Más hombres deberían ver 'Valeria' para comprender nuestra horrible realidad

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El pasado 13 de agosto se estrenó en Netflix la segunda temporada de Valeria, la serie basada en la exitosa saga literaria de Elísabet Benavent. Si bien la primera tanda de episodios recibió un aluvión de críticas por desviarse de los libros, ahora la adaptación a la pequeña pantalla se ha encaminado más hacia las novelas incidiendo en la esencia de la amistad entre Valeria, Lola, Carmen y Nerea.

Un atino que se ha visto reflejado en la buena acogida de la segunda temporada de esta ficción producida por Plano a Plano que se ha coronado como el título más visto de la plataforma de streaming (a la hora de escribir este artículo permanece en el número uno de los diez títulos más populares en España). Y es que los nuevos capítulos enganchan por las continuas aventuras del grupo de amigas protagonistas en una etapa de la vida en la que te haces un millón de preguntas. Ahora bien, si hay un detalle que a mí personalmente me ha parecido acertado es que consiga identificar la triste realidad que azota a la mujer donde sea que esté.

Diana Gómez en Valeria (Felipe Hernández/Netflix © 2020)
Diana Gómez en Valeria (Felipe Hernández/Netflix © 2020)

La segunda temporada de Valeria continúa explorando las vicisitudes de un grupo de cuatro amigas, interpretadas por Diana Gómez, Silma López, Teresa Riott y Paula Malia, que rondan la treintena y se mantienen en perpetuo conflicto consigo mismas. Unas dudas internas que representan a la perfección un periodo de indecisión por el que todos hemos pasado, partiendo de la pérdida de confianza tras una ruptura o la incertidumbre por un trabajo (aunque en la serie chirría que las protagonistas tengan empleos precarios y encadenen contratos basura pero vivan en pisos monísimos en el centro de Madrid y se costeen también su intensa vida social). 

Y aunque más de un espectador hemos experimentado cierta sensación de agotamiento con los personajes, sobre todo con Valeria por su indecisión constante y unas meteduras de pata que rozan el ridículo, hay una escena con la que esta nueva tanda de episodios ha dado en el clavo. Una secuencia crucial donde no todo resulta tan fantástico y apasionado.

A simple vista la segunda temporada se concibe como una copia calcada de Sexo en Nueva York, en este caso la protagonista pelirroja cuenta con sus amigas como los tres pilares fundamentales de su vida con quienes comparte abiertamente sus preocupaciones e ilusiones. Pues bien, es precisamente en este contexto en el que se expone cómo juntas se enfrentan a los acontecimientos que se les presentan que Valeria hace un retrato certero con el que todas las mujeres nos podemos identificar. Sin ir más lejos, yo misma me he sentido reflejada porque además tengo justo la edad que las actrices representan.

El momento en cuestión que me ha atravesado, y que considero que más hombres deberían ver para comprender nuestra horrible realidad, se produce en Fundición, el quinto episodio de la recién estrenada segunda temporada. Justo en el arranque, las cuatro protagonistas se despiden tras una salida juntas por la noche al Cine Doré, pero la vuelta a casa se convierte en una carrera de obstáculos aterradora al sufrir cada una acoso verbal de desconocidos e intimidaciones. A Carmen el taxista que le conduce a su hogar le insinúa tomarse una copa, a Nerea le persigue un desconocido por un callejón, a Lola le amedrentan un grupo de chicos y a Valeria le asedian desde un coche.

Unos minutos de metraje que hielan la sangre hasta que las cuatro amigas respiran hondo al cruzar el umbral de sus casas y se envían un mensaje de grupo para confirmar que llegaron, sanas y salvas. La serie incluso va más lejos con su denuncia, enmarcada en la frase Ni una menos, y en la pantalla aparece el texto de otras chicas anónimas con mensajes similares. Un “He llegado” o “Ya en casa” que me resulta demasiado familiar porque yo también quedo a la espera de los WhatsApp de turno cada vez que me despido de mis amigas cuando damos por finiquitado un plan.

©Felipe Hernández/Netflix
©Felipe Hernández/Netflix

Puede que de primeras esta escena de Valeria no resulte original por ser comentado en muchas tertulias, e incluso apostillado por estrellas como Helen Mirren quien este mismo año ha plantado cara al acoso sexual callejero tras sufrirlo casi a diario. Sin embargo este mensaje feminista es tan evidente como determinante, por eso me ha calado tan hondo. A mí el miedo (y la incomodidad) también me recorre cada uno de los poros de la piel cuando vuelvo sola a casa. Yo también camino más rápido, incluso acabo corriendo, para llegar antes a mi destino.

Aunque la serie tiene el poder de hacernos conectar con los personajes al retratar problemas de la generación millennial como la precariedad laboral o la presión social, durante la escena del acoso callejero he sentido más cercanas a las cuatro amigas, poniendo de manifiesto una vulnerabilidad con la que es fácil sentirse identificada y con la que hay que convivir a diario. Porque esa es otra. El hartazgo por sentirnos inseguras en la calle es generalizado aunque hay veces que callamos las miradas insistentes, los acercamientos y los comentarios groseros porque es algo a lo que tristemente nos hemos visto obligadas a acostumbrarnos.

Tras ver esta escena he llegado a la conclusión de que hay que romper el silencio, compartir la experiencia y denunciar este tipo de agresiones. Un acto que no solo sirve para empoderar a muchas víctimas sino que contribuye a dar esquinazo a una realidad que nos acaba marcando. Y lo digo con conocimiento de causa puesto que, para ser más descriptiva, el primer recuerdo que se me viene a la cabeza de la boda de mi mejor amiga es el acoso verbal del taxista que me llevó a casa en plena madrugada. 

En definitiva, entre tanta irrealidad que presenta la segunda temporada de Valeria (especialmente la vida de derroche que mantienen las protagonistas y que tanto difiere de la realidad juvenil de muchas de las chicas que vivimos en Madrid), el arranque del quinto episodio compone un alegato feminista y, sobre todo, un reflejo de una situación reconocible. Un llamado que por fin da la importancia que merece el acoso callejero y que muchos hombres deberían ver para comprendernos. Porque es en la conciencia y reconocimiento de un problema donde reside el cambio, y mientras más se corra la voz, más se reconozca la situación y más se hable entre hombres y mujeres en general, más cerca podremos estar de darle carpetazo.

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Imagen: ©Felipe Hernández/Netflix

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