La historia real de asesinatos en un edificio de Madrid que inspiró a 'Malasaña 32'

PUNTUACIÓN: 68/100

Malasaña 32, además del nombre de una calle es el título de la nueva película de Albert Pintó, una historia de terror que va más allá de un guion. Los escalofriantes hechos que relata están basados en un caso real que tuvo lugar en Madrid hace más de medio siglo. Una cadena de asesinatos que convirtió a una vivienda de la capital española en un lugar maldito del que la prensa de aquella época se hizo eco atónita y sin ninguna explicación.

Cortesía de Warner Bros.

Pintó se empapó, entre otras muchas cosas, de esta ola de crímenes que conmocionó a la sociedad madrileña y que le inspiró para dar forma a su ansiado proyecto. Básicamente, hasta 10 personas fallecieron allí de manera violenta en un plazo de veinte años.

Para empezar, Malasaña, 32 no existe como tal, es un lugar inventado. De hecho, el escabroso edificio que vemos en las imágenes de la película en realidad está en la calle San Bernardino. Lo que sí rescató el director al pie de la letra de los hechos ocurridos fue la idea de mostrar una casa con presencias malignas que destrozan las vidas de quienes allí habitan.

El que esté inspirada en hechos reales hace que la película lleve su efecto aterrador un poco más lejos, incluso más al tratarse de casos nacionales como hizo Verónica. Los sucesos que inspiraron este libreto ocurrieron en un edificio de la Calle Antonio Grillo, 3, de Madrid donde se vivieron situaciones horrorosas entre los años 40 y 60. El caso más impactante lo protagonizó José María Ruiz en una de sus viviendas un 1 de mayo de 1962. Un sastre para todo el mundo normal y sin problemas aparentes que acabó con la vida de su mujer y sus cinco hijos con un martillo y un cuchillo, para después llamar a la policía para confesar su crimen. Los efectivos se preocuparon al oír la voz del asesino alterado en el departamento, pidiendo a los bomberos que se prepararan fuera en caso de que saltara por la ventana, tal y como recoge La Vanguardia. Finalmente, forzaron su entrada tras una explosión encontrando al autor muerto de un disparo. Los inspectores que vivieron los hechos de primera mano llegaron a decir que el hombre sufría una especie de enajenación mental en el momento de los hechos imposible de explicar.

El primer caso extraño ocurrido en este portal ocurrió un 5 de noviembre de 1945 cuando encontraron el cuerpo sin vida de un camisero de 48 años, asesinado con un candelabro. Luego, en septiembre de 1948, volvió a tener lugar otro suceso con otra víctima masculina a la que habían atacado en la parte trasera de la cabeza. Y en 1964, una mujer que se había convertido en madre soltera mató a su bebé para evitar que la gente conociese su “deshonra”. Por aquella época lo de quedarse embarazada sin estar casada era un pecado mortal. Un hecho que Pintó aborda muy bien en Malasaña, 32 como reflejo de una sociedad arcaica que comienza a ver la luz con la muerte de Franco pero a la que le queda mucho por hacer para salir de las sombras.

La película juega con estos casos para contarnos una historia que entraría en el subgénero de las casas embrujadas contando con la familia Olmedo como protagonistas, que llegan del pueblo a la ciudad para labrarse un mejor porvenir y huir de las críticas rancias de los lugareños. La relación amorosa de sus protagonistas, ambos con vidas y relaciones anteriores, es la comidilla de todos, un escándalo del que prefieren poner distancia. Ilusos, lo venden todo y marchan a la capital donde les esperan buenos trabajos. A ella en las ya inexistentes Galerías Preciados y a él en la fábrica de transportes Pegaso.

Una trama que nos hace recordar y mucho a la película de James Wan, Expediente Warren (The Conjuring, 2013), también nutrida de hechos reales basados en los casos investigados por los especialistas paranormales, Ed y Lorraine Warren. En este caso el matrimonio se trasladaba con sus cinco hijas a una granja donde también sucedían situaciones terroríficas y habitaban seres extraños. El lugar está marcado por la brujería, el demonio y las maldiciones que despertaban con la llegada de sus nuevos inquilinos.

Cortesía de Warner Bros.

Lo mismito que en Malasaña, 32. No lo vamos a negar, tiene muchos puntos en común con ella y con el resto de películas de otra saga similar y de casas embrujadas como Insidious. Pero con el toque personal de Pintó, un amante del cine de terror y más concretamente del asiático y de directores como Hideo Nakata y Takashi Shimizu. El filme, que llega este viernes 17 de enero a los cines, es un cumulo de sustos, sombras y situaciones propias de las películas de miedo de toda la vida. No se come la cabeza con elementos mágicos ni se complica con efectos multicolores o tecnología punta. Al contrario, se aferra a las situaciones clásicas de este género como que se enciendan y apaguen luces, se escuchen voces de fondo y se muevan cosas sin venir a cuento. También en este caso hay una persona con poderes especiales que intentará quitar del medio al malo de la historia, es decir el demonio. 

La encargada de poner orden en este caos es Concha Velasco, o mejor dicho, su hija en la película. La joven, que sufre de una parálisis, es capaz de percibir el mal y deshacerse de él. Pero en esta ocasión no le será tan fácil. Y hasta ahí podemos leer. Lo que sí podemos gritar a los cuatro vientos es lo bien que lo hace la veterana actriz española. No sale más de un cuarto de hora pero su aparición estelar es de lo mejor que tiene la película. Oro puro.

El resto del reparto también se merece una buena nota. No son actores demasiado conocidos pero tampoco se echa de menos que así sea. Uno está tan metido en la historia que se olvida de los apellidos de renombre en el reparto. Además de Iván Marcos y Bea Segura, como los cabeza de familia, cabe destacar el papelazo de la joven actriz Begoña Vargas. Por una razón que no podemos desvelar el espíritu la toma con ella y los momentos que nos regala son de auténtico pánico. Un miedito que ella misma reconoce haber sentido en varias escenas y que el espectador, hablo por mi, también sufre.

La nueva aventura cinematográfica de Pintó cumple todos los requisitos que se necesitan en una película de miedo. Sorprende, asusta y te mantiene alerta durante la hora y cuarenta y cinco minutos que dura. En ningún momento se hace cansina ni hace alarde de lo que no es. Los sustos llegan en su justa medida, no hay demasiada sangre y cumple su misión: causar miedo y hacer que revises las habitaciones de la casa antes de acostarte, sólo por si acaso. Una buena opción que demuestra el buen estado de salud del cine de terror español.

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