Glenda Jackson, la "nueva Katherine Hepburn" convertida en parlamentaria

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Photo credit: Mike Lawn
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Inusual empezando por sus orígenes humildes y de clase trabajadora; en el mundo de los actores ingleses, donde cada vez más se señala que solo los que pertenecen a familias adineradas pueden salir adelante, Glenda proviene de un mundo totalmente distinto. Su padre era albañil; su madre, limpiadora, y tenía tres hermanas pequeñas. La situación familiar no era muy boyante, y desde joven se crió con un mensaje muy claro: “si no trabajas, no comes”. Así, cuando a los 15 años Glenda dejó de estudiar, se puso a trabajar como dependienta en una droguería. Años después, contaría que cuando regresaba a casa, su madre inspeccionaba sus zapatos por si tenía agujeros en ellos. Cosa que a veces, sí, sucedía. El teatro era su auténtica pasión, y poseía un talento fuera de lo común que pronto iría más allá del grupo de teatro itinerante de su pueblo.

Photo credit: Mirrorpix
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Gracias a una beca, en 1954 consiguió estudiar en la real academia de arte dramático, y fue cuestión de tiempo que empezase a conseguir papeles de más peso. Su interpretación de Carlota Corday en la polémica Marat/Sade fue tan brillante que mantuvieron su elección cuando hicieron la película de la obra de teatro. Así, resultó que el cine esperaba a alguien como Glenda con los brazos tan abiertos como el teatro. Se hizo famosa en una época, los años 60 y 70, en los que aparecía un nuevo modelo de mujer, rebelde, con conflictos y personalidad propia, y ella encarnaba a ese tipo con la que parte del público podía identificarse. Y no solo el Reino Unido la aplaudió; en Estados Unidos la etiquetaron como “la nueva Katherine Hepburn” o “la nueva Bette Davis”, e incluso consiguió dos Oscar a mejor actriz, el primero en 1970 por Mujeres enamoradas y el segundo en 1974 por Un toque de distinción.

Photo credit: Silver Screen Collection
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Pero Glenda estaba muy lejos del glamour de Hollywood y de la figura de la típica estrella. Ajena al circo de la industria del espectáculo, conseguía reconocimientos solo por su papel en pantalla o sobre las tablas. Y no eran pocos: además de los dos Oscar, acumula un Globo de Oro, varios Emmys, Baftas y el Tony de teatro. Quitándoles importancia, ha comentado: “el mejor premio es conseguir un trabajo”. Además, no hay ni ha habido nunca cotilleos sobre ella; su vida privada no forma parte de su construcción como personaje público ni como actriz, y eso que en una ocasión declaró: “nunca he tenido una relación que no fuera violenta”. Se divorció de Roy Hodges en el 76, tras casi veinte años de matrimonio, y desde entonces se ha declarado como una soltera feliz y satisfecha. En la actualidad, vive en el sótano de la casa de su hijo, el periodista Dan Hodges, con su propia salida al jardín.

Photo credit: Joe Bangay
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Glenda había estado implicada de forma ocasional en política desde mediados de los 70, siempre vinculada al partido laborista. Era una firme creyente en el poder transformador de la política, y así, declaró: “mi vida cambió por el gobierno laborista de 1945. Fue transformador para millones de personas como yo: la educación, el servicio de salud. Fue una prueba de que la política puede mejorar la vida de las personas, que un sueño social puede convertirse en una realidad por el poder del gobierno”. Pero a principios de los 90, tras más de una década de gobierno de Margaret Thatcher, decidió dar un paso más. Sobre esto, contaría: “Creo que lo que hizo clic en mí es cuando ella dijo “no existe eso de la sociedad”. De hecho, Glenda se enfadó tanto al oírlo que chocó contra una ventana y casi se rompió la nariz. Sintió que era su deber presentarse a parlamentaria y hacer todo lo que estuviese en su mano, “todo lo que fuese legal”, ante una situación crítica. “Todo lo que me habían enseñado de niña que eran vicios ella decía que eran virtudes. La avaricia no era avaricia, era independencia; el egoísmo no era egoísmo, era cuidar de ti mismo y de tu familia. No fue “oh, estoy cansada de actuar, voy a probar algo nuevo”. Quiero decir que habían arrojado el país a los perros”.

Photo credit: Walter McBride
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En 1992, Glenda Jackson salió elegida como miembro de la cámara de los comunes por el partido laborista. Desde entonces, aparcó su trabajo para centrarse en la política. Cuando Tony Blair ganó las elecciones en el 97, fue nombrada responsable del transporte en Londres. Ha sido muy crítica con su propio partido, hasta que en 2015 dejó la política y regresó a los escenarios. El público la había echado de menos: obtuvo un éxito arrollador por su versión de El rey Lear o, ya en televisión, por su interpretación de una enferma de alzheimer en Elizabeth está desaparecida. A sus 86 años, sigue siendo cáustica y evitando cualquier intento de romantización o glamourización sobre su profesión. Cuando se le pregunta si sus padres, de estar vivos, estarían orgullosos de lo que ha conseguido en la vida, su respuesta es: “creo que mi padre probablemente estaría más orgulloso de los doctorados honorarios que he obtenido, y para mi madre el orgullo sería que volviese a casa sin agujeros en los zapatos”.

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