El guión inepto y fantasioso que dejó a Luis Miguel como un canalla en la segunda temporada de su serie

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No lo logró. 

Esas son las tres palabras que quedan para evaluar en su totalidad la autenticidad y calidad de la segunda temporada de 'Luis Miguel, la serie', que en estas seis semanas, después de estrenar sus dos primeros capítulos con bombo y platillo, llega al final, sin energía, sin credibilidad, sin interés del público y sin nada que justifique el desperdicio de recursos que esta temporada del antiguo hit de la plataforma Netflix ha resultado ser.

MEXICO CITY, MEXICO - FEBRUARY 12:  Mexican singer Luis Miguel performs during a show at National Auditorium on February 12, 2015 in Mexico City, Mexico. (Photo by Luis Ortiz/Clasos/LatinContent via Getty Images)
Luis Miguel en el Auditorio Nacional en 2015. (Luis Ortiz/Getty Images)

El capítulo final abre con banalidades —pero este ha sido su sello desde el inicio de la temporada: los guiones son ineptos, los diálogos banales, las situaciones forzadas y ridículas; las caracterizaciones son estereotipos (el protagonista ingenuo y a la vez conflictivo, la novia santa, la abuela malvada, el mánager canallesco, el hermano insípido, la hija enamorada, el amigo leal que acaba siendo traidor, etcétera) y las actuaciones van de lo tibio (Diego Boneta), a lo bien intencionado pero frágil (Camila Sodi), a lo francamente inútil (Juanpa Zurita en el rol clave de Alex Basteri, aunque esto se veía venir porque el YouTuber no es actor ni tiene carisma) — y cierra con un "cliffhanger" que telegrafió desde la mitad de la temporada.

A estas alturas ya sabemos que todo lo que se presenta, es con mucha fantasía: los hechos a los que se hace alusión no fueron como se presentan. Luis Miguel jamás trató de hablar con los medios de Michelle —es bien sabido que negó su existencia hasta que fue imposible sostener ese discurso, y que de hecho la abandonó al cuidado de su madre desde 1992. Tampoco Sergio Gallego sufrió bullying. Para 1995, cuando se destapó oficialmente —no en 1994—en medios el tema de la desaparición de Marcela Basteri (la serie nos indica que ya la tenemos que dar por muerta, seguramente sepultada en una tumba clandestina en Las Matas, asesinada por el mismísmo Satanás, digo, Luisito Rey), el niño ya vivía en Boston con el famoso Doc, que es, al parecer, la única persona decente en esta historia.

Sin ningún valor histórico, con un desenlace que ya todos conocíamos (¡se va a enterar de que Michelle se fue a la cama con Mauricio Ambrosi!), haciendo de lo que siempre ha sido una especulación y un chisme barato, algo que se trata como un hecho (si Michelle decide no perdonar a su padre jamás después de esto, está en todo su derecho: es una falta de respeto), mostrando a su propia hija en escenas íntimas que él aprobó (el guionista, por muy pretencioso e inepto que sea, no se manda solo).

¿Importa si es en algún aspecto verdad lo que vimos en este capítulo final, hinchado, abotagado, desbalagado, como el resto de la temporada? 

Seamos francos: NO. 

No importa, porque el público que realmente sigue y conoce la historia de Luis Miguel y tiene memoria, sabe que lo visto en pantalla, es simplemente basura escrita para justificar actitudes basura; porque tal y como está escrito el personaje, Luis Miguel es simultáneamente un idiota y un canalla, que no siente nada por nadie excepto una desaforada pasión por sí mismo, y que puede ser manipulado con increíble facilidad, por cualquiera. Eso no es mostrar matices de vulnerabilidad; es escribir con pereza y recurrir a la caricatura sin profundizar para nada en el personaje, que además es central a la trama.

Pésima temporada esta de Luis Miguel. Anuncian la tercera y última (por razones obvias). No recuperará los niveles de la primera temporada —que ahora es ya casi de culto—y francamente ya no tiene nada qué aportar: después de todo, la época que sigue en la vida del cantante, más allá del morbo salaz, no tiene nada de interés que contar. Y en estos onerosos ocho capítulos llenos de falsedad, se notó. Esta temporada de la serie es un desperdicio, y debería tratársele como tal, jalando la cadenilla.

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