HBO contraataca con Dolores Vázquez y consigue lo que Netflix nunca tuvo

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El último grado de perversidad es hacer servir a las leyes para la injusticia”, Voltaire. Es la frase que recordé ante la indignación inevitable que sentí al repasar la historia de Dolores Vázquez en el documental de Netflix, El caso Wanninkhof-Carabantes. Sin embargo, esa sensación seguramente será más grande cuando veamos la verdadera, y merecida, redención de esta mujer acusada injustamente en una serie documental que prepara HBO Max.

Y es que Dolores no solo fue condenada a pasar 15 años en prisión por el asesinato de Rocío Wanninkhof siendo inocente, sino que tuvo que sufrir la desfiguración de su imagen mientras la investigación, los medios y la sociedad la convertían en un monstruo a base de prejuicios arcaicos. Fue señalada por su físico, sus gestos o ausencia de ellos, pero sobre todo por su condición sexual, siendo declarada culpable y liberada 17 meses más tarde cuando se descubrió al asesino verdadero. Y aun así ni el juicio penal ni social le pidió perdón. Ni siquiera la ley hizo excepciones, en este caso necesarias, para indemnizar.

La plataforma hermana de HBO, que aterrizará próximamente en nuestro país y en el resto del mundo, contará a lo largo de seis episodios la historia íntegra pero desde la perspectiva de Dolores con su propio testimonio, algo que el documental de Netflix no tuvo. Se titulará Dolores: la verdad sobre el caso Wanninkhof.

Y después de más de dos décadas, ya era hora.

La verdad de Dolores Vázquez (Laura Peris Garcia, cortesía de HBO)
La verdad de Dolores Vázquez (Laura Peris Garcia, cortesía de HBO)

De esta manera, HBO Max contraataca apuntándose un tanto en el fenómeno del género true crime, consiguiendo el testimonio clave que El caso Wanninkhof-Carabantes no tiene. Es decir, mientras Netflix ha abierto la herida remontándonos al pasado con su crónica del caso, será HBO Max el que tome el testigo dando a Dolores la sanación mediática con una especie de secuela aún más necesaria.

Y no es que quiera menospreciar al documental El caso Wanninkhof-Carabantes, que aterrizó en Netflix a finales de junio. Si bien es una crónica exhaustiva de un caso que sacudió al país a comienzos del nuevo siglo, no termina de aportar datos nuevos ni cuenta con el testimonio de los implicados. Mucho menos el de Dolores. Es cierto que hace hincapié en destacar la injusticia cometida sobre ella, pero al tratarse de un repaso de los asesinatos de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, la investigación, implicación de los medios y el descubrimiento del verdadero asesino, Tony Alexander King, no termina de servir como la redención absoluta que merece la terrible historia que vivió. Su experiencia e injusticia merece ser contada al más mínimo detalle, escuchándola por fin, de una vez por todas.

Rocío Wanninkhof tenía 19 años cuando fue asesinada en La Cala de Mijas el 9 octubre de 1999. Su cuerpo fue encontrado más de tres semanas después, y en tan mal estado que hizo que fuera imposible recabar pruebas forenses que determinaran detalles importantes, como si había sido asaltada sexualmente. La ropa, que se encontraba en bolsas de basura, sirvió de prueba para sentenciar que había recibido varias puñaladas. Sin embargo, la falta de pruebas contundentes y la presión social habrían forzado la investigación por derroteros que luego se demostraron equívocos. Por ejemplo, tal y como relatan en el documental, la Guardia Civil se centró en la teoría de que Rocío no había sido violada creyendo que la posición en que encontraron el cuerpo, con las piernas abiertas, era una simulación del asesino para despistar el caso. De esta manera, descartaron la agresión sexual e incidieron en la teoría del asesinato por odio y venganza.

Y así comenzaron a interrogar a familiares y allegados de Rocío, desembocando en las sospechas contra Dolores Vázquez, vecina y expareja de la madre de la víctima, Alicia Hornos, porque su empleada de limpieza dijo haberla visto acuchillar una foto de la joven. Fue sometida a vigilancia, hasta el punto de intervenir su línea telefónica, mientras era observada por una agente femenina infiltrada en su círculo que luego declararía que era “fría, calculadora y agresiva”.

Sin embargo, la investigación sufrió filtraciones terribles haciendo que la sospecha llegara a medios de comunicación que no tardaron en publicar fotografías de Dolores caminando por su barrio, con frases que la señalaban como la “presunta asesina de Rocío”, directamente con nombre y apellido.

Y fue en ese momento que desapareció el derecho a la presunción de inocencia. El juicio social comenzaba ante la influencia mediática, incluso con el apoyo de la madre de la víctima y expareja de la acusada, cambiando para siempre la vida de Dolores Vázquez. 

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La Guardia Civil la detenía oficialmente en septiembre del año 2000, y aunque Dolores repitió su inocencia con una coartada que la colocaba junto a su madre y otro familiar, y con un historial de llamadas que ratificaban que había estado en su casa, el fiscal señaló la existencia de pruebas de microscopio que supuestamente confirmaban que dos fibras de su ropa correspondían con fibras encontradas en el cadáver. Esta prueba se repitió más tarde con un análisis de ADN que concluyó que no había similitud, pero aun así la acusación continuó, denegándole la petición de libertad provisional y mientras el sensacionalismo mediático ya había calado hondo en la sociedad española. En la calle, y antes del juicio, Dolores ya era culpable, siendo recibida con gritos de “asesina”, mientras decenas de brazos golpeaban los coches cuando era trasladada esposada de cuarteles y juzgados.

Se dijo que Dolores sentía celos de la víctima hasta el punto que la propia madre de Rocío la acusó públicamente ante los medios de haber asesinado a su hija “por venganza”, y porque ella no quería reanudar la relación. Es probable que el dolor de una madre ante semejante tragedia necesitara de un culpable urgente. Incluso, quizás, hasta Alicia Hornos fue víctima de la manipulación mediática y social. “Mentalmente es muy vengativa” decía en otros medios, mientras la familia de Dolores la tachaba de “mentirosa”. Y si bien Dolores desmintió el argumento, hablando de lo mucho que había querido a Rocío y la relación familiar que compartían, de nada sirvió. El pueblo había decidido su culpabilidad manipulados por un machaque mediático que hoy podemos observar como ejemplo de lesbofobia.

Varios medios de comunicación y la fiscalía habrían influenciado en pintar una imagen negativa, definiendo su carácter como masculino y peligroso por el mero hecho de haber mantenido una relación lésbica. Así lo describe la escritora y activista de la comunidad LGBT, Beatriz Gimeno, en su libro La construcción de la lesbiana perversa (Gedisa Editorial, 2009), donde dedica un capítulo completo a detallar el acoso prejuicioso que se hizo sobre ella. Primero recurriendo a ensalzar el hecho de que estaba soltera y sin hijos, como ejemplo misógino de mujer fría, de alguien con un halo oscuro y sospechoso. Luego describiendo su imagen física, detallándola como de “complexión fuerte” (El País) y “gran corpulencia (ABC) [La construcción de la lesbiana perversa, páginas 104-105], recurriendo a esa descripción para justificar una fuerza masculina descomunal que explicaría la actuación independiente en el crimen. Básicamente, que justificaba que Dolores podría haber movido el cuerpo sola.

Incluso los medios hicieron hincapié en destacar que Dolores hacía deporte y era aficionada a las artes marciales, como si aquello fuera sinónimo de agresividad. Se cuestionaban sus gestos, tachándolos de fríos, de no transmitir emociones, olvidando que ella también estaba sufriendo la muerte de una joven a la que había querido, además de estar padeciendo una injusticia terrible.

Imagen de El caso Wanninkhof - Carabantes, cortesía de Netflix
Imagen de El caso Wanninkhof - Carabantes, cortesía de Netflix

Y así, tal y como describe Beatriz Gimeno en su libro, el cuerpo de Dolores se convirtió en “una metáfora del miedo social a la lesbiana masculinizada” [página 107]. Su imagen pública se transformó en el estereotipo antiguo de la lesbiana perversa, celosa de las mujeres, y varonil, enfundando miedo y desconfianza, sirviendo entonces como clave definitiva para sentenciarla en un juicio social basado en los prejuicios.

Rocío fue declarada culpable y tuvo que pasar 17 meses en prisión siendo inocente, y con el terror de saber que estaría encerrada injustamente durante mucho tiempo, hasta que una prueba de ADN cotejada tras el asesinato de otra joven, Sonia Carabantes, señaló al asesino real. La Guardia Civil, el fiscal, el jurado, el sensacionalismo mediático y la sociedad se habían equivocado.

Rocío salió de prisión sin que nada cambiara. Ni fue indemnizada como se hubiera esperado, ni dejó de sufrir el escrutinio público. “Para mí, no ha terminado la lucha” dijo en 2013 cuando habló en una audiencia de fiscales, abogados, juristas y jueces de la Fundación Pombo en Madrid dedicada a la presunción de inocencia y juicios paralelos. Pidió que “se demuestre a la sociedad española que soy inocente y que siempre lo he sido”, haciendo hincapié en destacar las miradas de la gente cada vez que la reconocían en una tienda o en la calle. Destacó los pensamientos que la perseguían “las 24 horas del día” como “los insultos” recibidos, en un discurso que denotaba cansancio, tristeza y dolor.

Todavía estoy pidiendo que alguien me diga un perdón, algo” declaró.

Dolores Vázquez intentó que el gobierno pagara por la injusticia cometida pidiendo una indemnización de cuatro millones de euros. Sin embargo, tanto la Audiencia Nacional como el Tribunal Supremo lo denegaron, justificando que debía haber canalizado su reclamación a través de otro artículo. Fue en 2015 cuando su batalla quedó perdida. El TS sentenció que no excluían la pretensión indemnizatoria o que cuestionaran su culpabilidad, sino que debería haber realizado su petición con el artículo 293 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, y no con el 294.1. Pero, como ya había transcurrido el plazo de tres meses para aplicar el artículo correcto, ya no podía pedir indemnización alguna (Fuente: Confilegal). 

Según un estudio psiquiátrico al que hace referencia un artículo de El País del año 2013, el daño ocasionado sobre Dolores fue valorado en números: el especialista "le asignó un valor 35, cuando 100 es el de una persona normal". Un número que refleja a una mujer que durante mucho tiempo sospechó de cada llamada telefónica, apuntaba dónde había estado cada día y memorizaba la matrícula de los vehículos que pasaban cerca suyo. Una experiencia injusta que, según la Abogacía del Estado, supondría un pago de 62.280 euros. 

Ante la pesadilla que vivió y seguía viviendo bajo la mirada pública, Dolores Vázquez se marchó a Reino Unido donde se había instalado una de sus hermanas. Fue recién en 2020 cuando habría regresado a su Betanzos natal en Galicia.

Sin dudas, a dos décadas del calvario vivido, opino que la sociedad y la justicia aun tiene una cuenta pendiente con Dolores Vázquez. Y es algo tan sencillo como pedir perdón, reconocer con la boca bien abierta el error cometido y aprender. Pero todos, la justicia, los medios y la calle. Aprender de los prejuicios que nos castigan como sociedad, que llevan a pensar lo peor de los demás.

Netflix y El caso Wanninkhof-Carabantes consiguen dar visibilidad a Dolores Vázquez removiendo la conciencia social, judicial y mediática con el repaso de todo el caso. Sin embargo, su pesadilla real y personal la conoceremos a través de su propio testimonio con seis episodios de 50 minutos en la segunda mitad de 2021 en HBO Max (todavía no han confirmado exactamente cuándo dado que se desconoce la fecha de lanzamiento de la plataforma en España). Será entonces cuando la empatía y solidaridad que no recibió quizás, finalmente, toque a su puerta, tras vivir por dentro dos condenas paralelas, la judicial y la social, dando un giro inesperado a su vida para siempre.

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