella que ejerce el olvido cuando se tuvo éxito siendo un niño.

Y allí aparece una historia en particular que resulta devastadora: la de Jonathan Brandis, un actor que pasó de ser un fenómeno teen a ejemplo trágico de un adulto que no supo lidiar con el rechazo repentino de esa misma industria.

Jonathan Brandis (Photo by Vinnie Zuffante/Getty Images)
Jonathan Brandis (Photo by Vinnie Zuffante/Getty Images)

Soleil Moon Frye dirige y protagoniza este documental estrenado en la plataforma de Hulu en EE.UU, donde abre su propio baúl de los recuerdos exponiendo vídeos y audios caseros de su adolescencia en Hollywood. Y es que la actriz filmaba cada momento de su vida, desde fiestas a confesiones propias y de sus amigos, guardaba los audios de su contestador automático y mantenía diarios constantes de sus historias. Básicamente, Soleil es una hemeroteca de la adolescencia entre jóvenes famosos de los 90s. Y por el documental pasan David Arquette, Stephen Dorff, Leonardo DiCaprio, Brian Austin Green y una veintena más de personajes de la época.

La actriz y ahora directora abre su propia caja de Pandora y desvela una adolescencia escondida tras un halo oscuro. Habla de la presión que sintió al llegar a la pubertad al ser conocida por su papel infantil (protagonizó Punky Brewster entre los 8 y 12 años), mientras los castings la rechazaban por culpa del desarrollo natural de su físico. Una presión que la llevó a someterse a una reducción de pecho ante las bromas, el acoso y la vergüenza que sentía con tan solo 16 años. Muestra la realidad del alcohol, drogas y abuso sexual que le rodeaba, mientras sus amigos hablan de la oscura etapa vivida por culpa de los excesos y la pérdida de algunos de ellos que optaron por el suicidio. Fueron tantos los amigos que Soleil perdió por entonces a través de sobredosis, accidentes y suicidio, que al llegar a los 18 decidió marcharse de Hollywood.

Y uno de ellos fue Jonathan Brandis, un rostro muy conocido en los 90s que en el documental vemos como una figura triste y apesadumbrada. Incluso las grabaciones del contestador automático de Soleil nos permiten escuchar a un joven que la llamaba buscando compañía y que repetía constantemente cuánto la quería. Es ahora, a sus 44 años, que la actriz asegura darse cuenta que entre aquellas imágenes de archivo encontró muchos amigos pidiendo ayuda solo que ella, siendo adolescente, no se dio cuenta. Amigos que terminaron suicidándose, como Andrew Dorff, Rodney Harvey y el mencionado Jonathan Brandis.

Al ver a Brandis en el documental enseguida recordé su rostro como parte de mi niñez y adolescencia audiovisual, tanto por sus apariciones televisivas como por La historia interminable 2 (1990), y tuve la necesidad de buscar su historia. Y lo que encontré fue otro ejemplo trágico de las consecuencias negativas que pueden existir en el rechazo y la fama esfumada de repente.

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Jonathan nació el 13 de abril de 1976 en Connecticut, iniciando su carrera como modelo con tan solo 2 años. Consiguió su primer trabajo como actor en una telenovela a los 6; a los 9 toda su familia se mudaba a Los Angeles y poco después se convertía en uno de los rostros más habituales de la televisión estadounidense. A lo largo de su apogeo artístico pasó por sitcoms emblemáticas como Alien Nation, ¿Quién es el jefe?, Blossom, La ley de Los Angeles, Padres forzosos, Aquellos maravillosos años, Se ha escrito un crimen y Kate & Allie.

A los 14 protagonizó la secuela de La historia interminable dando vida al nuevo Bastian Bux, y poco después dejaba huella en el género de terror como el joven Bill en la legendaria miniserie de IT de Stephen King (la de Tim Curry como el payaso diabólico). Y con 17 lo escogían para interpretar al genio adolescente Lucas Wolenczak en la serie seaQuest DSV: Los vigilantes del fondo del mar, producida nada menos que por Steven Spielberg. Con semejante currículo y con más de diez años de profesión cualquiera pensaría que su futuro estaría más que asegurado en la industria. Y es que su estrellato era real. Recibía 4.000 cartas de fans a la semana y tenía tres guardaespaldas que lo ayudaban a entrar y salir de los estudios Universal ante la cantidad de fans esperándolo cada vez que tenía que ir a grabar la serie. Pero al llegar a los 20 y con seaQuest DSV cancelada después de tres temporadas, de repente, se quedó en el paro. Las ofertas cesaron y los castings dejaron de llamarlo.

De todos modos, él intentó mantenerse como actor aunque fuera en proyectos menores. Se tiñó el cabello de negro para interpretar a un adicto, se dejó crecer la barba para un western y hasta cambió de registro para dar vida a un asesino. Pero de nada sirvió. El tiempo pasó, siguió haciendo castings como el de Anakin Skywalker en la precuela de Star Wars de George Lucas (que fue para Hayden Christensen) y tras dos años sin trabajo finalmente Hollywood tocó a su puerta dándole un papel destacado en la película bélica La guerra de Hart (2002) junto a Bruce Willis y Colin Farrell.

Sin embargo, la sorpresa fue mayor cuando vio que su participación había quedado reducida a menos de dos minutos en pantalla. Es decir, en la sala de montaje se cargaron casi por completo a su personaje.

El golpe de realidad fue abrumador y el 11 de noviembre de 2003 lo encontraron colgado en el pasillo de su apartamento, y aunque intentaron reanimarlo, murió el día siguiente. Tenía 27 años.

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Brandis no dejó una nota de suicidio pero muchos de sus amigos aseguraron que sufría depresión por culpa del declive de su carrera, mientras daban a entender que la decepción vivida con La guerra de Hart habría influenciado. Al parecer, Jonathan tenía esperanzas en que aquella película revirara su carrera y al ver que su sueño se hacía añicos, comenzó a beber alcohol “severamente”. Sus amigos dijeron que les había advertido que pensaba quitarse la vida pero, por entonces, no lo tomaron en serio (People).

En Kid 90, Soleil desvela los audios donde se puede escuchar a Jonathan profesando su cariño hacia ella y, en cierto modo, buscando su compañía. Incluso cuenta que se habían prometido casarse en un futuro si, siendo adultos, no encontraban pareja. Y es entonces cuando la actriz reconoce que su amigo “debería estar pasando por mucho dolor” pero ella, siendo tan joven, no se dio cuenta.

Jonathan Brandis no fue un actor infantil simplemente influenciado por sus padres o la industria. Él quería verdaderamente triunfar en el cine. Solía competir con Leonardo DiCaprio en los mismos castings y en varias entrevistas habló de sus anhelos creativos. Pocos saben que llegó a tomar clases de escritura de guiones, que escribió uno de los capítulos de seaQuest DSV con 19 años o que dirigió un cortometraje. Su gran sueño era labrarse una carrera como actor haciendo proyectos interesantes para poco a poco hacer una transición natural hacia la dirección.

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El haber experimentado la fama como actor durante toda su infancia y adolescencia, para de repente verse desterrado al llegar a la adultez, habría sido muy duro para él. De niño le llovían las ofertas, hizo más de 85 comerciales y de adolescente vivió el furor teen constante ilustrando un buen puñado de portadas de revistas. Sin embargo, el desenlace que eligió para su vida demuestra el impacto emocional que esconde el descenso del éxito, sobre todo en la mente de aquel que creció con ella siendo un niño. Pero también sirve de reflexión a la hora de analizar la responsabilidad de Hollywood cuando se trata de proteger a esas estrellas infantiles que eleva al firmamento. Si bien en la actualidad parece que la industria ha aprendido la lección y existen normas para proteger a las pequeñas estrellas modernas, son muchas las historias que podemos encontrar de jóvenes intérpretes que tras disfrutar del éxito repentino se dieron de bruces con el bullying, el acoso o la presión de ser empleados de una industria adulta. Drew Barrymore, Mara Wilson (Matilda) o Rivkah Reyes (Escuela de Rock) son algunas de ellas.

Antes de morir, Jonathan rodó una última película, Puerto Vallarta Squeeze, y lo más triste es que no llegó a saber lo que sus compañeros opinaron de él por entonces. El legendario Harvey Keitel se quedó tan impresionado con su trabajo que durante el montaje del filme le dijo al productor, Robert Katz, “este chico va a tener una gran carrera”. Sin embargo, Jonathan se quitó la vida poco tiempo después. Seguramente sin saberlo.

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