Cómo Julie Andrews logró superar el golpe más duro de su vida

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Hace 85 años, un 1 de octubre de 1935, nacía en Walton-on-Thames (Inglaterra) Julia Elizabeth Wells, la mujer que el mundo entero conoce como Julie Andrews, una verdaderaa leyenda viviente del séptimo arte que lleva décadas iluminando la pantalla con su presencia radiante. Tras debutar en musicales teatrales como My Fair Lady y ya desde sus primeros pasos cinematográficos en la década de los 60, como la inolvidable Mary Poppins (por la que obtuvo el Óscar a Mejor Actriz) o la igualmente icónica Maria von Trapp de Sonrisas y lágrimas (Globo de Oro a Mejor Actriz), la británica demostró brillar con luz propia en el firmamento de las estrellas de cine.

Julie Andrews en el Festival de Cine de Venecia, el 2 de septiembre de 2019. (Agencia: Guindani; Autor: ©SGP; Copyright: GTRES)
Julie Andrews en el Festival de Cine de Venecia, el 2 de septiembre de 2019. (Agencia: Guindani; Autor: ©SGP; Copyright: GTRES)

Y aunque en las décadas siguientes su luz pareciera desvanecerse con cada nuevo proyecto –con notables excepciones, como las comedias 10, la mujer perfecta (1979) o ¿Víctor o Victoria? (1982)–, su reaparición en pleno siglo XXI interpretando a la reina Clarisse Renaldi en las dos entregas de Princesa por sorpresa conectó a Andrews con toda una nueva generación de fans. Eso por no mencionar papeles de voz como el de la Reina de Shrek o la madre del protagonista de Gru: Mi villano favorito, que le han permitido seguir muy presente en la gran pantalla –si no en imagen, al menos en sonido.

Pero fue precisamente aquel finísimo instrumento vocal con el que, abarcando cuatro octavas, nos regalara las canciones más memorables de Mary Poppins o Sonrisas y lágrimas, lo que estuvo a punto de costarle a Andrews el resto de su carrera e hizo que su presencia mediática en el siglo XXI no haya estado a la altura de su legado. Porque pasarse la vida cantando puede sonar como algo bello, alegre y divertido, pero acaba teniendo un coste para la salud. Y pocos saben que Andrews tuvo que someter sus cuerdas vocales a cirugía para librarse de una lesión... y que el resultado de la intervención fue que la pérdida de su capacidad de cantar.

Cantar así, con esa voz que tanta huella dejó en la historia del cine:

Remontémonos a 1997. Por entonces Andrews llevaba dos años protagonizando la versión de Broadway del musical ¿Víctor o Victoria?, y había empezado a padecer ciertos problemas vocales fruto de su intenso trabajo. Según la revista People, algunos describieron dichos problemas como nódulos no cancerosos, o bien como un pólipo benigno –aunque la propia actriz lo definió en 2015 como un quiste, según The Hollywood Reporter.

Cuando terminó la temporada, la británica por fin tuvo ocasión de reposar su voz y recuperarse del desgaste sufrido. Pero el equipo de producción de ¿Víctor o Victoria? –que incluía a su marido de entonces, el director Blake Edwards– querían que Andrews se sumase a la gira del espectáculo. Como la trabajadora incansable que era, Andrews no podía decir que no.

En consecuencia, el médico le ofreció la posibilidad de operar su cuerdas vocales para extirpar la lesión. Según sus declaraciones a CBS News, la actriz entendió que la intervención no suponía ningún peligro para su preciada voz, y que podría volver a cantar transcurridas unas pocas semanas. Así que firmó y, en junio de 1997, se sometió a la cirugía en el Hospital Mount Sinai de Nueva York.

Para comprender el riesgo real de la operación que Andrews aceptó llevar a cabo, hay que tener en cuenta el funcionamiento mismo de la voz humana. Esta proviene de las vibraciones individuales de dos cuerdas vocales que, si sufren esfuerzo excesivo o agotamiento (como suele ser el caso en cantantes que llevan su voz al límite), pueden resultar en lesiones no cancerosas como quistes, nódulos o pólipos. Estas neoplasias benignas se pueden extirpar, pero en la década de los 90 dicho procedimiento solía requerir el uso de fórceps o láseres –métodos con una alta probabilidad de afectar a las cuerdas vocales.

Y en efecto, tras la operación Andrews quedó con las cuerdas vocales seriamente marcadas, perdiendo su flexibilidad y su capacidad de vibrar como antes. Lo normal en estos casos es que el paciente quede con la voz ronca, pero el caso de Andrews fue mucho más grave: su voz “normal” quedó reducida a un carraspeo, y perdió por completo la cristalina voz cantora con la que había enamorado al mundo. El propio Edwards, en una entrevista de 1998 con People, se lamentaba así: “No creo que vuelva a cantar nunca. Es una absoluta tragedia”.

En 1999, como era de esperar, Andrews denunció a los doctores que la habían tratado y al propio Hospital Mount Sinai (según recogió CBS News). Su demanda aseguraba que no había sido informada de los riesgos reales de la cirugía, y que el resultado de esta había “arruinado su capacidad de cantar y le impedía practicar su profesión de intérprete musical”. Según ella, “no había necesidad de practicar ninguna cirugía”.

Un año más tarde, ambas partes llegaron a un acuerdo confidencial. Pero nada de esto resolvió el grave problema al que se enfrentaba Andrews. La actriz trató de recuperar su voz mediante ejercicios vocales, con ciertos resultados positivos (según recoge The New York Times). Aunque sobre todo fue gracias a las sucesivas cirugías que le practicó otro doctor, Steven Zeitels, como Andrews logró eliminar algo de cicatriz y estirar el tejido vocal que le quedaba para mejorar la flexibilidad de sus cuerdas. El resultado fue una mejora notable de su voz normal… pero no de su capacidad de cantar.

Y es que Zeitels descubrió que las cuerdas vocales de Andrews habían perdido tanto tejido que la restauración de su voz cantora era imposible (según reveló a The New Yorker). Como explicó la propia actriz a The Independent: “No es algo que pueda volver a crecer”. En efecto, su voz de soprano quedó limitada a una única octava, pudiendo emitir notas bajas pero no medias ni altas.

Incansable en su lucha por recuperar su mayor tesoro, Andrews se interesó profundamente en las innovaciones más punteras, en busca de un revolucionario tratamiento para sus cuerdas vocales. Donó dinero a la investigación, contribuyó a reunir a muchos científicos en un simposio de cuerdas vocales, e incluso ocupó un asiento honorífico en el Voice Health Institute.

Entre los tratamientos potenciales que apuntaban maneras encontró un biogel que podría inyectarse en las cuerdas vocales e incrementar temporalmente su capacidad de plegarse. Pero la ciencia requiere tiempo y muchas pruebas, por lo que Andrews aún no ha dado con la solución definitiva...

Con todo, para Andrews lo peor no fue la propia pérdida de sus dotes vocales, sino su incapacidad de aceptar que nunca volvería a cantar como antes. Y es que el canto había ocupado un lugar central en su vida desde que era niña, y su mayor pasión era cantar sobre un escenario. Como escribió en su biografía de 2008, Home: “Cuando la orquesta sube para apoyar tu voz, cuando la melodía es perfecta y las palabras no podrían ser otras, cuando la modulación tiene lugar y te eleva a un plano superior… eso es la felicidad”.

No debemos subestimar lo que este golpe supuso para Andrews en términos psicológicos. En 1999, la actriz ingresó en una clínica de Arizona para someterse a terapia de duelo por la pérdida de su voz. Y por entonces también le confesó a la periodista Barbara Walters que creía encontrarse en una fase de negación: “Creo que sufro alguna forma de negación, porque no ser capaz de comunicarme a través de mi voz me resulta totalmente devastador”.

Caí en la depresión. Sentí que perdía mi identidad”, contó a AARP The Magazine en 2019.

Aunque por desgracia la voz de Andrews nunca volvió a ser la misma, la actriz sí pudo regresar tanto a los escenarios como a las pantallas gracias a un envidiable instinto de autosuperación, llegando a interpretar una canción adaptada a su nuevo rango vocal en la secuela Princesa por sorpresa 2. Y en última instancia, logró aceptar lo sucedido como un revés de la vida al que solo cabe sobreponerse con perspectiva. Aunque para todo aquel que ha crecido con su voz entre grandes clásicos del cine resulta inevitable no sentir empatía por el dolor sufrido tras verla cantar así en la secuela:

Pensaba que mi voz era mi activo, mi talento, mi alma”, confesó a The Hollywood Reporter en 2015. “Y finalmente tuve que llegar a la conclusión de que eso no era lo único de lo que yo estaba hecha”.

Y en efecto, Andrews siguió adelante con su carrera a través de nuevos papeles y proyecto diversos. Tal y como relata en su autobiografía de 2019, Home Work, Martin Scorsese le ofreció el papel de la tía Emma en El lobo de Wall Street –algo que habría aceptado de no haberse sometido a una cirugía reciente. Pero en 2015 la vimos reaparecer por sorpresa en los Óscar, saludando a Lady Gaga (quien le rindió homenaje interpretando una mezcla de temas de Sonrisas y lágrimas). Y dos años después estrenó en Netflix su deliciosa serie televisiva para preescolares Julie entre bambalinas, junto a su hija, Emma Walton Hamilton, además de un montón de adorables marionetas.

De todas formas, Andrews parece ser consciente de que en este momento de su vida su lugar prioritario ya no está bajo la luz de los focos (de hecho, rechazó un cameo en El regreso de Mary Poppins precisamente para no quitarle protagonismo a Emily Blunt). Y mientras le llueven los merecidos homenajes y premios honoríficos (no olvidemos que, además de tener su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, desde 2000 es dama comendadora del Imperio Británico), de un tiempo a esta parte la actriz ha dado rienda suelta a una prolífica faceta de escritora, firmando dos memorias y más de veinte libros infantiles de gran éxito editorial y crítico.

Una nueva pasión que surgió precisamente a raíz de su desgracia y gracias al apoyo de su hija, según contó a AARP: “La fortuna quiso que por entonces nos pidieran a mi hija Emma y a mí que escribiéramos libros para niños. De esta forma inicié una nueva carrera bien entrados los 60. Chico, qué sorpresa tan maravillosa”.

Y es que, como decía su personaje en Sonrisas y lágrimas, “cuando una puerta se cierra, se abre una ventana”.

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