Jaime Bores: del estrellato al anonimato absoluto

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La televisión, ese lugar que visto desde fuera parece un mundo de luz y de color, también tiene su lado oscuro. Esa especie de fábrica de rostros famosos que amenizan la vida de su público, también es experta en crear ‘juguetes rotos’ que pasan del estrellato al anonimato de un día para el otro. Los 90 es una de las décadas que más han sufrido este fenómeno del olvido. Un sentimiento que Jaime Bores, uno de los presentadores con más notoriedad por aquel entonces, ha vivido en primera persona. Cuando todos le querían, este "Brad Pitt español", como muchos le describían, estaba en primera línea, pero cuando pasó de moda se sumó a la triste lista de desterrados de la televisión. 

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No es el primero, ni será el último, cuyo físico le abrió las puertas para hacer sus primeros pinitos en la tele. Su melena rubia, ojos claros y sonrisa picarona llamaron la atención enseguida. De ahí que los comienzos de este vasco fueran en el modelaje siendo apenas un adolescente. Una cosa llevó a la otra y al final terminó amenizando con música el programa musical de Los 40 Principales, en Canal +. Lo de ser Dj estuvo bien por un tiempo, pero los ojeadores televisivos le tenían reservado un lugar en el que brillaría con luz propia más allá de unos vinilos.

Todavía recuerdo ver Lo que necesitas es amor en Antena 3 y decirle a mi madre, "¿mira qué chico tan mono?" Pues sí, ahí estaba Bores, sobre por aquí, sobre por allá, ayudando a Isabel Gemio, presentadora por aquel entonces, a encender la llama del amor entre sus participantes. Corría el año 1993, una época de cosecha para la televisión en la que se cocinaban los nuevos rostros de las diferentes cadenas. La competencia era brutal, sobre todo tras el nacimiento de los canales privados como A3 y Telecinco. Atrás había quedado el monopolio de TVE, cuyos programas eran casi siempre éxito seguro porque no había mucho más con lo que competir.

Así que tocaba ir a la caza de presentadores nuevos y atractivos. Si estaban formados mejor, pero si no, tampoco pasaba nada. Lo importante es que tuvieran gracia y desparpajo frente a las cámaras. Jaime, que estudió Publicidad, tenía ese ‘noséqué’ que por alguna razón hipnotizaba. Su sonrisa casi perenne durante su paso por Lo que necesitas es amor le dio el sobresaliente y el pase directo a una mejor oportunidad televisiva, esta vez en Telemadrid y como chico del tiempo desde 1994 y 1997. Un papel que le encumbró en la pantalla chica por su manera tan divertida, dicharachera y a veces hasta poética de contarnos si iban a caer chuzos de punta.

Su amena conversación con su entonces presentadora, Inmaculada Galván, nos tenía enganchados a la pantalla. En esa especie de prólogo hablaban de todo menos del tiempo y daba gusto escucharlos. Todavía lo recuerdo, no había que ser un cerebrito o un pródigo de la televisión para saber que este chico tenía madera de comunicador. Era una gracia diferente, pero gracia al fin y al cabo. Y, sobre todo, era cercano con el público que terminó acogiéndole encantado en el salón de su casa.

Por prestarse, se prestó hasta hacer espectáculo en Crónicas Marcianas. Era un verdadero todoterreno con encanto televisivo.

De eso se dio cuenta La 1, así que casi 4 años después de contarnos las predicciones del tiempo como nunca antes nadie nos las había contado, se despidió del canal de los madrileños para dar el gran salto: presentar su propio programa. El nombre ya hacía presagiar que traía consigo polémica. Digan lo que digan, también título de una canción de Rafael, fue durante sus tres años de emisión (1997-1999) una auténtica bomba de relojería. Cada tarde después de comer, uno se sentaba a ver qué personajes, historias y situaciones surrealistas nos iban a plantear Jaime y su equipo. Tan pronto abordaban si había que ir virgen al matrimonio, como los cuernos y la importancia de funcionar bien en la cama con tu pareja. Todo muy de corrillo de amigos que se reúnen y le dan a la lengua sin parar, pero en este caso frente a las cámaras. Quien crea que con Gran Hermano y demás realities se inventó la panacea en esto del debate y el cotilleo puro y duro, está muy equivocado. Eso viene de mucho más atrás, y este programa de entrevistas, calificado por algunos en aquel tiempo como telebasura, era un hervidero de temas candentes y morbosos. “Yo era, en aquel momento, el rey de la telebasura. Mi nombre llegó a estar en el Congreso de los Diputados, se planteaba cómo un programa como el mío estaba en la televisión pública. Y yo atónito”, confesó durante una entrevista en 2011 a La Noria, en Telecinco.

Ahí, en ese espacio que levantaba ampollas, es que podemos decir que Jaime se hizo como presentador y adquirió su fama más profunda, esa que más tarde llegaría en cierta forma a rechazar. Se acabó el anonimato, el descanso y esas otras cosas que el estrellato te quita. Porque no todo es glamur en esto de ser famoso, también hay un precio que pagar y él es un ejemplo de ello. En plena sobreexposición en los medios, nominaciones a premios como el TP y un programa tras otro, un día dijo ‘hasta aquí hemos llegado’. Jaime había dejado atrás sus años estrella en TVE para regresar de nuevo al programa que le vio crecer, Madrid Directo, en Telemadrid presentando una sección. Pero no aguantó mucho, y al año desapareció temporalmente de la televisión.

Echando mano de hemeroteca, la fecha coincide casi, casi con su metedura de pata como presentador de Miss España 2000. Jaime leyó la lista de las ganadoras al revés dejando a Helen Lindes, la triunfadora, como segunda finalista. Un error garrafal del que Luis María Ansón, presidente del jurado, se dio cuenta de inmediato y al que reaccionó al instante. Entonces no había memes, pero la incómoda situación en un concurso de belleza de tal envergadura no se olvidaría jamás y quedaría por siempre como una mancha en su currículum. Un hecho que le habría ayudado mucho a la hora de hacer sus maletas y salir de la tele.

Fue visto y no visto. Pasamos de seguirle todos los días en la pantalla a no tener ni rastro de él. Así lo eligió. Con lo que quizás no contaba es con aquello de ‘el que se fue a Sevilla, perdió su silla’. Otros rostros nuevos emergen y acaban de un plumazo con lo que en su día fue un boom. Nadie es imprescindible, y más en la tele, así que, o te mantienes, o te fulmina. Jaime Bores lo vivió de lleno. Su retiro temporal para encontrarse a sí mismo marcó el principìo del fin y, aunque en 2004, regresó a Antena 3 con el reality La Granja ayudando a Terelu Campos en sus labores de presentadora, y estuvo a cargo de programas como Pelopicopata y La buena onda de la tarde, todo fue pasajero y nada como antes.

Corrían tiempos difíciles por la gran oferta y demanda televisiva, los grandes que brillaron en el pasado, como la propia Terelu, tenían que luchar el doble por quedarse, pues los nuevos venían pisando muy fuerte. Pero, ¿qué fue lo que hizo Jaime otra vez? Volvió a abandonar la televisión, ese medio que volvió a darle una segunda oportunidad en tiempos revueltos y a pesar de lo difícil que estaba el mercado. “En 2005, me marché a Argentina movido por la necesidad de un cambio de vida. Siempre tuve la idea de marcharme fuera, vivir una experiencia de ese tipo. Después de la etapa de Antena3 me pareció que era el momento de marcharme. Surgió la oportunidad de poner en marcha un proyecto de alquiler de apartamentos para turistas, pero no fue bien. Tal y como está la cosa no me voy a quejar, pero tuve mis errores. Yo, mucho dinero no he llegado a ganar en televisión, aunque supe administrarlo. Me pregunto muchas veces si sería el momento de volver a televisión”, dejó caer durante su entrevista en La Noria con Jordi González.

Reconoció que era una persona algo dispersa y poco focalizada que iba “dando tumbos”, pero también un tipo con suerte. Ese mismo año y tras su aparición televisiva en Mediaset las puertas se le volvieron a abrir, una vez más en Telemadrid, donde copresentó por dos años su programa insignia, Madrid Directo, y también en Telecinco. Su entrevista en La Noria hizo que la cadena de Basile le abriera también la oportunidad de retomar el timón de su vida televisiva. Esta vez fue con un programa más divertido llamado Vuélveme loca, un magacín para la sobremesa de los sábados y los domingos, que condujo junto a su compañera Tania Llasera y en el que sustituyó a Patricia Pérez. Pero los índices de audiencia fueron tan bajos -algunos apuntan que no llegó al 9%- que a las pocas semanas lo sacaron de la parrilla.

En realidad, desde su regreso a la pantalla chica, Jamie fue rebotando de un programa a otro sin volver a recuperar el éxito y la fuerza con la que se le acogió de primeras. Nada fue lo mismo, lo que hacía intuir que lo suyo era crónica de una muerte televisiva anunciada. Este medio tan alegre como a veces cruel no perdona esas idas y venidas, y el público, siento decirlo, a veces nos olvidamos con mucha facilidad.

¿Estamos ante otro juguete roto o simplemente Jaime no supo aceptar las reglas del juego? Pues yo creo que un poquito de los dos. Entre las nuevas caras que llegaban con energía renovada y la suya que estaba algo desgastada, la cosa empezó a deteriorarse hasta que se apagaron las luces por completo.

Desde hace 5 años que no se sabe nada de Jaime televisivamente hablando, a excepción de alguna foto esporádica de algún fan en redes y una última aparición en el programa Premios Inocente 2016, en el que intervino para aportar su granito de arena a personas con Síndrome de Down, no hemos tenido ni rastro de él. Tan solo que vive entregado a sus animales y sus negocios inmobiliarios. Esta vez sí ha cortado tajantemente con la tele, o la tele con él. Lo que no se puede eliminar tan fácilmente son esos años de risas y entretenimiento que nos dio este chico del norte en una época dorada de la televisión que muchos tuvimos la suerte de vivir.

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