¿Criamos hembras y machos o seres humanos? Los mitos que pueden afectar la vida de tus hijos

Berna Iskandar
Colaboradora

Colores, juegos, emociones de niña o de niño…. una cosa o la otra sin dejar paso a matices, reflexiones, descartando la posibilidad de formas amplias y ricas para vivir y desarrollar las feminidades y masculinidades. Desde que estamos en el vientre materno y al nacer ya comienzan a condicionarnos las creencias culturales y sociales sobre lo que debe ser o no debe ser, lo que se puede esperar o no del comportamiento de un hombre o una mujer y que a menudo nada tiene que ver con los atributos biológicos ni el ser esencial del individuo.

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¿Cómo se cría al macho?

Asumiendo que la violencia refuerza la masculinidad. Educando a los varones con juguetes bélicos y deportes agresivos. Reprimiendo el derecho a la expresión de las emociones o los sentimientos que nuestras sociedades vinculan con la feminidad, como el miedo, la ternura, la tristeza. Como si hubiera emociones de hombres y emociones de mujeres, como si las emociones no fueran simplemente humanas.

“Un niño ni llora, ni tiene miedo, porque eso es de mujercitas. Que el niño juegue con muñecas comporta un riesgo para su desarrollo”. Un varón que habla de sus sentimientos o canta canciones de cuna, es tierno con los hijos… hace despertar sospechas.

El modo mayoritario de entender la masculinidad se recoge en frases como, sea macho y jale caña, sea macho y pise el acelerador, sea macho y aguante el dolor, sea macho y pelee, dispare, sea macho y seduzca a muchas mujeres, lléveselas a la cama... o como escuché decir en clave de ironía al psicólogo venezolano Antonio Pignatiello experto en masculinidades: un hombre no se siente triste, está molesto, un hombre no está asustado, está rabioso; un hombre no está conmovido, está enfadado, cabreado... El mismo Pigniatello preguntaba en aquella ocasión, ¿por qué vivimos la masculinidad como algo que estuviera siempre a punto de perderse?... Y yo pregunto, ¿podrán algún día estos hombres recordar quiénes eran antes de que el mundo les dijera quienes debían ser? ¿Podremos algún día padres y madres darnos cuenta del daño que hacemos criando machos y hembras en lugar de criar a seres humanos?

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El doctor Benno de Keijzer, médico mexicano con maestría en salud pública, en su estudio “El varón como factor de riesgo” presenta una hipótesis que relaciona la socialización del modelo dominante de masculinidad, con cierto tipo de enfermedades y de muertes. La construcción del género en la crianza que vincula y refuerza la masculinidad con violencia se relaciona, entre otras, con prevalencias masculinas de suicidios, adicciones, infartos, cáncer de próstata (es muestra de debilidad ir al médico o dejarse examinar), criminalidad, terrorismo, accidentes de tránsito mortales, violencia basada en género y otras devastadoras estadísticas, todas con cara de hombre. Criando así se cree que formamos hijos varones fuertes pero la realidad es que conseguimos todo lo contrario. Engendramos masculinidades que convierten a nuestros hijos varones en riesgo para sí mismos, para otros hombres y para las mujeres. Entregamos la cabeza de nuestros hijos y también de nuestras hijas en bandeja de plata a un orden social patológico.

¿Y a las “hembritas”, cómo se les cría?

En un pasado reciente se las criaba para ser castas esposas al servicio de la reproducción. Ahora para ser mujeres hipersexualizadas al servicio del placer de los hombres. Todavía se cree o directamente se dice, palabras más o menos, las niñas quietecitas y calladitas se ven más bonitas. Así vamos modelando, socializando sin percatarnos de ello, a víctimas de toda clase de violencia explícita (violaciones, acoso, explotación sexual, femicidios…) e implícita (pérdida de autonomía económica, sueldos más bajos que los hombres, menos acceso a bienes y patrimonio, más trabajo y responsabilidad doméstica que los hombres...)

Educamos a criaturas vulnerables ante amenazas y disminuidas frente a oportunidades de empoderamiento. Criamos niñas bajo modelos y creencias que las predisponen a desarrollar mayor dependencia, vulnerabilidad e incluso pobreza, en comparación con los hombres. No es retórica. La realidad se revela constantemente en cifras concretas publicadas por organismos internacionales facultados en la materia. Las más afectadas a escala poblacional somos las mujeres.

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Ahora te invito a hacer un ejercicio de reflexión y si quieres me comentas qué te parece esta lista de mitos y realidades sobre criar varones y mujeres. Reflexionemos sobre las maneras en que estos ejemplos pueden afectar la vida presente y futura de tus hijos y de tus hijas:

MITO: Se cree que el hecho de que un niño juegue con muñecas comporta riesgo para el desarrollo de su masculinidad.

REALIDAD: Los niños que juegan con muñecas tienen más chance de sensibilizarse y socializarse en el disfrute del rol paternal amoroso y cuidador, posibilitándose así más paternidades presentes en nuestras sociedades.

MITO: Se cree que los varones no deben llorar porque se criarán débiles y “afeminados”.

REALIDAD: Los varones también sienten tristeza, dolor, miedo y necesitan expresarlas de forma oportuna, transparente y saludable… ¿O te parece mejor reprimir las emociones para luego acabar con infartos, depresiones, suicidios o sacándolas con rabia o violencia como única posibilidad para “los machos”?

MITO: Se cree que el trabajo doméstico, cuidar a los niños, etc., es cosa de mujeres. A las niñas desde pequeñas se les exige ayudar en la casa con las tareas domésticas, a los niños no, porque podrían afeminarse.

REALIDAD: Las obligaciones de los miembros de la familia, incluyendo el trabajo doméstico (lavar platos, cocinar, limpiar la casa, cambiar bombillos, hacer reparaciones, plomería…) se asignan en función de factores como la edad, la habilidad y la capacidad. Los genes que determinan el sexo tienen muy poco o nada que ver con la mayoría de los oficios o tareas. Es verdad que solo las mujeres podemos parir, amamantar, que sería óptimo para la cría que fuera la madre quien la cuide, pero el hecho de que se desarrollen dentro del mismo lugar, no quiere decir que la maternidad y los oficios domésticos sean la misma cosa.

MITO: Se cree que las mujeres deben ser socializadas para el cuidado, la asistencia, el apoyo, la atención y el servicio a los demás. En la mayoría de las sociedades casi siempre es mujer la que lava, plancha, cocina, limpia, cuida enfermos, es amorosa y afectuosa con sus padres, hijos, hermanos, es la secretaria o la asistente del jefe. En cambio se parte de la idea de que los varones deben ser educados para el logro personal, la conquista económica, territorial, patrimonial (de padre, masculino).

REALIDAD: El logro de estabilidad económica y patrimonial es un derecho común de hombres y mujeres. La capacidad y la obligación de cuidar a la familia y a otras personas también es una cualidad humana que no se limita a un solo sexo.

Mamá y papá, la reproducción de este modo en que criamos hembras y machos es de responsabilidad compartida por hombres y mujeres, lo cual nos remite a una solución que también debe ser coproducida por hombres y mujeres.

La invitación, como siempre, es a vivir la aventura del darse cuenta, observando la misma realidad cotidiana en el ejercicio de la crianza dispuestos a cuestionarnos el modo en que lo hemos hecho siempre y abrirnos hacia posibilidades más conscientes.

Ya sabes lo que digo siempre: no le tengas miedo al cambio, ten miedo a quedarte atascado en esquemas vencidos y dañinos.


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Berna Iskandar es divulgadora y asesora de crianza alternativa.

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