¿Invisibiliza la moda a las diseñadoras?

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Entrevista a Leticia GarcíaGetty

Pese a que como indica 'Fair Trade Certificate’, de media el 80 % de la mano de obra en talleres es femenina, tan solo una de cada seis personas que trabaja en la industria es mujer. Un estudio de la International Labor Organization señala, tras haber investigado en nueve países de Asia, que a los trabajadores textiles masculinos se les paga un 18 % más que a las femeninas. Por si fuera poco, tienen más posibilidades de ser ascendidos. Aunque mucho nos tememos que desafortunadamente estos datos apenas sorprenden ya, no conocíamos los porcentajes exactos. Lo que quizás sí nos suene más es un estudio de McKinsey and Co que revela pese a que el 80 % de las estudiantes en escuelas de moda son mujeres, únicamente el 16 % de ellas dirigen las marcas.

La consultora estratégica global también indica que de los 1,7 billones de euros que la moda movió el año pasado, un 53 % son prendas femeninas. Es decir: la moda se nutre y enriquece de las mujeres, que son quienes producen, pero no quienes dirigen ni quienes se benefician del trabajo. Algunos de estos datos son con los que Leticia García comienza ‘Batallón de modistillas’ (Carpe Noctem), un ensayo de lectura obligada que recomendamos, eso sí, acompañar de una tila, pues las flagrantes desigualdades que la periodista refleja pueden alterar los medios de cualquiera...

“El que pese a haber tantas mujeres en las escuelas de diseño, existan tan pocas directoras creativas, se debe a que los que las eligen suelen ser hombres. Casi todas las marcas famosas pertenecen a Kering y LVMH, y los consejos ejecutivos suelen ser masculinos por mayoría, si no completamente. Culturalmente estamos acostumbrados a ver diseñadores estrella masculinos. Ahora hay excepciones, pero si la marca no es o fue suya, como ocurre con Miuccia Prada y Donatella Versace, la cosa se complica”, explica.

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Las desigualdades en la modaRyan McVay - Getty Images

De hecho, hay quien señala que muchos diseñadores crean prendas que terminan por torturar a las mujeres. Basta con recordar cómo Kim Kardashian tuvo que asistir a clases respiratorias especiales con ayuda de Mr. Pearl, el rey de los corsés, para poder manejarse dentro del diseño que Thierry Mugler confeccionó para que acudiera a la gala MET sin asfixiarse, o el vídeo viral en el que sube las escaleras con más dificultad que glamour enfundada en un vestido de Dolce & Gabbana que parecía gritar a los cuatro vientos un dicho que desafortunadamente, no está tan pasado de moda: “Para lucir, hay que sufrir”.

“Durante mucho tiempo, la moda se medía por la fascinación y el derroche artístico de las prendas (a veces sigue siendo así) y no por cómo se reflejaría eso en la realidad; no en las ventas, sino en el día a día de quien se lo pusiera. Hay ciertos diseñadores hombres que, sinceramente, han visto a la mujer como una especie de objeto o maniquí en el que sublimar sus filias, sin importarles las necesidades o la comodidad. Incluso hombres que han impuesto cánones de belleza durante años en base a sus filias. La famosa mirada masculina, vamos”, señala Leticia García, que asegura que cuando es una mujer la que diseña, lo habitual es que las prendas sean más funcionales.

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Leticia García, autora de ’Batallón de modistillas’ (Carpe Noctem)Carpe Noctem

“Funcional no quiere decir poco espectacular. Mira Prada o mira a Sarah Burton, de Alexander McQueen. Fueron ellas en los ochenta, las Prada, las Vivienne, las Jil Sander o las Kawakubo, las que empezaron a hablar de cánones de belleza alternativos, de moda como una herramienta expresar pensamiento crítico etc. Eso ya quiere decir mucho. Por no hablar de la revolución de Chanel, que no fue ni más ni menos que una revolución funcional”, señala.

A la hora de aplaudir a diseñadoras contemporáneas, no lo duda ni un segundo. “Miuccia Prada, por todo absolutamente, aunque lo tuviera más fácil que el resto (heredó) y aunque a primera vista, no parezca la mujer más diversa del mundo. Y de las nuevas, a Aurora James, por haber sacado adelante Brother Vellies sola siendo una mujer negra y además, montar iniciativas para apoyar negocios de mujeres racializadas. A Marine Serre porque es una pionera en unir lujo y sostenibilidad real y, con eso, cambiar un poco al concepto anquilosado que tenemos de lo que es el lujo.... más emergentes me encantan Elena Vélez y Chopova Lorena, por ejemplo, que tienen discursos peculiares y muy distintos”.

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La moda como industria nació para ejercer la distinción socialKathrin Ziegler - Getty Images

¿La figura femenina de la moda española actual más relevante? “Obviamente, Marta Ortega. Si alguien puede cambiar las cosas desde el punto de vista de género es ella, aunque lo tiene muy difícil”.

Ni en su respuesta anterior, ni tampoco en el libro, Leticia se olvida jamás de la raza. En su ensayo habla de Ann Lowe, la que fuera la primera modista afroamericana en tener tienda y taller propio. Firmaba sus prendas con el nombre de Sonia Rosenberg y se arruinó en diversas ocasiones porque su clientela no quería pagar altos precios a una mujer de color. Aunque sus piezas fueron retratadas en importantes revistas de moda, jamás recibió crédito por ello, y a día de hoy, pese a haber diseñado para la familia Kennedy durante años, en el museo presidencial JFK de Boston su nombre no aparece a la hora de describir los vestidos de la estilosa Jackie. "¿Cuántas diseñadoras negras famosas puedes nombrar sin pensarlo mucho? Porque ahora en el siglo XXI, diseñadores negros y mujeres blancas sí conocemos...existen y son buenísimas, pero son mujeres racializadas”, explica Leticia García, que tampoco se olvida del clasismo en su obra.

“La moda como industria nació para ejercer la distinción social con la caída de la aristocracia tras la Revolución Francesa, y mucha de la aspiración que vende aún viene de esa idea de reflejar la cuenta corriente (o aparentarla) a través de ciertas marcas o prendas. Salvo excepciones, la mayor de ellas, como Coco Chanel, diseñadores, editores, etc, casi siempre provenían de clases acomodadas o nobiliarias. Muchas mujeres que no tenían acceso a trabajos cualificados entraron en la moda como "divertimento", aunque luego lo hicieran de maravilla. La moda cada vez más es una herramienta de expresión y menos de clase, pero para las generaciones mayores, el discurso social sigue siendo el de la clase. Y luego hay otro tema: cada vez es más caro acceder a estudios de moda y cada vez hay menos becas, así que el sistema digamos que se perpetúa”, asegura.

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¿Es la moda clasista?Westend61 - Getty Images

Los privilegios fueron un aspecto que tuvo en cuenta para decidir qué nombres aparecerían en el libro y cuáles no. Mujeres sin privilegios de clase alta y/o que crearan la empresa sin ayuda de la gestión de sus maridos fue el baremo esencial, así como que influyeran de algún modo en generaciones posteriores o que fueran pioneras en hacer una moda distinta a la de su tiempo. Por supuesto, también tuvo en mente que no fueran muy conocidas.

En la moda, como en tantas áreas, parece que ellos piensan y que ellas ejecutan. ¿Cómo podemos cambiar esto... como consumidoras de moda? ¿Y cómo periodistas? “Se puede cambiar si en los consejos de administración de las grandes marcas, de lujo o masivas, entran mujeres a tomar decisiones. Como consumidora es difícil... bastante tenemos con intentar ser todo lo sostenibles que podemos con sueldos ajustados....como periodista, supongo que aportando un enfoque de género a las tendencias o la actualidad de moda, por ejemplo”. Sin duda, ella es una de las que día a día luchan por cambiar las cosas y una de las que se niega a ningunear al elefante rosa que está siempre presente en la industria de las tendencias. “Creo que el marketing no nos deja ver el resto, y eso sí que es una pena, porque hay gente dispuesta a cambiar las cosas... Del mismo modo que existe un inmenso ‘greenwashing’¸ también hay hay que hablar del falso feminismo”. Boom!

Resulta curioso que sean precisamente esas mujeres invisibles las que han comenzado a preocuparse por las consecuencias medioambientales de la industria… “En los setenta, durante la segunda ola del feminismo, se comenzó a hablar de ecofeminismo: las mujeres, históricamente responsables de los cuidados o de la confección en este caso, tenían una conexión directa con la idea del cuidado del entorno. Al final el capitalismo, históricamente masculino, es el que nos ha abocado al desastre. Luego, investigando, me di cuenta de que las primeras firmas en hablar de sostenibilidad, las primeras asociaciones ambientalistas enfocadas en moda, etcétera, estaban todas comandadas por mujeres. Por algo será, supongo”.