El calentamiento global va a hacer que haya huracanes en Europa con la misma fuerza que los de EE.UU.

Cada vez son más visibles las consecuencias del calentamiento global en el planeta. Sequías más prolongadas, inundaciones, temperaturas más altas… Pero hay otros efectos que todavía no percibimos pero que van a terminar llegando. Y uno de los más sorprendentes es la aparición de fuertes huracanes en el continente europeo.

Cada año entre mayo y noviembre América del Norte y Centroamérica sufren con frecuencia este fenómeno meteorológico que se caracteriza por fuertes vientos y abundantes lluvias. Desde el año 2000, Miami ha tenido más de 79, mientras que a Europa no ha llegado ninguno en los últimos 50 años, tal y como cuenta Business Insider, pero esa situación está a punto de cambiar. Y va a ser para peor en ambos lugares.

Restos del huracán Ofelia golpean Irlanda. (Niall Carson/PA via AP)

Las previsiones es que los actuales huracanes en el continente americano se vuelvan más intensos y violentos, mientras que los europeos serían similares a los que sufren actualmente países como Estados Unidos o México. La razón por la que el Viejo Continente apenas ha sufrido este tipo de fenómenos hasta hoy en día es por su privilegiada ubicación.

Los huracanes suelen tener su origen frente a las costas del África Occidental gracias a que la combinación del agua caliente cerca del ecuador y la humedad crean columnas de aire que giran a gran velocidad. Cuanto más aire caliente y humedad sea capaz de captar esa tormenta tropical, más opciones habrá de que se convierta en un huracán, multiplicando su carácter destructor.

Y normalmente será impulsado hacia el oeste en el océano Atlántico por los vientos alisios, que circulan entre los trópicos y se dirigen hacia las bajas presiones ecuatoriales. Por eso, suelen ser muy infrecuentes los huracanes en Europa o en la costa oeste de Estados Unidos y muy frecuentes en la este.

Aún así, Europa ha sufrido en las dos últimas décadas la llegada de este fenómeno, aunque siempre lo han hecho de una manera muy debilitada. La clave es que para que se dirijan hacia el Viejo Continente, estas tormentas tropicales tienen que viajar muy al norte, ya que es por donde sopla la corriente en chorro subtropical, que se mueve en dirección contraria a los alisios y sopla hacia el este.

Cuando esto ocurre se forman huracanes que se dirigen a Europa, aunque llegan siempre muy débiles. La razón es que las aguas en estas zonas tan al norte están mucho más frías (hasta diez grados) y las tormentas no llegan a coger la energía necesaria para golpear con dureza al continente.

Varias personas se cubren de los efectos del huracán Barry en Nueva Orleans (AP Photo/David J. Phillip)

De hecho la gran mayoría se juntan con otros frentes y llegan a las costas irlandesas y británicas en forma de vientos y lluvias, aunque nunca tan violentos como en el este de Estados Unidos. Los daños, lógicamente son mucho más limitados: apagones puntuales, algunas inundaciones o muy de vez en cuando víctimas mortales. Nada comparado a lo que supuso por ejemplo el Katrina, que arrasó Nueva Orleans y murieron más de 1.800 personas.

El problema al que se enfrenta Europa es que el calentamiento global está aumentando la temperatura en todo el planeta, incluyendo los mares. Y lógicamente en el Atlántico Norte también va a ocurrir, lo que va a provocar que los huracanes cada vez vayan cogiendo más fuerza.

En lugar de debilitarse antes de llegar a la costa, van a alcanzarla con más energía por culpa del calentamiento del agua. Los expertos vaticinan que para finales del siglo XXI, es decir en apenas 80 años, se pueden producir hasta 12 huracanes por temporada en Europa, lo que puede poner en riesgo a muchas más personas. El tiempo ya ha empezado a correr.