Iñárritu se busca en el espejo de sus propios miedos en 'Bardo'

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Photo credit: Distribuidora
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Tras la eléctrica y punzante meditación sobre el ego de los artistas que orquestó en ‘Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)’, Alejandro González Iñárritu vuelve sobre sus pasos en la lánguida y redundante ‘Bardo (o falsa crónica de unas cuantas verdades)’, una sesión de psicoanálisis fílmico en la que el mexicano enmarca sus propias neurosis en un monumental marco cinematográfico. Enmascarando su figura tras el alter ego del periodista y documentalista Silverio Gama (encarnado por un magistral Daniel Giménez Cacho), y escudándose tras una quebradiza capa de autoparodia, Iñárritu regala a sus seguidores tres horas de reflexiones sobre su compleja relación con el éxito, la creación artística, la vida familiar y la condición del inmigrante, perdido entre una fértil pero fría tierra de acogida (Estados Unidos) y una patria cada vez más lejana (México).

El modelo que utiliza Iñárritu para abrir en canal su propio universo es la estirpe de autoficciones fílmicas que irían de ‘8 ½’ y ‘Amarcord’ de Federico Fellini a ‘All That Jazz (Empieza el espectáculo)’ de Bob Fosse. El protagonista de ‘Bardo’, Silverio, transita de forma fluida por los límites de la realidad, la memoria, los sueños y su propia obra, dando pie a un juego metaficcional en el que, en varias ocasiones, el espectador se descubre perdido entre un laberinto de ficciones. El director de ‘Amores perros’ tiene claro que su alter ego debe ser el centro neurálgico de todas las escenas, una fijación con el “yo” que regala momentos memorables –Giménez Cacho bailando arrebatadamente el ‘Let’s Dance’ mientras los demás ocupantes de la pista de baile se mueven al son de una cumbia inaudible–, pero que también deja pasajes menos afortunados. Uno de los escenarios recurrentes de ‘Bardo’ es el desierto que separa México y Estados Unidos. Hasta allí se desplaza el espíritu de Silverio para rememorar la filmación de un documental sobre unos “espaldas mojadas” a los que se les aparece una virgen. La fluida cámara del director de fotografía Darius Khondji dibuja una estampa preciosista, con los inmigrantes atravesando una nube de polvo y una puesta de sol de fondo. Pero, tras jugar con unos movimientos ascendentes, la cámara se centra en aquello que parece importar verdaderamente a Iñárritu: Silverio, su alter ego, siempre absorto en su desconcierto. El legendario crítico y cineasta Jacques Rivette probablemente hubiese hallado un rastro de inmoralidad en el esteticista acercamiento de Iñárritu al drama de la inmigración ilegal.

Más cerca de ‘La gran belleza’ de Paolo Sorrentino que de ‘Dolor y gloria’ de Pedro Almodóvar, ‘Bardo’ explora en profundidad un registro metafórico: en un paseo por México D.F., Silverio camina primero entre un manto de cuerpos inertes de sus compatriotas (“desaparecidos” a los que nadie parece tener en cuenta) y luego escala una pirámide formada por cadáveres de indígenas, mientras de fondo se escucha a un trasunto de Hernán Cortés recitando versos de Octavio Paz. Luego, hay otros momentos en los que la película se entrega a lo verborreico, dejando por el camino un collage de máximas insulsas: “Las personas se van; son las ideas las que quedan”, o “De qué sirven las ideas sólidas en un mundo que se nos escapa entre los dedos”, o “El peor de mis fracasos ha sido mi éxito”. Pese a todo, en su vertiente hablada, ‘Bardo’ deja escenas cargadas de una emoción genuina, como aquellas en las que Silverio dialoga con sus hijos, en sus versiones infantiles o en su presente posadolescente. Se percibe una verdad en la culpa que siente el protagonista por no haber estado más presente en las vidas de sus retoños, que no terminan de hallarse en casa en un México que les resulta ajeno. Y, de hecho, el corazón de ‘Bardo’ reside en el recuerdo de la trágica muerte de un hijo del protagonista, a las 30 horas de vida. Un trauma que da pie a varias ocurrencias surrealistas que emborronan más que alimentan la representación del dolor por la pérdida de un ser querido.

Planteada como un exorcismo personal, como la cuchillada confesional de un cineasta que duda –de su talento, de la Historia y el presente de su nación de origen, de las pulsiones imperialistas de los Estados Unidos–, ‘Bardo’ termina lastrada por los anhelos creativos de Iñárritu, que necesita demostrar su genio en cada plano, en cada movimiento ampuloso de cámara, en cada diálogo ocurrente o lapidario, en cada destello emocional… Hay pasajes en los que ‘Bardo’ toma cierto vuelo poético, pero el film, ansioso por gritar libertad, termina aprisionado en el ensimismamiento impuesto por su creador.