La historia de las rosas rojas que dejaban tres veces por semana en la tumba de Marilyn Monroe

Valeria Martínez
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Apenas estuvieron nueve meses casados, pero la huella que dejó Marilyn Monroe en la vida de su segundo esposo fue tan profunda que Joe DiMaggio, que la ayudó durante su recaída emocional cuando pasaba por su tercer divorcio, fue quien pagó los gastos de su funeral y el hombre que pasó 27 años después de su muerte recordándola cada semana. Como mínimo tres veces por semana.

Marilyn Monroe (RadialRP, GTRES)
Marilyn Monroe (RadialRP, GTRES)

Cuando hablamos de los amores de Norma Jean solemos recordar primero a Arthur Miller. Y es comprensible, por un lado porque fue el matrimonio más duradero de los tres que tuvo y porque la relación rellenó los tabloides de la era al formar una de las parejas más desparejas pero interesantes de Hollywood. Y es que en una época en donde el feminismo brillaba por su ausencia en la industria del cine, Monroe no era más que un icono sexual del celuloide y el mundo veía su relación con curiosidad por estar formada por un intelectual y una sex symbol.

Pero antes del escritor, Marilyn solo tenía ojos para Joe DiMaggio. Se conocieron en 1952 cuando el exjugador de béisbol profesional -todo un héroe de los Yankees de Nueva York- le pidió a un amigo en común que concertara una cita con ella tras ver sus películas. Marilyn estaba en pleno ascenso profesional y accedió a cenar con él a regañadientes dado que estaba convencida de que el hombre sería un deportista arrogante. Pero la cita fue un éxito y continuaron su romance escondiéndose de la prensa durante más de un año hasta que el 14 de enero de 1954 se casaron en secreto. O no tan secreto. La idea era hacerlo a espaldas de los paparazis, pero aparentemente Monroe mencionó sus planes a alguien del estudio, quien lo filtró a la prensa. Por ende, al llegar al ayuntamiento de San Francisco se toparon con los fotógrafos que los estaban esperando.

DiMaggio ya se había retirado como deportista profesional y según diferentes biografías, buscaba una vida tranquila y estable. No le gustaba la imagen sexual que la industria mostraba de su esposa y según cuentan las malas lenguas habían llegado a un acuerdo mutuo para que Marilyn no explotara tanto esa faceta. Mientras que ella había pasado toda su vida buscando una figura paterna y al hombre que nunca la abandonaría como hizo su padre. Y es probable que confundiera la actitud posesiva de Joe como protectora. Sin embargo, ninguno de los dos terminó encontrando lo que buscaba. Al momento de comenzar su vida juntos como marido y mujer, la carrera de la actriz subía como la espuma y los problemas comenzaron enseguida. Incluso en la misma luna de miel cuando Monroe decidió dejar a su marido en Japón para viajar a Corea a visitar a las tropas estadounidenses (History). Se reencontrarían en EEUU donde las cosas no hicieron más que empeorar.

Joe no comprendía a Monroe” dijo un amigo del hombre llamado Robert Solotaire según el libro Joe and Marilyn: legends of love (vía New York Post). “Ahí estaba esa mujer joven y hermosa a punto de convertirse en una de las actrices más exitosas y famosas del mundo ¿y lo iba a dejar todo para hacer lasaña y pasar sus días cambiando pañales?” dijo. “Ella se había acostumbrado a la guía paternal y el lado protector de su personalidad” añade la amiga de la actriz, Lotte Goslar.

En 1954, y tras varios meses de tira y afloja con los ejecutivos de Fox, Marilyn había conseguido que renovaran su contrato con un salario más acorde a su estatus de estrella y proyectos más interesantes. Uno de ellos era la comedia de Billy Wilder, La tentación vive arriba. Fue durante aquel rodaje que vivieron la bronca del siglo. Según escribió el periodista de Palm Springs Desert Sun por entonces, el propio Wilder había convocado a la prensa el día de la grabación de la escena del metro cuando Marilyn se planta encima de las alcantarillas neoyorkinas para dejar que el aire levante la falda de su vestido blanco. Era el momento ideal para promocionar el rodaje y sin dudas funcionó. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y aun hoy en día sigue siendo una de las más icónicas de la actriz. Pero al ver a decenas de hombres mirando las piernas de su esposa, tomando fotografías y aplaudiendo el momento, DiMaggio brotó en cólera. La pareja tuvo una fuerte discusión en la entrada del teatro que aparece en la secuencia y un par de semanas después, al volver a Hollywood, Marilyn presentaba la demanda de divorcio citando sufrir “crueldad mental” por su parte.

274 días es todo lo que duró el matrimonio y aunque Marilyn encontró consuelo en los brazos de Marlon Brando y luego Arthur Miller, Joe se sometió a terapia, dejó el alcohol y buscó otros intereses profesionales en los que ocupar su tiempo. Pero nunca estuvo muy lejos de ella.

Marilyn se casó de nuevo en 1956 con el escritor y dramaturgo, Arthur Miller, viviendo uno de sus romances más criticados y publicitados. Pero la turbulenta relación llegó a su fin en 1961, dejando a la actriz en un estado emocional tan frágil que se internó en una clínica psiquiátrica de Manhattan. Fue el propio DiMaggio quien la sacó de allí para llevarla con él a Florida, donde trabajaba como entrenador, para que pudiera descansar y relajarse.

Si bien a DiMaggio no le faltaron mujeres y hubo muchos rumores que señalaban sus posibles conquistas, él solo tenía ojos para su exesposa. Los rumores de reconciliación los persiguieron hasta la muerte de Marilyn el 5 de agosto de 1962, aunque ellos aseguraban que solo eran buenos amigos.

Según la biografía escrita por Maury Allen, DiMaggio había dejado el puesto que tenía por entonces el 1 de agosto de 1962 porque iba a pedirle matrimonio de nuevo. Cuatro días más tarde, el cuerpo de Marilyn era descubierto sin vida a consecuencia de una sobredosis de barbitúricos. Pocos lo recuerdan pero fue Joe quien se hizo cargo del funeral y organizó una ceremonia privada prohibiendo la entrada a varios famosos y la familia Kennedy, incluyendo al presidente John F. Kennedy.

Joe nunca volvió a casarse y durante los siguientes 27 años, hasta su propia muerte a los 84 años el 8 de marzo de 1999, envió media docena de rosas rojas tres veces por semana a su tumba. Era la promesa que le había hecho a la actriz, quien le pidió que si moría antes que él, quería flores en su cripta cada semana como William Powell hizo por Jean Harlow. Solo que Joe multiplicó su deseo por tres.

Hay quienes ven esta anécdota como un cuento de amor verdadero, mientras otros sospechamos de los límites que habría superado la obsesión de Joe DiMaggio por Marilyn. Solo ellos dos supieron lo que vivieron en realidad, aunque los celos del deportista fueron documentados en varias biografías y reportajes desde entonces. Existen rumores que señalan a la obsesión de Joe asegurando que tras el divorcio pasó un tiempo persiguiendo a la actriz, llevando una barba falsa y esperando verla en el lobby del hotel Waldorf Astoria. Incluso existe una historia que incluye a Frank Sinatra, quien habría acompañado a DiMaggio en un intento por pillar a la actriz in fraganti con su coach vocal, un chico llamado Hal Schaefer. Según cuenta New York Post, entraron a otro apartamento por error, asustando a una mujer de 50 años que enseguida llamó a la policía (por muy mucho Sinatra que fuera). El cantante terminó pagando $7.500 a la mujer en un acuerdo fuera de los juzgados, y aunque la historia llegó a los medios, DiMaggio negó toda su vida haber estado implicado.

Incluso su abogado, Morris Engelberg, dijo que las últimas palabras de Joe antes de morir fueron “Finalmente veré a Marilyn”. ¿Amor incondicional u obsesión? Quizás ni él lo sabía con total seguridad.

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Fuentes: History, New York Post, Wikipedia, Biography, The New York Times