La muerte de un exjugador de 17 años reabre el debate sobre la salud mental en el fútbol

Luis Tejo
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Jugadores juveniles del Manchester City haciendo una piña antes de empezar un partido.
Jugadores del equipo juvenil del Manchester City antes de un partido. Foto: Matt McNulty - Manchester City/Manchester City FC via Getty Images.

Una noticia trágica y lamentable ha sacudido el mundo del fútbol en Inglaterra este fin de semana, dejando en un segundo plano los resultados de la jornada en la Premier League. El Manchester City ha anunciado el fallecimiento de Jeremy Wisten con apenas 17 años. Se trata de un antiguo jugador de sus categorías inferiores que entró en la academia en 2016 pero que, tras dos temporadas, no pasó el corte y se quedó fuera del equipo juvenil.

La causa del fallecimiento no ha sido determinada de manera oficial. El club se ha limitado a transmitir la información a través de sus redes sociales, sin especificar más detalles; únicamente ha expresado sus condolencias a familiares y amigos usando las fórmulas de cortesía habituales. La prensa inglesa que se ha hecho eco del asunto ha optado por la misma prudencia.

Sin embargo, a poco que uno indague se encuentra con una hipótesis tan aterradora como plausible, tanto por la cantidad de personas que la dan por válida como por las características del negocio del fútbol moderno. Habría sido el mismo Jeremy el que terminara con su propia vida, víctima de una depresión por no haber conseguido prosperar y haber visto cómo se truncaban sus aspiraciones de llegar a ser futbolista profesional. Lo dicen espacios de prestigio como Purely Football, un medio especializado en el torneo inglés con más de 500.000 seguidores en Twitter y de cuyo mensaje se hacen eco hasta cuentas institucionales de equipos punteros del continente.

Hay que insistir en que, aunque esté bastante fundada, sigue siendo tan solo una especulación. Pero también se debe incidir en que el mundo del fútbol en general, el de élite en particular, tiene un problema en materia de salud mental. Que si ya es preocupante cuando afecta a profesionales adultos con experiencia y veteranía (recordemos casos muy dolorosos como el del alemán Robert Enke, antiguo guardameta del Barcelona que, aquejado de fortísimas depresiones, se suicidó en 2009), es especialmente grave cuando hablamos de menores.

Para ellos el fútbol no debería ser más que un juego con el que divertirse. Sin embargo, cuando entran en la cantera de clubes potentes aflora el lado más cruelmente competitivo. Cálculos del periodista Michael Calvin estiman que, del millón y medio de niños que juegan al fútbol en equipos federados en Inglaterra, apenas 180 llegarán alguna vez a debutar en la Premier League. “Eso es una tasa de éxito del 0,012 %. Más o menos las mismas posibilidades de que te caiga encima un meteorito durante tu camino de vuelta a casa”, explica.

No es un dato sorprendente, teniendo en cuenta que en la máxima categoría inglesa (igual que en la Primera División española) hay 20 clubes, lo que, redondeando a 25 jugadores por plantilla, da un total de apenas 500 huecos para jugar. Que son menos, habida cuenta de que no se renuevan todos los años (la gran mayoría de futbolistas continúa de una temporada para otra) y que además se fichan abundantes extranjeros. Considerando estas circunstancias, el enfoque sensato para las canteras debería ser el puramente formativo, reduciendo al mínimo la tensión y simplemente estando atento por si algún chico destaca y puede llegar más allá.

Sin embargo, la mentalidad dominante es hacerlo justo al revés: se trata a todos los jugadores como potencialmente triunfadores y se fomenta una hipercompetitividad que tiene consecuencias lamentables para la inmensa mayoría que no llega a la gloria y que, debido a su corta edad, cuenta con menos herramientas para gestionar el fracaso. Calvin detalla el modelo: “Las academias, en esencia, son una buena idea. Consigue a los mejores jugadores y dales los mejores entrenadores en el mejor entorno potencial”.

“El problema”, continúa el investigador, “es que las enfermedades del fútbol senior, la avaricia, el oportunismo, acaparar innecesariamente talento para obtener beneficios comerciales, están descendiendo al fútbol juvenil. Esto es lo que ocurre en las academias de los grandes clubes a las que llegan los chicos: el sistema les absorbe. Su sueño les acaba engullendo. Porque, siendo realistas, todo lo que harán es estar ahí sentados y esperar una oportunidad que nunca llega”.

Es una presión constante por ser mejor que los demás, no por competir como un equipo sino por superar a los compañeros para hacerse con ese sitio que les permita no ya progresar, sino al menos seguir ahí. Pero ese hueco no suele estar disponible, porque son muchos candidatos para cada puesto. Tal falta de oportunidades se traduce en frustración. En sentir que todo el esfuerzo que están dedicando, todos los sacrificios que hacen, están condenados a ser inútiles. Hay chavales que tienen madurez para afrontarlo y salir adelante, bien redoblando sus esfuerzos, bien asumiendo lo inevitable y buscándose la vida en otro ámbito. Pero otros muchos no son capaces, como no lo sería cualquier otra persona en una situación parecida.

La psicóloga deportiva Mar Rovira cita en La Razón dos factores más que son clave para explicar que los futbolistas sufran depresiones. Uno de ellos es la rutina, “una vida organizada, poco autónoma” en la que hay poco margen para salirse de las pautas establecidas por los superiores. Por otro, la exigencia altísima: el balompié se convierte en un trabajo “en el que te tienes que estar cuidando todo el día para estar bien físicamente te apetezca o no, para rendir”. Rovira plantea estas circunstancias como causa para el malestar psicológico en profesionales adultos, pero son perfectamente extrapolables a las categorías inferiores de los equipos punteros.

En muchísimas ocasiones, además, el entorno familiar, que debería servir de refugio y protección, es todo lo contrario: una fuente añadida de presión. No pocos padres ven a ese hijo que despunta un poco como una superestrella en potencia, algunos por pura ambición (el famoso “nos va a sacar de pobres” que a menudo es una broma inocente, pero otras veces no tanto), otros por exceso de celo y sobrevaloración de las habilidades de su hijo. Este, si por el motivo que sea no acaba triunfando, puede llegar a añadir a su propia carga la sensación de haber decepcionado a sus seres queridos.

Todos estos ingredientes son un cóctel perfecto para que una mente en formación como la de un adolescente no sea capaz de aguantar y acabe cediendo. Aunque cada vez más se van concienciando sobre el tema, todavía se echa en falta al respecto mayor implicación de los clubes punteros en la salud mental de sus futuras estrellas. David Llopis, director del área de Psicología en el Levante, habla al respecto:

“En ocasiones se concede excesiva importancia a la victoria en detrimento de los procesos de aprendizaje. Este tema es fundamental trabajarlo con las direcciones deportivas de los clubes; hay algunas que priorizan el resultado frente al desarrollo de sus jugadores. El resultado es importante, pero siempre que se utilice para el desarrollo del jugador”.

Llopis afirma que existen estrategias para desarrollar en los jóvenes aspectos como la tolerancia a la frustración o la gestión del ego y del éxito, que también puede ser problemático si se triunfa en etapas tempranas pero luego el progreso se ralentiza o se frena. Pero cita una cuestión clave: “La falta de psicólogos del deporte en las escuela de fútbol. Hay que saber controlar las cargas mentales. Es fundamental trabajar con el jugador su fortaleza mental, porque además, si se fomentan las habilidades psicológicas y estas se integran en los entrenamientos, el crecimiento del futbolista es a todos los niveles”.

Este ámbito de la psicología deportiva va poco a poco ganando importancia, pero quizás a un ritmo demasiado lento para lo que exige la hiperprofesionalización del fútbol moderno. Lo único que nos queda es desear que los clubes se conciencien de su trascendencia y no solo lo implementen a mayor escala, sino que le den la relevancia capital que debería tener cuando hablamos de menores de edad. Es la única manera posible de prevenir tragedias futuras.

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