Greta Thunberg: "No quiero ser una influencer"

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Greta Thunberg en ELLESILVANA TREVALE

Greta se mueve al ritmo de la coreografía de 'Single Ladies' de Beyoncé ('Put A Ring On It') y lo hace de maravilla: como cualquier adolescente que sigue una rutina digna de TikTok. Le encanta bailar. Y eso no es algo que mucha gente sepa de la activista sueca –cuya huelga escolar desató un movimiento mundial– que ha sido nominada al Premio Nobel de la Paz en tres ocasiones, ha tenido una audiencia con el papa y que, sin el menor reparo, llama la atención a los líderes mundiales por no hacer suficiente para frenar el cambio climático. Greta Thunberg (Estocolmo, 2003) no es quien creemos que es.

En un día de mucha lluvia y sol, ELLE la fotografía en el Chelsea Physic Garden de Londres, con bastantes condiciones: nada de plásticos, ni peluquería o maquillaje y nada de ropa de diseño. Pero cuando apagamos la cámara, parece que se lo ha pasado como nunca. "Creo que la gente me ve como una adolescente enfadada, pero obviamente no me conocen. Al menos dos o tres veces al día me dan ataques de risa y no puedo ni respirar", comenta, y el mero pensamiento le arranca una sonrisa. "Puede ser por cualquier cosa. Si estoy en una habitación con otras personas, de repente se dan cuenta de que no estoy respirando y me preguntan si estoy bien y es porque –ahora se ríe con mayor intensidad– ¡no puedo parar!". Cuesta asociar la imagen de la despreocupada chica que se despide alegremente después de la sesión con su pequeño cuerpo eclipsado por la mochila de 70 litros que lleva a cuestas (la entrevista tiene lugar a mitad de su viaje en Interrail por Europa con unos amigos) con la activista que da emotivos discursos a la ONU, el Foro Económico Mundial y el Parlamento. Sin embargo, sus dos facetas –la que el mundo conoce y la personal– se han tropezado con dificultades que, en ocasiones, la han hecho sentir completamente desesperanzada.

Precisamente la pregunta sobre cómo mantener la esperanza frente a la dura realidad de la crisis climática es la que más le repiten. "¿Para quién? ¿Para nosotros? ¿Para quienes viven en las partes económicamente afortunadas del mundo que, en gran medida, son responsables de la emergencia climática –no como individuos, pero sí como sociedad– o para aquellos a los que realmente afecta la crisis climática?", explica. "Debemos redefinir un concepto que se está usando en nuestra contra. Si hay esperanza, no tienes que hacer nada, pero es todo lo contrario. La esperanza significa pasar a la acción".

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SILVANA TREVALE

Desde que Greta tenía 15 años, cuando se sentó por primera vez en el suelo a las afueras del parlamento sueco con una gran pancarta en la que se leía 'Huelga escolar por el clima', lleva alentando a la población a que actúe: a cambiar nuestro estilo de vida y poner fin a la gran presión que ejercemos sobre el planeta. Y como ahora nos recuerda el famoso reloj climático, el tiempo se agota, así que le pregunto por qué la gente es tan reticente al cambio. "En primer lugar, porque no nos han explicado el significado y las implicaciones de la emergencia climática. Ni siquiera nos damos cuenta de que es una crisis, y si no actuamos como tal, no creo que nadie lo interprete así. Los humanos somos animales sociales e imitamos el comportamiento que nos rodea. Si todo el mundo continúa con su vida, nosotros también".

La falta de conciencia es una de las razones por las que Greta trabajó en un libro durante el confinamiento: 'El libro del clima' (Lumen), que contiene breves, aunque contundentes, ensayos escritos por científicos y autores como Naomi Klein o la sobresaliente Wanjira Mathai. En él explica cómo funciona el clima, cómo está cambiando nuestro planeta, cómo nos afecta, qué hemos hecho al respecto y qué debemos hacer ahora. Una lectura aleccionadora, el tipo de libro que, una vez que terminas, no puedes olvidar. Sin embargo, su principal intención con él es que la gente empiece "a leer entre líneas, que conecte los puntos por su cuenta y que saque sus propias conclusiones, eso es lo que quiero conseguir". También quiere que escuchen, aunque no tiene por qué ser a ella. "No me escuches a mí, escucha a los científicos, escucha a los expertos, escucha a los más afectados... Podría hablar yo, pero soy una persona blanca privilegiada que vive en Suecia. No tengo ninguna historia que contar. Está en manos de otros contar estas cosas".

Es más, si de ella dependiera, borraría sus cuentas en redes sociales –"Soy una antigua en lo relativo a la tecnología"–, salvo que más de 20 millones de personas se preguntarían a dónde ha ido. "No quiero ser una 'influencer' de ese tipo, algo que, evidentemente, se complica cuando tienes muchos seguidores", comenta. Su perfil público ha atraído tanto elogios –Margaret Artwood la comparó con Juana de Arco y el príncipe Harry dijo que todos los países necesitan una Greta– como el odio extremo. Entre otras cosas, la han llamado "niñata malvada y manipuladora", "comunista" o "capitalista extremista", y ha recibido amenazas de muerte por sus campañas. Ignora casi todos los halagos para que no se le suban a la cabeza y se siente confundida por las amenazas: "Es raro que digan que tengo que rendir cuentas, no entiendo por qué. Creen que tengo más poder del que tengo".

Hace cuatro años, nadie, ni su familia, pensaba que Greta sacaría adelante la huelga escolar. Le habían diagnosticado Asperger, TOC y mutismo selectivo (durante cinco años, sólo se comunicó con sus padres, su hermana y su profesora, y ahora dice con ironía: "Voy a compensar por ello y no me callaré"). Los turbulentos años que dieron pie a la huelga escolar se describen en el libro 'Nuestra casa está ardiendo: Una familia y un planeta en crisis', obra de toda la familia. En él, su madre, la cantante de ópera sueca y exconcursante de Eurovisión Malena Ernman, relata cómo, con 11 años, de repente Greta "parece que dejó de funcionar: dejó de tocar el piano, dejó de reír, de hablar y de comer». «Era una niña muy rara", dice de sí misma en la actualidad. "Sólo me relacionaba con cuatro personas y me pasaba el día en casa. No podía hablar ni comer con desconocidos, así que no pensaron que lo haría [la huelga]. Yo tampoco, pero lo hice". Cuando empezó a atraer las miradas sentada sola en el exterior del parlamento "se acercaba gente joven en grandes grupos y tenía que salir corriendo llorando porque me asustaban", cuenta mientras deja escapar una risa. Le pregunto si su 'rareza' es una inspiración para quienes sienten que no encajan. "No sé si servirá, pero soy muy rara", repite con empatía. "Muchas personas del movimiento climático son especiales, en el buen sentido, diferentes a la norma. Es increíble que hayamos encontrado este espacio en el que podemos ser nosotros mismos". Así es como Greta ha descubierto un sentido de pertenencia. "He hecho muy buenos amigos, estamos en contacto a diario", comenta sobre el resto de activistas. "Podría decirse que en cierto modo somos compañeros, pero sobre todo somos amigos. Tenemos grupos de chats donde decimos tonterías y hacemos cosas divertidas para no ser tan serios todo el tiempo. La gente suele decir: “Los jóvenes sois la esperanza, sois los salvadores del mundo”. Si supieran de lo que hablamos, no dirían eso".

El diagnóstico de Asperger de Greta está bien documentado: lo llamó su "superpoder" en redes sociales en 2019. Ver ciertas cosas en blanco y negro ha definido su enfoque de la crisis climática. "Me ha ayudado a ver entre tanta estupidez. Suelo oír: 'Aún no cumplimos con el Acuerdo de París, pero estamos dando pequeños pasos en la dirección correcta'. Y la verdad es que estamos a años luz de lo que deberíamos estar haciendo como mínimo indispensable".

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SILVANA TREVALE

Al principio de 'El libro del clima', Greta declara esta era como la de "la gran máquina de lavado verde", en la que hay diversos países productores de combustibles fósiles que se hacen llamar líderes climáticos «a pesar de carecer de políticas de mitigación en marcha». El lavado verde se repite con frecuencia en el contexto de la moda, pero ¿está la industria haciendo suficiente para controlar sus emisiones? "Depende. Hay quienes sí intentan, a pequeña escala, hacer cosas de forma sostenible, aunque en términos generales, la industria de la moda es muy destructiva: no sólo trata a los trabajadores de forma horrible en cuanto a condiciones laborales, sino también al planeta. La mayoría de los intentos de dar una buena impresión son lavado verde me atrevería a decir". Y precisamente en lo que respecta a la ropa insiste en reutilizar: "Debemos empezar a usar mucho menos, podemos prestarnos cosas, reciclar. El 90 por ciento de mi ropa es de otras personas, incluso todo lo que llevo hoy [señala su colorida camiseta de algodón a rayas y sus pantalones]". No compra nada nuevo, ni siquiera tiene coche, ni vuela. Como todo el mundo sabe, navegó hacia la cumbre de la ONU en Nueva York en un barco sin ducha ni aseo. "¡Fue divertido!". Pero, sobre todo, afirma: "Soy activista e intento impulsar el cambio de esa manera".

El movimiento climático ha sido alentador y ha salvado a Greta de un periodo muy oscuro en el que, como su madre describe en 'Nuestra casa está ardiendo', "no lograba reconciliarse con las contradicciones de la vida moderna". Ahora afirma: "Me ha dado un propósito, y creo que es algo de lo que muchas personas carecen. Sienten que sus vidas son insignificantes, que no desempeñan ningún papel y se limitan a correr en una rueda para hámsteres tratando de ganar dinero, de conseguir seguidores en redes sociales... Si dejas todo eso a un lado y te centras en algo distinto, tu vida se vuelve mucho más satisfactoria". En 'El libro del clima', Greta afirma que no es demasiado tarde para que otras personas experimenten lo mismo. "Hay quienes creen que, si se unen ahora al movimiento climático, serán de los últimos, pero eso no es así. Si decides pasar a la acción ahora, seguirás siendo pionero", escribe.

En enero, la activista cumplirá 20 años. ¿La urgencia en torno a la crisis climática influencia su propia visión del tiempo? "A menudo me pregunto qué estoy haciendo con mi vida, y me siento y pienso un rato, pero luego llego a la conclusión de que las cosas cambian a diario, no puedo planear nada".