El gran amor que inspiró a Joaquín Sabina para crear 19 días y 500 noches

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Dicen que es todo un caballero, que ha amado sin medida y que muchas de las leyendas sobre su fama de mujeriego son verdad. Joaquín Sabina ha recibido esta semana en Las Vegas el premio Grammy Latino a la Excelencia Musical por su larga trayectoria musical, una trayectoria que a sus 72 años aún no ha terminado y cuyos fans esperan con ansia su vuelta a los escenarios. Sus canciones hablan de todo: de la vida, de las pérdidas, de las juergas y del amor y el desamor que han rodeado la existencia del de Úbeda. Uno de sus temas más conocidos es 19 días y 500 noches y muchos se preguntan quién inspiró al artista para componer ese himno al desengaño que miles de veces hemos cantado y bailado.

Sabina y Cristina en una foto que se pudo ver en el documental sobre el cantante.
Sabina y Cristina en una foto que se pudo ver en el documental sobre el cantante.

"Lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks. En vez de fingir o estrellarme una copa de celos, le dio por reír. De pronto me vi, como un perro de nadie ladrando a las puertas del cielo. Me dejó un neceser con agravios, la miel en los labios y escarcha en el pelo". Así comienza 19 días y 500 noches a narrar cómo una mujer dejó al 'flaco' más solo que la una y con el corazón roto sin darle ninguna explicación. Esa mujer tiene nombre. Se trata de Cristina Zubillaga, una espectacular modelo mallorquina que llegó a Madrid en los movidos años 80 para labrarse una carrera en la industria fashion. Por aquellos años, los de la Movida Madrileña en la que el mundo del arte se hizo más visible que nunca tras la dictadura franquista, Joaquín había vuelto de su exilio en Reino Unido y estaba instalado en Madrid, la ciudad en la que hoy sigue viviendo y que ha hecho suya también en algunos de sus célebres temas. 

Aunque el cantante vivía a finales de la década de los 80 con Isabel Oliart, madre de sus hijas Carmela y Rocío, la libertad que se manifestaba en cada rincón de la capital en esos momentos hizo que Sabina empezara a sentirse como pez en el agua en la música y en el mundo de la noche. En una de esas madrugadas eternas que él tan bien ha descrito en sus letras y poemas y que podían durar varios días, conoció a Cristina. Su belleza le dejó sin palabras y su personalidad arrolladora le sobrepasó desde el primer momento. En el documental Pongamos que hablo de Sabina, de Atresplayer, la ex modelo habló por primera vez y confesó que aunque era modelo en aquella época, "éramos un grupo de amigas modelos que no nos cuidábamos mucho, trasnochábamos mucho… y teníamos un grupo de amiguitos intelectuales, gente del cine...". 

Cristina Zubillaga durante el documental Pongamos que hablo de Joaquín.
Cristina Zubillaga durante el documental Pongamos que hablo de Joaquín.

Cayó rendido a sus pies

Ese flechazo entre copas y risas fue a más durante la noche y terminaron tomándose algo a solas. "Yo era un poco loquita de noche, me perdía de mis amigas y en una de esas aparecí sola en Amnesia -un after muy famoso en esos años en la capital-. Vi a Joaquín y se acercó porque yo creo que le acosé un poco mirándole y me dijo: "¿Quieres tomar una copa?". Le dije que sí y así siguió todo", contaba la mallorquina. Su relación siguió adelante aunque él, según el propio Sabina reveló después, continuaba viviendo con la madre de sus niñas. "Yo me iba diez días de casa y no decía dónde, aunque Isabel lo sabía muy bien, yo me iba con Cristina. El caso es que cuando yo volvía, no tenía ni una mala palabra ni un mal modo conmigo", confesaba.

Su romance parecía solo un amor furtivo, una relación más en esas noches locas de las que tanto se ha escrito y Cristina pensó que quedaría en eso conociendo la fama de mujeriego del intérprete de Princesa. Pero un día, Sabina dio la campanada. Agarró el teléfono y llamó a la modelo para decirle que lo suyo iba más allá y que quería que tuvieran una relación más 'seria'. Viajaron juntos a Cuba, donde incluso se reunieron una noche con el fallecido Fidel Castro que hizo algún comentario sobre la belleza de Cristina. 

Pero el desenfreno y ese vivir la vida al máximo que siempre Joaquín ha llevado por bandera, hicieron mella en su relación. Según relataba la mallorquina en el citado documental, la casa del centro de Madrid del cantante siempre estaba llena de gente, nunca sabía cuándo sería la próxima fiesta y era una juerga continua. "Yo quería matarlo porque la casa estaba siempre llena. Me levantaba y, de repente, me encontraba con gente que no conocía. Menos mal que siempre he sido muy presumida e iba muy arregladita”, contaba riendo.

El final de una gran pasión

Ese amor loco y esa pasión desmedida tocaron a su fin dos años después, tal vez harta Cristina de esa vida en la que no se sabía ni cuando entraba ni cuando salía el cantante de casa. El propio Joaquín revelaba que un buen día, mientras estaban pasando unas vacaciones en Menorca, Cristina hizo mutis por el foro en una cena... hasta hoy. "La chica que yo conocía desapareció, pero desapareció entre la sopa y el postre", decía con su habitual socarronería. La bella modelo se alejó de manera definitiva de Joaquín y Sabina sintió el desengaño de haber topado quizá con ese karma que no sabemos si en realidad existe. 

Sea como fuere, y tal vez a modo de venganza romántica, Joaquín Sabina le escribió una de las canciones que luego serían de las más famosas de sus décadas de carrera musical. Se publicó en el disco que lleva el mismo nombre en 1999 y los críticos aseguran que es uno de los mejores del cantante (recibió un Ondas a mejor artista y se vendieron 500.000 copias del álbum). "Así que se fue, me dejó el corazón en los huesos y yo de rodillas, desde el taxi y haciendo un exceso, me tiró dos besos... uno por mejilla", reza una de las estrofas dando buena cuenta de que ese final no fue el que él esperaba. Eso sí, en la letra le lanza a Cristina más de una pullita en forma de verso como ese: "Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta". Entre broma y broma e ironía e ironía, el tema recoge ese corazón roto y esa herida que le dejó la modelo al artista que no debió de ser menor si tardó 19 días y hasta esas 500 noches en olvidarla. 

La mujer que le dio la madurez

En junio del año pasado, Joaquín Sabina pasó por segunda vez por el altar (la primera fue a finales de los 70 con Lucía Inés Correa). Se casó por lo civil con Jimena Coronado, la fotógrafa e hija del expresidente del Banco Central de Reserva del Perú, Pedro Coronado Labó, que ha estado a su lado en las últimas dos décadas. Su enlace fue de lo más íntimo (apenas estuvieron sus hijas y algunos amigos cercanos como el ministro Grande Marlaska o Joan Manuel Serrat), aunque la pareja quiso compartir una foto con los seguidores del artista, después de que en noviembre de 2019 él le pidiera matrimonio -de rodillas y anillo en mano- por su 50º cumpleaños. 

Joaquín y Jimena se conocieron en Lima, su tierra natal, cuando ella trabajaba como fotógrafa para el diario El Comercio y le hizo un reportaje en un hotel. Se hicieron amigos, ambos tenían pareja y no sería hasta años después cuando Coronado llamó a Sabina para darle el pésame por la muerte de un amigo y advertirle al mismo tiempo de que volvía a estar soltera. Él acababa de romper con la argentina Paula Seminara y entonces empezaron una relación sentimental que dura hasta hoy. Ambos viven en al lado de Tirso de Molina desde finales de los años 90 y Jime, como él la llama, es su gran apoyo, su compañera más leal y su amor más maduro y duradero. A ella le dedicó la canción Rosa de Lima.

En 2001, cuando Sabina sufrió un ictus del que casi no sale, Cristina Zubillaga fue a visitarlo al hospital y allí se encontró con Jimena Coronado y con Isabel Oliart. Cuando Joaquín despertó vio allí a las que sin duda han sido las mujeres que han marcado de su vida.

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