La gente escucha a Greta Thunberg por su creatividad, no por sus conocimientos científicos

Greta Thunberg, en Turín, el pasado 13 de diciembre (AP Photo/Antonio Calanni)

Hace apenas dos años nadie, salvo sus vecinos y familia, había oído hablar de una adolescente sueca llamada Greta Thunberg. Víctima de un trastorno leve del espectro autista llamado Asperger (el mismo que tenía el televisivo Doctor Mateo) esta niña con coletas y rostro serio se ha convertido en un icono mundial en todo lo relativo a la crisis climática. Su incendiario discurso en la ONU en septiembre de este año conmovió y llevó a las lágrimas a más de un político presente.

La prueba de su éxito está en el elevado número de sus detractores. Existe una legión de personas que la critican de múltiples maneras. Algunos la tildan de ser un producto del sistema para tener controladas las críticas al propio sistema. Otros la acusan de ser una marioneta adoctrinada en el extremismo ecológico que le inculcaron sus padres. Y siempre está quien la desdeña cómicamente por ser una cría que riñe como una abuela (Trump le pidió hace unos días “que se relajara”). Podemos añadir a quienes la critican por haberse tomado un año sabático irresponsablemente en lugar de estar en la escuela, que es lo que tiene que hacer una niña de su edad.

Están también los negacionistas de siempre, que dudan de la veracidad del trasfondo científico de sus mensajes. Quienes encuentran absurdo y contradictorio su afán por viajar en vehículos no contaminantes, cuando es bien sabido que un tren eléctrico se puede mover (en muchos casos)  gracias a que una central térmica lejana genera energía quemando carbón. Y en última instancia están también los del recurso más fácil y ruin, que consiste simplemente en poner en duda su salud mental. ¡El ataque “ad hominen” nunca puede fallar!

Lo dicho, a tenor del ejército de críticos que moviliza Greta es un éxito mundial de la comunicación. De hecho tengo bastante claro que mis hijos y los hijos de mis amistades, conocen a la perfección a qué se expone la humanidad si no reducimos o eliminamos las emisiones de gases invernadero, gracias en buena parte a ella. ¿Sería preferible que los jóvenes conocieran el riesgo real al que se exponen por boca de los científicos? Sí, absolutamente. Pero si Greta ha triunfado donde los científicos han sido incapaces (es decir en la complicada tarea de conseguir espacio en los medios de comunicación generalistas) ha sido gracias a su creatividad, no a sus conocimientos científicos.

Volviendo a su discurso ante los mandatarios de la ONU de este año, lo que estos oyeron allí de su boca fue un discurso radicalmente diferente. En menos de 500 palabras logró impactar con su mensaje a una audiencia global, mientras algunos políticos simplemente no sabían dónde meterse.

Habéis robado mis sueños e infancia con vuestras palabras vacías. Y aun así yo soy de las afortunadas. La gente está sufriendo, la gente está muriendo. Hay ecosistemas enteros que colapsan. Estamos en el inicio de una extinción masiva. Y todo lo que podéis decir tiene que ver con el dinero y con cuentos de hadas acerca de crecimiento económico eterno. ¡Cómo os atrevéis!

Estas breves e impactantes acusaciones, consiguieron llamar la atención de los medios de un modo que los mensajes científicos no suelen lograr: haciendo que millones de personas con escasa preparación captaran la idea. La fuerza del mensaje venía de su personalización, no se hablaba en nombre de la humanidad o del planeta, era solo una niña emocionada que se quejaba en primera persona de haber perdido su infancia.

De hecho, en la reciente cumbre de Madrid, Greta adoptó un discurso más maduro y mucho menos impactante debido precisamente a su impersonalidad. Se limitó a citar datos de informes científicos y anunció que su discurso esta vez sería diferente porque la gente se queda con las frases y nadie recuerda los datos”.

Pero volvamos sobre el asunto de la creatividad y la ciencia. Pese a que todos asociamos la creatividad con las artes, lo cierto es esta cualidad es imprescindible en buena parte de los pasos que requiere el método científico. Tanto para formular hipótesis, como para diseñar experimentos concluyentes, o para realizar predicciones a partir de las hipótesis, los científicos han de gozar de imaginación y creatividad. Sin ella, las soluciones simplemente no aparecerán.

Sin embargo, todos los que hemos estudiado ciencias hemos tenido previamente que elegir un camino en el que se nos forzaba (dolorosamente en mi caso) a dejar atrás los humanismos. Como si no se pudiera compaginar ambos mundos (ciencias y letras) en eso que simplemente llamamos cultura.

Cada país tiene su idiosincrasia y problemas diferentes. En la prensa británica he leído esta semana que en el Reino Unido cada vez hay menos alumnos dedicados a las artes y los humanismos. En España en cambio nos enfrentamos a un futuro con menos estudiantes matriculados en titulaciones STEM (acrónimo inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática) carreras que han perdido un 30% de alumnos en 20 años. Parte de la culpa la tiene el escaso interés que estas carreras despiertan entre las mujeres de nuestro país, interesadas tal vez en labores más “creativas”.

Parece cada vez más obvio que necesitamos encontrar una forma de relacionar la creatividad y las ciencias, si quiera en la forma de comunicarla. Al parecer la pequeña Greta ha entendido como hacerlo.

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