Es imposible conocer a la verdadera Georgina Rodríguez en su serie de Netflix... hasta el final

Georgina Rodríguez debuta como estrella de Netflix con serie documental propia “a lo Kardashian”, inmortalizando en imágenes su vida de lujo como novia de Cristiano Ronaldo. Con Soy Georgina quiere que el mundo la conozca desde dentro hacia fuera por ser ella misma y no la pareja de uno de los astros del fútbol, y para ello nos lleva de viaje a lo largo de seis episodios por sus mansiones, eventos sociales y raíces en el pueblo de Jaca.

La vemos desfilando su pasión por la moda, la comida y viajar en jet privado, mientras permite que las cámaras capten la intimidad de su vida con sus hijos y amigos. Eso sí, con todos alabándola como madre amorosa, amiga ejemplar y clienta ideal. Sin embargo, el propósito de la serie recién se consigue al final y de pura suerte.

Imagen de un episodio de 'Soy Georgina' (cortesía de Netflix)
Imagen de un episodio de 'Soy Georgina' (cortesía de Netflix)

Tanto en el tráiler como en la propia serie Georgina recalca: “muchos conocen mi nombre, pero pocos saben quién soy”, dando paso a la intención principal de Soy Georgina. Básicamente, que quiere a darse a conocer como figura independiente a Cristiano, mostrarse supuestamente tal y como es y enseñar al mundo que sus orígenes la convierten en una persona de carne y hueso, más allá de las portadas de revista, el lujo que le rodea, los desfiles y sus 30 millones de seguidores en Instagram. Pero ¿lo consigue? No del todo.

Si bien Georgina se muestra más cercana y natural cuando está rodeada de amigos e hijos, el postureo constante adorna de superficialidad su propósito original. Las entrevistas que sirven de narración se antojan por momento forzadas, adornadas con frases que suenan preparadas mientras Georgina posa para las cámaras luciendo joyas y vestidos de diseñador, como si estuviéramos ante una sesión de fotos y no una serie que pretende aportar naturalidad a su imagen pública.

Georgina baila entre el deseo de mostrarse humilde contando sus orígenes, sus vacaciones junto a su madre y hermana comiendo bocatas, para luego contratar a una pastelera profesional que enseñe a sus pequeños a hornear una tarta o a pasearse por Jaca mostrando a las cámaras lo mucho que su presencia llama la atención. Georgina pone sobre la mesa esta contradicción, entre sus orígenes humildes pero el alarde de lujos de ahora, haciendo que al final no terminemos de conocerla como pretendía. Sobre todo porque en lugar de acercarnos más a ella, el postureo nos aleja, dándonos la sensación de estar viendo un perfil de Instagram en movimiento.

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E decir, así como se muestra con sus amigos más natural haciendo bromas en un yate en Mónaco, o derrochando el amor por sus hijos, de repente cambia de plano para probarse un vestido y posar para la cámara como si fuera una sesión de fotos. La serie pasa de pretender mostrarla en su esencia natural, hablando de que le gusta comprar en Decathlon y vestir en chándal, para de repente convertirse en un escaparate superficial de su vida de lujos.

Curiosamente es Cristiano el que resulta el más natural y genuino de todos los que aparecen en la serie, contando anécdotas graciosas sobre su primer viaje con Georgina llevando una peluca que le volaba el viento para despistar a los paparazis. O retratando ante el mundo lo mucho que añora tener algo de normalidad. Él es, en realidad, el gran descubrimiento de la serie para todos aquellos que no seguimos el mundo del fútbol. Incluso aparece en tan pocas ocasiones que dan ganas de pedirle que haga una serie pero sobre su propia vida.

La serie de Georgina, en cambio, parece jugar entre el afán de mostrarse al natural como el de usarla como escalón mediático. Y es así que cerca del final, cuando ya estaba terminándola, llegaba a la conclusión de que no había terminado de conocerla. No como ella esperaba mostrarnos. La superficialidad de los lujos y esas entrevistas con frases salidas de Facebook me desconectaron de la parte más humana de la modelo.

Pero justo cuando estaba masticando mi conclusión, Georgina hace lo que no hizo en toda la serie. Al terminar el sexto episodio. poniendo el punto y coma a una posible continuación, la producción cierra con tomas falsas. Y es ahí, en los errores, las meteduras de pata y los momentos que piensa que no la graban donde al fin la conocemos.

La vemos equivocándose, diciendo “referencia” en lugar de “reverencia” o “burocracia” en lugar de “aristocracia” al hablar de su encuentro con los príncipes de Mónaco, partiéndose de risa cuando la corrigen. La vemos literalmente tirada en el sofá de la entrevista, esa misma silla donde la vimos perfecta e ideal hablando de su vida, riendo hasta llorar.

Otras escenas la muestran cansada grabando con los niños como cualquier madre, echando la bronca al equipo, etc. En resumen, la vemos al natural, como no la vimos en los seis episodios de la serie, dejando en evidencia que esa sensación que tenía al terminar la serie de no haber llegado a cumplir su propósito, lo consigue de pura suerte y solo en los últimos segundos. Y con escenas que no forman parte de la serie, con el postureo dejado a un lado, con la originalidad y naturalidad de los momentos reales.

Imagen de un episodio de 'Soy Georgina' (cortesía de Netflix)
Imagen de un episodio de 'Soy Georgina' (cortesía de Netflix)

En esas tomas falsas descubrimos a una Georgina divertida, bromista, espontánea y hasta payasa. Una Georgina que dan más ganas de conocer que la mujer guapa, millonaria y perfecta que retrata la serie con todos alabándola como la mejor del mundo.

Si Georgina quiere que la conozcamos de verdad, quizás debería plantearse tirar más de esa naturalidad captada en las tomas falsas que en las poses, frases ideales y desfile de lujos superficiales. Porque es ahí, en esa espontaneidad, donde esconde su mejor baza para una serie.

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