Holly Woodlawn o cómo vivir el lado salvaje de la vida

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Photo credit: Jack Mitchell
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Lo curioso es que hubo un momento en el que pareció que estaba a punto de alcanzar el estrellato mainstream. Holly nació como un niño en Puerto Rico, y desde muy pronto se identificó como mujer, en una época en la que el concepto de trans era difuso y complejo. “Simplemente no era feliz porque no sabía quién era”, contaría en una entrevista a The Guardian. Su padre, un soldado estadounidense, dejó embarazada a su madre, se casaron y luego desapareció para siempre. “Me crié en Puerto Rico durante los primeros años de mi vida, donde la cultura es más caribeña. Todo el mundo está desnudo, hace calor, sales antes del armario. Ya tenía sexo a los siete y ocho años en los arbustos con mis tíos y primos, que por supuesto, solo tenían once o doce años. Me crie en una casa llena de mujeres y mi tío era gay. Vivíamos en un pequeño pueblo, así que esos eran mis modelos a seguir”.

Photo credit: Jack Mitchell
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La familia se trasladó a Miami, como parte de la diáspora puertorriqueña. El comportamiento de Holly, incomprensible para los suyos, llevó a que su madre pidiera ayuda a un sacerdote para “arreglarla”. Ella no tenía ningunas ganas de arreglar nada. “Tenía 15 años y suspendía en el instituto de Miami Beach porque estaba demasiado ocupada yendo de fiesta. Se suponía que debía ir a la escuela de verano para ponerme al día pero la verdad es que no quería, así que me uní a unas reinonas cubanas para ir a Nueva York”, explicaría. Robó unas joyas de su madre y las utilizó para sufragar su viaje en autoestop hasta llegar a la ciudad. “Era 1962. Marilyn acababa de morir. Vivía en la calle como todo el mundo cuando se escapa. Conocí a algunas amigas que me acogieron y encontramos un lugar en Queens. Tuve mucha suerte. También conocí a un chico que se enamoró de mí y me pidió que fuera su novia. Empecé a tomar hormonas para cambiar de sexo y viví como su esposa, trabajando como modelo de ropa en Saks Fifth Avenue. ¡Oh, las cosas que hice! Y durante seis o siete años nunca supieron que yo era un chico. ¡Ni idea!”. Es un resumen acelerado de unos años que incluyeron dormir en los túneles del metro, prostitución callejera, precariedad laboral y despidos cuando alguien descubría que legalmente era un hombre y tenía pene –nunca quiso operarse-. También hubo ocasionales golpes de suerte, como cuando bailaba como gogó en un bar y se lio con un joven que era hijo del dueño de una fábrica de donuts. Holly terminó siendo Miss Donut 1968 y obtuvo suministro de dulces gratis durante un año.

Al año siguiente fue descubierta por Paul Morrissey y Andy Warhol mientras actuaba en un club. La ficharon para actuar en Trash, una de sus películas underground rodadas en apenas una semana en circunstancias desiguales y con toneladas de irreverencia. Trash acabaría siendo la película más exitosa de la etapa de la Factory de Warhol, y para muchos, Holly supuso una revelación. Su personalidad e inimitable estilo –aseguraba que sus ídolos eran Lana Turner y Lola Flores- opacaban a la estrella de la película, Joe Dallesandro, en escenas como en la que se masturbaba con una botella de cerveza. Tanto fue el impacto que algunos saludaron su interpretación como la mejor del año, y George Cukor puso en pie una campaña para que la nominaran a un Oscar como actriz de reparto. Pese a obtener el apoyo de estrellas como Joanne Woodward, Holly nunca fue nominada, y algunos objetaron que tal vez debería ir en la categoría de mejor actor.

Pero vivir y pertenecer al auténtico underground llevaba a una situación un tanto esquizofrénica. “No sé si éramos artistas, simplemente vivíamos nuestras vidas... éramos unos perdedores totales; no podías conseguir un trabajo, todos dependíamos de la asistencia social”, contaría en una entrevista a la también “superstar” Penny Arcade. Años después, Holly describiría su relación con Warhol como de explotación. Pese a que Trash recaudó 4 millones de dólares, Holly nunca recibió más de 125 de pago por su trabajo. En sus memorias, A Low Life in High Heels, escribiría: “Por aquel entonces, todas las súper estrellas éramos las tontas de Andy. Algunas veces me sentía engañada y otras no, pero cuando lo sentía, me volvía loca de ira y entraba en la Factory echando fuego, pisoteándolo todo y gritando: “¡Ese hijo de la gran puta está ganando millones conmigo mientras yo vivo en la pobreza!”. Así era; por un lado Holly recibía atención mediática, aplausos y tratamiento de estrella; por otro, nada de eso se traslucía en dinero o verdadero poder para levantar una carrera de éxito.

Ella misma se mostraría ambivalente sobre aquellos años en distintas declaraciones. Por un lado, escribiría: “Era muy confuso, por la noche viajaba en limusinas a pisazos o asistía a inauguraciones de galerías, firmaba autógrafos y lanzaba besos a la gente. Durante el día pasaba hambre y vivía en una choza. Era extraño y emocionante. Yo era joven, tenía 23, 24 años, y cuando eres tan joven todo es emocionante. Ahora, ¡olvídalo! La seguridad es lo primero, la diversión va al final”. Mientras que en otros momentos, se quedaría con lo bueno: “Poco a poco me convertí en una superestrella de Warhol. ¡Me sentía como Elizabeth Taylor! Poco me di cuenta de que no solo no me daría dinero, sino que mi estrella parpadearía durante dos segundos y eso sería todo. Pero valió la pena… las drogas, las fiestas, fue fabuloso. Vives en un tugurio, subes cinco pisos a pie, apenas puedes pagar el alquiler. Y luego, por la noche, vas a Max's Kansas City, donde Mick Jagger, Fellini y todos están en el backstage. Y cuando entras ahí, ¡eres una estrella!”.

Photo credit: Jack Mitchell
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A todo esto hay que sumarle que Holly era ávida consumidora de cocaína y anfetaminas. En 1970 fue arrestada por hacerse pasar por la esposa de un diplomático francés y cobrar un cheque a su nombre. Dos años después, volverían a encarcelarla por violación de la libertad condicional. Con un estilo muy travesti, muy drag de su época, contaría todas estas desdichas desde el sentido del humor más descacharrante. El desgarro y la crudeza iban siempre de la mano de una actitud fabulosa… y muchos tumbos de la vida. Durante temporadas tuvo que trabajar de nuevo de camarera y vivir de las propinas; en otra etapa, regresó con su familia a Puerto Rico; trabajó en películas underground que hicieron dinero pero ella nunca consiguió una parte del mismo. Conoció a Lou Reed cuando él ya había sacado la canción sobre ella, que a Holly no le gustaba demasiado. En 1982, deprimida por la muerte por sida de un amigo, ingirió una sobredosis de pastillas. La pillaron a tiempo, fue a rehabilitación y dejó el alcohol y las drogas. Las ilegales, porque sería dependiente de los analgésicos durante el resto de su vida.

Photo credit: Marc Serota
Photo credit: Marc Serota

Holly se trasladó a Hollywood y pasó los siguientes años actuando en teatros, cabarets y películas de bajo presupuesto. También tuvo ocasionales apariciones en la cultura generalista, como un papel en la serie Transparent. El auge de la cultura queer y la recuperación de iconos del pasado llevó a un renovado interés por su figura. Seguía siendo una fuerza de la naturaleza que daba declaraciones como “cualquier género es fabuloso mientras tenga su estilo propio”, pero su salud se resentía. Cuando le diagnosticaron un cáncer terminal de pulmón y cerebro, Holly declaró que le gustaría morir en su casa. Se organizó una recaudación de fondos para conseguir el dinero que le permitiese tener asistencia sanitaria y ayuda a domicilio. Acabó falleciendo en un centro de asistencia en diciembre de 2015, a los 69 años. Sus amigos se encargaron de reivindicar su legado. En su día, había dicho, esperanzada: “los sueños de hoy son la realidad de mañana”.



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