La historia real del hombre que pasó 30 años enviando mensajes a extraterrestres desde el sótano de sus abuelos

Valeria Martínez
·6 min de lectura

En esta ocasión les traigo la historia real de un hombre que pasó 30 años de su vida dedicándose de lleno a una afición que el cine y la ciencia ficción han explorado decenas de veces. Les hablo de John Shepherd, el protagonista de un nuevo documental de Netflix que pasó tres décadas enviando mensajes musicales al espacio con la intención de hacer contacto extraterrestre desde el sótano de sus abuelos.

Se titula John quería contactar con extraterrestres y es de los cortos más entrañables disponibles en la plataforma.

John quería contactar con extraterrestres (Cr. Courtesy of Netflix/2020)
John quería contactar con extraterrestres (Cr. Courtesy of Netflix/2020)

La existencia de vida extraterrestre es una de las incógnitas más explotadas por el imaginario popular. Sin ir más lejos, el cine ha recurrido a ella para contarnos infinidad de películas de terror, dramas familiares y existenciales, y hasta alguna que otra comedia. Incluso las hay que dicen estar basadas en historias reales como fue el caso de Fuego en el cielo (1993), una cinta que, personalmente, traumó varios años de mi adolescencia.

Sin embargo, sea cual sea el subgénero de la trama, en la mayoría suele existir un personaje que funciona como denominador común, un creyente o ser apasionado que dedica todos sus esfuerzos para hacer contacto con el espacio sideral. Jodie Foster es la más emblemática con su papel en Contact (1997), pero también lo vimos en la fascinación que siente el personaje de Amy Adams en La llegada (2016) cuando comienza a entablar comunicación con seres extraterrestres o la pasión que transmite Richard Dreyfuss en Encuentros en la tercera fase (1977). Sin embargo, mientras el cine creaba historias sobre invasiones alienígenas, abducciones y aventuras espaciales con seres de otro planeta haciendo contacto (para bien o para mal, según la intención de la historia), había un hombre anónimo en un pueblito rural de EEUU dedicándose de lleno a la comunicación con las estrellas.

A lo largo de 16 minutos, John quería contactar con extraterrestres nos cuenta la increíble historia de John Sheperd, una especie de “Ellie” (la científica apasionada de Jodie Foster en Contact) que sin estudios científicos creó un sistema de comunicación espacial en casa de sus abuelos, enviando señales a diario a lo largo de 30 años.

John era un hombre solitario desde su infancia. Abandonado por sus padres de pequeño y adoptado por sus abuelos, vivía una vida recluida en su imaginación. Su mente viajaba continuamente por el espacio sideral pensando en otros planetas y en cómo sería el contacto con seres extraterrestres, mientras su cuerpo crecía en una zona rural de Michigan donde no sentía que podía ser tal y como era. Siempre supo que era “diferente”, algo que confirmó cuando se dio cuenta que era homosexual entre los 12 y 14 años. Debido a la zona donde vivía, sin la comprensión necesaria y los clichés prejuiciosos habituales, John se recluyó en la gran pasión de su vida: comunicarse con extraterrestres a través de la música.

John quería contactar con extraterrestres (Cr. Courtesy of Netflix/2020)
John quería contactar con extraterrestres (Cr. Courtesy of Netflix/2020)

Fue a mediados de los años 60s, justo cuando se emitía Más allá del límite en televisión, que comenzó a pensar en cómo podía hacer su sueño realidad. Con ayuda de su abuela, que compartía su afición por los temas “exóticos” -como lo describe él según The Guardian- investigó sobre ondas radiales, y en 1972 comenzó a enviar una serie de sonidos electrónicos desde la sala de estar de sus abuelos. De esta manera comenzó un viaje extraordinario al que llamó “Proyecto STRAT” (unas siglas que se traducirían como “Investigación y seguimiento especial de telemetría”), involucrando a sus abuelos en el proceso mientras la idea se expandía e iba tomando cada rincón de la casa. Tanto fue así que juntos invirtieron sus ahorros para expandir la vivienda y seguir extendiendo el proyecto, viviendo rodeados por osciladores de doble canal, tubos de rayos catódicos, pantallas gigantes y un transmisor de baja frecuencia que enviaba señales a millones de kilómetros. Algo así como “dos veces la distancia a la Luna”.

Los mensajes eran sonidos musicales que transmitía con la gran torre construida frente a su casa. Envié música al espacio porque representaba un cierto lenguaje universal” explica John en el cortometraje, especificando que no enviaba música comercial sino “jazz, electrónica, Kraftwerk, Tangerine Dream, Harmonia, música africana, música del este. reggae, afrobeat…”

Invirtió todo su tiempo, dinero y energía para enviar sus mensajes a diario como si se tratara de un programa radial. “Si los ETs me están escuchando, engánchense de nuevo mañana para más música cultural” se lo ve decir al terminar una de sus transmisiones en un vídeo grabado en los 70s.

John fue noticia en su país cuando su obsesión llamó la atención de reporteros locales y nacionales, y hasta tuvo sus minutos de gloria cuando fue entrevistado por Joan Rivers en un video que todavía puede verse en YouTube. Allí lo vemos con su cabello largo y su barba, apretujado entre dos ufólogos mientras la periodista prácticamente se burla de su pasión, señalando que, 16 años después, los extraterrestres todavía no le habían devuelto la llamada.

Al final… ¿lo consiguió? Por mucho que me gustaría decirles que sí tras quedarme prendada de su entrañable historia y el emotivo estilo narrativo del cortometraje, ya imaginarán la respuesta. Si bien nunca perdió el entusiasmo, John nunca recibió el mensaje que esperaba.

Dirigido por Matthew Killip, hijo de un aclamado director de fotografía documental británico llamado Chris Killip, supo de la historia de John al ver una foto suya en un libro sobre culto extraterrestre, “rodeado de maquinaria” junto a su abuela tejiendo a su lado y supo que tenía que contar su historia.

John quería contactar con extraterrestres ganó el premio al mejor cortometraje documental en el pasado Festival de Sundance, resumiendo la vida de su protagonista en 16 minutos cargados de empatía, dramatismo e incredulidad mientras se adentra en la parte más personal de la historia: la necesidad de John por hacer contacto. Lo que en un principio parece ser un documental sobre un personaje bizarro se termina revelando como una pieza artística centrada en un personaje con un alma especial que anhelaba ese contacto, pero no solo con el espacio sideral. John era un hombre solitario que se sentía tan diferente a los demás que volcó todos sus esfuerzos en recluirse en su afición; sin embargo, soñaba con encontrar una alma gemela. Un ser compatible con quien compartir su vida.

Fue en 1993 cuando conoció a John Litrena, “haciendo contacto” por fin por primera vez en su vida. Ahora tan solo quedan los recuerdos de un hobby del pasado, con un sótano repleto de cables, aparatos y consolas. Piezas de un laboratorio que tuvo que desmantelar en 1998 ante la falta de dinero para continuar. Pero lo guarda todo. Todavía mantiene cada pieza intacta a la espera, quizás, de algún día volver a intentarlo.

En uno de los momentos más personales del corto, Sheperd compara su vida como un camino en “una carretera de montaña solitaria” que cambió el día que el amor tocó a su puerta.

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