HBO saca a la luz el drama vivido por los trabajadores del Diamond Princess, el crucero mortal del Covid-19

Valeria Martínez
·5 min de lectura

El 20 de enero de 2020 fuel día que la Organización Mundial de la Salud publicó su primer análisis de seguimiento de un nuevo coronavirus originado en Wuhan, China. Había tan solo cuatro casos detectados fuera del país. Sin embargo, para más de 3.600 personas pasará a la historia como el día que comenzaron a vivir una de las experiencias más traumáticas de sus vidas: zarpaban del puerto de Yokohama, Japón, en el Diamond Princess.

En el crucero iban 2.666 pasajeros y 1.045 miembros de tripulación que desconocían por completo la magnitud de la Covid-19, los riesgos y su rápida transmisión. Un nuevo documental de HBO retrata exactamente la ignorancia e incertidumbre que se vivió a bordo pero, sobre todo, deja en evidencia la explotación inhumana de una tripulación que pasó de ser camareros, monitores y cocineros a empleados sanitarios sin miramiento por su bien estar alguno.

Imagen de El último crucero (cortesía de HBO)
Imagen de El último crucero (cortesía de HBO)

El último crucero es un documental de tan solo 40 minutos que retrata lo vivido en aquel crucero a partir de imágenes grabadas por los propios pasajeros y tripulación. Vemos cronológicamente cómo lo que comenzó como una aventura vacacional para algunos y una travesía laboral para otros, se convertía rápidamente en el ejemplo mundial del poder de transmisión del nuevo coronavirus.

La película está dirigida por Hannah Olson, la misma que hace unos meses estrenó Baby God en HBO, el impresionante documental sobre el médico que inseminó a pacientes con su propio esperma sin su consentimiento. Y en esta ocasión consigue contagiar el agobio y el pánico de sus protagonistas ante la similitud de la experiencia con lo que vivimos el resto en tierra durante los primeros meses de propagación, con la incertidumbre social, el miedo generalizado y la actuación desesperada de los diferentes gobiernos del mundo.

Las imágenes que ilustran la experiencia parten sobre todo de las grabaciones de varios pasajeros, mostrándonos una realidad que un año más tarde refleja la misma actitud pasota del mundo hasta que fue demasiado tarde. Mientras el virus se propagaba con casos nuevos cada día, en el crucero seguían compartiendo actividades con otros viajeros, comiendo en salones repletos de gente, desembarcando en diferentes puertos para volver a subir de nuevo más tarde. Es decir, ellos vivían nuestra vieja normalidad, ajenos a la magnitud de las noticias sanitarias. Ajenos al foco de infección que estaban generando: el mayor brote de Covid-19 fuera de China.

A medida que se daban a conocer noticias y casos, poco a poco el crucero fue implementando medidas, como el uso de mascarillas, el lavado de manos y el testeo generalizado, hasta que el 15 de febrero entraba en cuarentena en las costas de Yokohama. Y mientras los pasajeros eran “protegidos” y forzados a aislarse en sus camarotes, la tripulación no tenía más remedio que convertirse en trabajadores esenciales.

Imagen de El último crucero (cortesía de HBO)
Imagen de El último crucero (cortesía de HBO)

Es a través de las grabaciones de los trabajadores que descubrimos la otra realidad que se vivió en aquel crucero. Ellos también tenían el mismo miedo e incertidumbre que los clientes ante un virus que parecía ser mortal, pero no podían aislarse. Tenían que seguir haciendo su trabajo, atendiendo a los pasajeros, desinfectando durante las 24 horas del día, cocinando y entregando 3.000 comidas tres veces al día. 

Hicimos los que nos dijeron” cuenta uno de los trabajadores. Sentíamos que solo los ricos recibían cuidados. No solo los pasajeros estaban amenazados por el virus ¿entonces por qué seguíamos trabajando?” cuestiona la repostera que intentaba no llamar a su familia y sus hijos para no preocuparles por lo que estaba viviendo.

Resulta impactante ver a los pasajeros recibiendo sus alimentos diarios en albornoz, quejándose del aburrimiento; en contraste con estos trabajadores sin equipamiento de protección sanitaria -más que una mascarilla- atendiéndolos constantemente. Los vemos quejarse de que los alimentos han bajado su calidad, que a una hamburguesa le faltaba la carne mientras uno de ellos comenta en una entrevista que “notaba que no eran tan amistosos como antes” mientras la esposa añade “ya no estaban recibiendo propina”, como si ese fuera el motivo de la actitud diferente de la tripulación.

Pero no. Lo que vemos en el documental son trabajadores, sobre todo de Indonesia, que trabajaban a destajo para cuidar de los pasajeros. El crucero completo estaba en cuarentena pero a ellos les tocó sacar adelante la situación sin opción de salir de ella, convirtiéndose en trabajadores esenciales sin experiencia, con mascarrillas como único método de protección, y cobrando poco más de 900 dólares al mes.

Ver cómo los pasajeros eran aislados, cuidados y protegidos marca un contraste evidente con el trato que recibieron los empleados, exponiéndolos igualmente al virus que circulaba en el barco. Muchos se contagiaron y escondieron que estaban enfermos por necesidad laboral, pero mantuvieron el barco a flote -nunca mejor dicho-. No tuvieron más remedio, según cuentan simplemente les tocó seguir trabajando, dejando en evidencia los privilegios que acarrea la diferencia social, incluso cuando se trata de algo tan universal como la salud.

Cuando hago mención al trato inhumano me refiero a la aparente indiferencia de los pasajeros a la hora de reconocer lo que esos trabajadores estaban haciendo por ellos; al hecho de que los convirtieron en cuidadores sanitarios como parte de sus trabajos cuando la cuarentena era para todos en general. Porque los dejaron allí abajo, en las cocinas y pasillos, moviéndose por un barco donde había casos positivos, en contacto entre ellos y con pasajeros. Porque los hacían compartir habitaciones cuando se había comprobado que había personas infectadas con el virus. Lo que vemos en el documental es que los dejaron a merced de la propagación absoluta.

El último crucero resume toda la situación que se vivió en aquel crucero, convirtiéndose en una pieza clave para descubrir la rapidez de propagación, o la existencia de pacientes asintomáticos. El último crucero está disponible en la plataforma de HBO desde el 31 de marzo.

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