Un padre intenta agredir a un árbitro en un partido de niños de 9 años

El padre exaltado (izquierda) frenado por el delegado del CD Calero para evitar que agrediera al árbitro. Foto: Twitter @RTVCes

La costumbre de décadas hace que en España las distintas categorías del deporte de base lleven nombres peculiares que no necesariamente son intuitivos. Aunque parezca una redundancia y a la vez una contradicción, de entre los jóvenes los más mayores son los “juveniles”, que suelen tener 16 o 17 años de edad; por debajo están los “cadetes”, los “infantiles”, los “alevines” y, en fin, los “benjamines”. Estos últimos son niños de 8 y 9 años, proyectos de personas en los que el fútbol (o cualquier otra actividad) es importante en la medida en que les permite realizar ejercicio físico, les aporta diversión y les enseña valores como el compañerismo, el trabajo en equipo o el respeto por el rival. El resultado de los partidos es lo de menos.

Lamentablemente, hay quien no se quiere dar cuenta de esta obviedad. Muchos padres o familiares de los pequeños futbolistas, que son quienes suelen formar parte del público en las competiciones de críos, muestran un instinto protector exagerado y mal entendido y se exaltan con facilidad. Así, de vez en cuando nos encontramos con episodios muy desagradables en las gradas. Pero pocas veces llegamos a niveles como el visto este fin de semana en Gran Canaria.

Se enfrentaban los equipos del CD San Pedro Mártir, de El Doctoral (Santa Lucía de Tirajana) y el CD Calero, de Telde, en las instalaciones del primero de ellos, en encuentro correspondiente al grupo 2 de la categoría benjamín preferente canaria. Según la versión de los aficionados locales recabada por El Periódico, fueron dos hinchas visitantes los que iniciaron las hostilidades, dedicándose todo el encuentro a insultar al árbitro, Manuel Padrón. Al acabar el partido la cosa no pasó a mayores, más allá de los reproches del público de El Doctoral que les recriminaba que hubieran mantenido una actitud tan agresiva en presencia de menores.

Pero uno de ellos, sin camiseta, vio al árbitro y bajó a pie de césped para continuar con los insultos y los gritos soeces. Parecía que se había tranquilizado y se marchaba, cuando de repente se dio la vuelta, salió corriendo y saltó la valla con intención de agredir al colegiado. El acta del árbitro recoge que le gritó lindezas como “eres un hijo de la gran puta, subnormal de mierda, te voy a matar, ven aquí jodío cagón que te mato”.

Afortunadamente el delegado del CD Calero estaba cerca y pudo frenarle y llevárselo antes de que llegaran a las manos. De hecho, hay que reconocer que la entidad de Telde ha reaccionado de forma rápida y eficaz. El diario El Día informa de que el energúmeno en cuestión, padre de uno de los futbolistas, es bien conocido por otras actitudes similares, y que el club le tiene prohibida la entrada a sus instalaciones. Ellos mismos van a presentar denuncia en comisaría contra este individuo, ya que afirman, con razón, que su comportamiento les supone un perjuicio importante.

A través de un comunicado, el presidente del club ha querido dejar claro que este personaje no está involucrado en su estructura, sino que simplemente es un espectador que aparece de vez en cuando, y que ni siquiera se encarga de las gestiones relacionadas con su hijo (tarea de la que se ocupan la madre y la abuela). Además ha pedido expresamente disculpas al árbitro y ha recordado que “esta lacra tiene que desaparecer para siempre del fútbol base”.

Podría pensarse que es un episodio puntual debido al desequilibrio de esta persona en concreto. Sin embargo, cada cierto tiempo nos encontramos con situaciones similares; dadas las circunstancias es razonable hablar de un problema social. Lo que no está tan claro es la forma de solucionarlos. Responsabilizar a los clubes del control de los espectadores que puedan acceder o no a los partidos significa cargarlos con una tarea que puede requerir una logística compleja y para la que en muchos casos las entidades, poco o nada profesionalizadas, no cuentan con los recursos suficientes. Tampoco parece viable poner un agente de policía en todos y cada uno de los miles de partidos de niños que se disputan cada fin de semana en España.

Lo más sencillo, y sensato, sería corregir por el otro lado: que los propios padres se dieran cuenta de que actitudes así son inaceptables y se mentalizaran de que, cuando hablamos de niños, el fútbol (o cualquier otro deporte o competición) no es más que un juego. Se trata, a fin de cuentas, de una cuestión de educación. Lo malo es que hasta ahora nadie ha encontrado la manera de lograrlo. No cabe duda de que quien lo haga tendrá el aplauso de toda la sociedad.

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