Givenchy, la elegancia hecha moda


El amor de Hubert James Taffin de Givenchy por la moda, conocido como el Cary Grant de la alta costura por su elegancia, y creador del estilo icónico de Audrey Hepburn, su gran musa, comenzó a una edad muy temprana. Con sólo nueve años, inspirado por su madre y su abuela, ya sintió la vocación por la aguja y los patrones.




Nació en Beauvois en 1927 en el seno de una familia aristocrática, y huérfano de padre desde los tres años, siempre sintió una fascinación especial por la figura de su madre, Béatrice Badin, a la que conocían en la ciudad como 'Sissi', tanto por su gran belleza como por su carácter excéntrico: su mascota, una cabra llamada Pomponette, la seguía por la casa como un perrito.

[Relacionado: Andrej Pejic, el hombre que desfila con ropa de mujer]


Ella fue su primera musa, y la que le inculcó la elegancia y el amor por la belleza. Con sólo diez años, en 1937 le llevó de visita al Pabellón de la Elegancia de la Exposición Universal de París, y ese mismo año, descubrió al gran maestro Cristóbal Balenciaga, dos hechos que marcarían su carrera.




A  los diecinueve años, Hubert de Givenchy decidió dejar su Beauvais natal y marcharse a París a estudiar Bellas Artes, en una época en la que la costura se transmitía de maestro a aprendiz. Y como aprendiz, tuvo el privilegio de trabajar con grandes de la moda como Christian Dior, Jacques Fath, Robert Piguet  o Elsa Schiaparelli. Sin embargo, no tuvo la oportunidad de hacerlo con su idolatrado Balenciaga: la directora de sus salones en aquél momento, Mademoiselle Renée, se lo impidió.


En 1951 decidió probar suerte en solitario, siguiendo su sueño de crear una gran boutique donde las mujeres pudieran vestirse con elegancia y simplicidad. Su primer desfile, en 1952, lo abrió la célebre modelo Bettina con una blusa blanca de mangas de volantes que después llevaría su nombre (el modelo Bettina), y que se convirtió en icono de la parisina chic y moderna.


Sólo un año después se produjeron dos encuentros que determinarían su carrera: por un lado, pudo por fin conocer a Balenciaga, que no sólo le ayudó en la organización de su maison, sino que, cuando cerró sus puertas, aconsejó a sus propias clientas que se vistieran en Givenchy. Por otro, y gracias a un feliz error, llegó a su taller la que sería su mayor musa, Audrey Hepburn. 

En su agenda aparecía una cita concertada con la señorita Hepburn. Hubert, que esperaba a la gran Katherine Hepburn, se encontró con una joven en camiseta, leggings y sandalias: Audrey Hepburn. En aquél momento, ninguno de los dos podía imaginar que formarían un tándem  perfecto de complicidad, elegancia y estilo durante cuarenta años.




Audrey Hepburn se convirtió enseguida en su mayor embajadora, tanto en la vida real como en la gran pantalla, en clásicos del cine inolvidables como Desayuno con diamantes o Sabrina. Juntos  definirían un nuevo canon de belleza: depuración exhaustiva de las líneas, caderas finas, cuerpos estilizados y cuello de cisne. La ingenuidad de los años sesenta nació en Givenchy.


Las mujeres mejor vestidas del mundo, como Jackie Kennedy-Onassis, Lauran Bacall, Greta Garbo, Elizabeth Taylor, Marlène Dietrich o Grace Kelly, eran sólo algunas de las clientas habituales de su maison, así como Wallis Simpson, para la que creó unas fundas especiales en tono azul Windsor que preservaban sus vestidos de las miradas indiscretas.


Cuando se retiró en 1995, en la firma le sucedieron los jóvenes creadores británicos John Galliano y Alexander McQueen, que encontrarían sus primeros éxitos bajo la firma Givenchy.