Robert Redford, un superviviente de las tragedias

Hay un antes y un después en los galanes de cine y eso se lo debemos a Robert Redford. Su pelo rojizo, sus aires de chico rebelde y su look cero encorsetado rompieron moldes y arrancaron suspiros desde sus primeros trabajos en Hollywood. Con él llegaron las camisas abiertas, el pelo en pecho, los jeans ceñidos y esas miradas de película a las que cayeron rendidas, al menos delante de las cámaras, Jane Fonda, Barbra Streisand o la mismísima Meryl Streep. Pero como todos, Redford también esconde un pasado en el que la galantería no era precisamente su plato fuerte.

Robert Redford en el Festival de cine de Marrakech en diciembre de 2019 (Bestimages, Romuald Meigneux, Gtres)

Difícil de imaginar, ¿verdad? Pues tan cierto como que ganó dos premios Óscar, uno de ellos Honorífico. El protagonista de la inolvidable El golpe (1973) era el patito feo en su niñez. Así mismo lo ha confesado el propio Redford, quizás por eso lo de estar en la lista de los hombres más sexis y deseados del planeta le tomó por sorpresa.

Ahí donde le vemos, el director del Festival de Cine de Sundance desde más de treinta años, no fue precisamente el chico guapo de la clase. Este hombre con encanto incluso a sus 83 años pasaba más bien desapercibido entre sus compañeras. “De niño tenía los dientes muy grandes, el pelo demasiado rojizo y muy salvaje y la cara llena de pecas, explicó en una entrevista a el diario El País hace un par de años. Quizás por eso lo de convertirse en todo un sex symbol años después fue algo que le costó asimilar.Lo del físico llegó mucho más tarde y me sorprendió. No estaba preparado para ello”, aseguró.

A lo bueno uno se acostumbra pronto. Así que ese joven californiano de pelo claro y sonrisa de anuncio no tardaría mucho en aceptar las reglas del juego de ese universo llamado Hollywood. El inolvidable Sundance Kid de Dos hombres y un destino (1969) en la que compartió planos con otro guapo entre guapos como Paul Newman (otra leyenda con una historia para tener en cuenta), pronto se convertiría en un reclamo para los directores que se lo rifaban. Sidney Pollack, Roy Hill, Arthur Penn… todos le querían en sus créditos. Hizo sus pinitos en la televisión pero el celuloide no tardó en echarle el ojo a este pelirubio de ojos azules. Fue llegar y besar el santo.

Él nunca se llegó a creer el cuento. Su infancia humilde en una familia californiana de clase trabajadora le enseñaron a tener los pies en el suelo. Tuvo que crecer a marchas forzadas antes que otros niños al sufrir de esa terrible enfermedad llamada polio, lo que le hizo más responsable y maduro de lo normal a esas edades. No llegó a ser un caso grave pero sí lo suficiente como para que con su recuperación su madre le regalase un viaje al parque natural de Yosemite. Cuando tenía unos 11 años sufrí la polio. Fue un caso leve y me libré de un tratamiento que entonces era terrorífico. Pero tardé unas cuantas semanas en recuperarme, explicó el que en su madurez se convertiría en un activista y defensor del medio ambiente. El regalo de su progenitora a esa reserva natural le hizo abrir los ojos y tener un gran sueño. “Supe que de mayor quería tener dinero para comprar tierra y preservarla, jubilarme admirando su belleza”, explicó.

Y así, entre película y película, cumplió su sueño. Tiene dos residencias en el campo. Una en Santa Fe, Nuevo México, y la otra en Sundance, Utah. Allí escala, sube montañas, escucha el río y disfruta del silencio del bosque, todo ello bajo un cielo que no lucha contra la polución ni los rascacielos para dejarse ver. Difícil de creer que una estrella de Hollywood de su envergadura haya sabido manejar tan bien el estrellato y no al contrario. Es lo que tiene haber sufrido en la juventud, la madurez llega antes de lo previsto y te permite ver las cosas desde otra perspectiva. Pero uno no es de piedra. Perder a su madre cuando apenas tenía 18 años fue otro duro golpe que le costó mucho superar y que le llevó a coquetear con el alcohol.

Afortunadamente le ganó el pulso a la adicción. Motivos para dejarse arrastrar y dominar por ella tuvo unos cuantos. Además de los ya mencionados, el que fuera El gran Gatsby antes de Leonardo DiCaprio, sufrió la peor pérdida que una persona puede experimentar, la muerte de un hijo. Mientras su carrera ascendía como la espuma en la meca del cine, Redford veía cómo su vida personal se desmoronaba. Casado con Lola Van Wagenen, la pareja tuvo cuatro maravillosos hijos que llenaron su vida de dicha. Había formado la familia que siempre deseó y todo iba por el buen camino. Hasta que llegó la tragedia. El pequeño Scott, su primogénito, falleció de muerte súbita. Ocurría apenas cinco meses después de su llegada al mundo, en 1959. “Como padre tiendes a culparte a ti mismo, eso te deja una marca que nunca se curará”, ha expresado en más de una ocasión.

Un duro episodio que no olvidó jamás pero que le sirvió de trampolín para seguir luchando con más ganas si cabe. Una fuerza que necesitaría por todo aquello que estaba por suceder. Después de Scott llegaron tres hijos más con Lola, Shawna, James y Amy, sus tres grandes tesoros y su alegría de vivir. La familia crecía y su reconocimiento mundial también, pero su vida personal se veía de nuevo azotada por la desgracia. Hay quien incluso habla de la maldición de los hijos de Robert Redford por todo lo que le tocó sufrir. Como si el fallecimiento de Scott no hubiera sido suficiente, James, su otro hijo, tuvo problemas de hígado y necesitó de un trasplante inmediato para sobrevivir. Lo consiguió pero a la semana falló volviendo de nuevo a la terrible lista de espera. La suerte le vino a ver y el joven pasó de nuevo por quirófano, esta vez para salir victorioso de la operación.

Pero aún le esperaba otro gran disgusto. Redford vería cómo su hija Shawna caía en una profunda depresión al presenciar cómo asesinaban a su novio en la universidad de Boulder, en Colorado. Su fatal estado de ánimo le llevó a tener un terrible accidente de tráfico que casi termina con su vida. Durante algún tiempo pensaron que nunca volvería a caminar. Pero su espíritu luchador le empujó a salir adelante y hoy en día es una reconocida pintora. Tanto ella como sus dos hermanos son el orgullo del actor, a quien han bendecido con la llegada de los nietos.

Por eso, ahora que ya es octogenario, que ha vivido, sufrido y experimentado todo y más, ha sentido que es un buen momento para despedirse de los focos, las cámaras y el acción. Lo anunció al cumplir los 81 años. Se lo ha ganado a pulso. Pero que quede una cosa clara, cuando habla de parar se refiere a su carrera de actor, lo de retirarse del todo no entra en sus planes. “Llevo haciendo esto desde que tenía 21 años y soy octogenario ya. Quizá haya llegado el momento. No tanto de parar, sino de moverme en otra dirección”, explicó a El País. Un camino más centrado en la producción y dirección y a su propio ritmo, sin prisa, disfrutando del viaje. Ya no tiene nada que demostrar, tan solo disfrutar y hacer disfrutar a los demás, algo en lo que es un genio. Saber que su mano todavía ronda en proyectos cinematográficos es motivo de alegría para los que amamos el cine. La palabra gracias, señor Redford, se queda corta.

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