‘Joker’ es tan buena como te esperabas

Por Mireia Mullor
Photo credit: Warner Bros.

From Esquire

“¿Soy yo o el mundo se está volviendo loco?”, se pregunta Joaquin Phoenix en la primera escena de Joker, y su preocupación (que probablemente compartimos) marca el tono de una película indisociable de la locura. La suya y la del sistema de Gotham. Una película que se erige en la era dorada de los superhéroes cinematográficos como una rara avis, un retrato intimista de un supervillano que todavía no había tenido un origins en la gran pantalla. Pero Todd Phillips (director de la trilogía de Resacón en Las Vegas) huye del canon para sacar su vena más scorsesiana, mezcla de viaje al centro de los traumas y crónica del malestar ciudadano y la lucha de clases, que sin duda se va a convertir en uno de los grandes estrenos del año.

Arthur Fleck (Phoenix) es un aspirante a monologuista que cuida de su madre y se gana la vida actuando como payaso. Desde pequeño se ha convencido de que su misión en este mundo es hacer reír a los demás tanto como lo hace él de forma incontrolada e histérica a causa de una severa incontinencia afectiva (no es un juego de palabras: es una enfermedad real). El director toma como referencia clara al Martin Scorsese de los años 70 y 80, y su brillante estudio de personajes. El protagonista forma una pistola con su mano y finge que se vuela la cabeza como lo hizo Robert De Niro en Taxi Driver, y, a su vez, De Niro cambia de bando interpretando a un exitoso presentador televisivo, que en El rey de la comedia fue su compañero Jerry Lewis. Los reflejos se multiplican en Joker, que se desmarca de buena parte del cine de superhéroes que llega a nuestras salas y juega en la liga de películas como Logan, que mezcló a los superhéroes con el western. Esas que buscan explorar los claroscuros de personajes que creemos conocer a la perfección, pero de los que todavía podemos aprender cosas nuevas y emocionantes. O, incluso, borrar todo lo que sabíamos para darles una nueva vida. Lo cierto es que nadie se había atrevido a crear unos orígenes de Joker, al que siempre hemos visto como el contrincante de Batman y cuyo pasado nunca ha quedado del todo claro, ni siquiera en los cómics. Desde luego, el personaje nunca ha sido un narrador muy fiable.

Photo credit: Warner Bros

Precisamente, a eso juega constantemente Phillips en esta película: a difuminar las fronteras entre lo que es real y lo que no, entre lo que habita en la mente del demente y lo que de verdad está ocurriendo a su alrededor. Las fantasías, los anhelos y las expectativas se utilizan como filtros a través de los cuales se depura la historia que llega a nuestros ojos, y que no puede despegarse de la presencia enfermiza de su objeto de estudio. Adoptando los gestos del protagonista de El hombre que ríe (1928) de Paul Leni y bebiendo de la locura por la que Heath Ledger ganó un Oscar póstumo por El caballero oscuro (2008), Phoenix se deja llevar entre risas y bailoteos por el trance que supone interpretar a un personaje tan icónico. Su cuerpo se mueve como el de un clown clásico (quizás por eso, en cierto momento, sonreirá al ver a Charles Chaplin) y todos los movimientos de su escuálido cuerpo (el actor perdió casi 20 kilos para el papel) son terriblemente hipnóticos. Especialmente al ritmo de That’s life de Frank Sinatra.

Por mucho que viva en su propio mundo de una forma muy intimista e infectada de subjetividad, Joker llega con una carga política muy fuerte, cimentada sobre brecha entre clases, la injusticia social y el eco a movimientos como Occupy Wall Street. La rabia obrera convertida aquí en violencia callejera encuentra en una cara de payaso (de la misma forma que se ha encontrado últimamente en caretas de Dalí con La casa de papel o con las de Guy Fawkes en V de Vendetta) el símbolo de una revolución incómoda, que moviliza a las bases contra los poderosos, contra la misma sociedad enferma que ha creado a su nuevo adalid de la justicia social. No hay demasiados detalles en los conflictos que Philips coloca como escenario de los orígenes del villano, no parece interesado en los pormenores del malestar social de Gotham, pero si algo nos queda claro es la tensión entre las clases altas ejecutivas (las que representa la familia de los Wayne, por ejemplo) y los que viven en barrios pobres y viven los recortes de un capitalismo cada vez más salvaje. Y eso nos da para una reflexión que no solo tiene que ver con lo que ocurre dentro de esta película.

Decían Karl Marx y Friedrich Engels en su célebre Manifiesto comunista que “la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante”. Vaya, que quien tiene el control económico, político y social de un lugar puede imponer, bien de forma dictatorial o bajo el control de las masas, su visión del mundo y el mantenimiento del statu quo. Esta lógica domina las historias de superhéroes, donde en muchas ocasiones “los buenos” pertenecen a clases pudientes (Black Panther es rey de Wakanda, Thor, Aquaman y Superman -aunque se crió en una granja en la Tierra- forman parte de la aristocracia de sus respectivos territorios, Iron Man y Batman son multimillonarios…), cuyos recursos ilimitados es lo que les ha permitido convertirse en lo que son, mientras personajes como Vulture (Michael Keaton en Spider-Man: Homecoming) nacen de los males del proletariado. A veces la dinámica se invierte (por ejemplo, los héroes neoyorquinos, desde Daredevil hasta Luke Cage, batallan desde las clases obreras contra poderosos como Wilson Fisk) y el capitalismo se convierte en el enemigo (por ejemplo, en la reciente The Boys), pero, tanto por el contexto de sus personajes como por el de sus adaptaciones cinematográficas (construidas desde el imperio de Walt Disney Pictures), parece evidente que las “ideas de dominación” en el mundo de los superhéroes llegan desde arriba hacia abajo.

Photo credit: Warner Bros.

Joker es uno de esos casos en los que la mirada viene desde las clases oprimidas, y de sus miserias, como sabemos, nacerá un villano aterrador al que -ojo- no le interesa la justicia social, sino el caos. Y su retrato de ese proceso es tan interesante como, por momentos, problématico. La suya es una historia de traumas familiares, problemas mentales y deseo desesperado de ser admirado; no es un líder obrero, sino la chispa que puede desatar el fin de Gotham. Como reza la famosa frase del Alfred de Michael Caine: “Hay personas que solo quieren ver arder el mundo”. Quizás este no sea el revolucionario que la gente tanto necesita en un momento de recortes sociales y endurecimiento de los techos de cristal, pero, en un panorama de superhéroes mayoritariamente adinerados (especialmente en este contexto, Bruce Wayne), cualquier símbolo disruptivo representa un rayo de esperanza. Sin embargo, no es tan seguro que su liderazgo esconda un revés ideológico que, como muchos ya están comentando, puede tener un reverso tóxico en el público más conservador. En palabras de Bob Pop: “Elegimos bien las causas, pero elegimos mal los representantes”.

Como vemos, lecturas diferentes, políticas o fanáticas, no le faltarán cuando se estrene el próximo 4 de octubre. Habrá polémica, pero también aplausos. Y es que el Joker de Phoenix brilla como pocos supervillanos los han hecho en la gran pantalla. Su película en solitario está llena de fantasmas, alucinaciones y melancolía. También rabia y frustración. Y muchos bailes a cámara lenta. Es un triunfo que no dejará indiferente a nadie.

Poned una sonrisa en esas caras. La revolución de los payasos ya está aquí.