El genio de Cate Blanchett choca con el moralismo de Todd Field en 'TÁR'

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Photo credit: Distribuidora
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En una de las primeras escenas de ‘TÁR’, la renombrada directora de orquesta a la que da vida Cate Blanchett confiesa ante un auditorio plagado de devotos seguidores que “el timing es la clave de mi trabajo”. La fulgurante estrella (ficticia) de la música clásica, de nombre Lydia Tár, se refiere a la relevancia que tiene para ella, en su profesión, el manejo del tempo. Sin embargo, la frase bien podría servir para describir el talento descomunal de la actriz australiana. Y es que, en ‘TÁR’, la protagonista de ‘Carol’ vuelve a desplegar su primoroso dominio del ritmo en cada escena, cada gesto, cada inflexión de la voz. La tendencia de Blanchett a construir sus personajes desde el control, desde la precisión milimétrica, le viene como anillo al dedo a su encarnación de Tár, que aparece ante el público como una mujer capaz de gobernar cualquier situación, sea actuando ante un auditorio público o desplegando su poder de persuasión en sus relaciones privadas.

Todd Field –quién escribe y dirige su primera película desde ‘Juegos secretos’, de 2006– sabe sacar todo el partido del genio de Blanchett y aprovecha el magnetismo natural de la actriz para despertar la fascinación del espectador. Resulta casi inevitable quedar prendado del férreo compromiso de Tár con su labor artística, que se presenta bajo una poderosa aura de distinción y romanticismo. De hecho, en algunas de las largas escenas monologadas con las que se abre la película, este crítico se sintió tentado de dejar de escuchar los diálogos de la película para únicamente contemplar la exhibición gestual, postural y casi atlética de la actriz. Sin embargo, resulta crucial atender al retrato que la película realiza de un universo, el de la música clásica, donde las férreas jerarquías dan pie a los abusos de poder. Bajo el embrujo de Blanchett, la altivez de su personaje –su tendencia a mirar a todo el mundo por encima del hombro– puede ser percibida por el público como el resultado lógico de poseer un talento abrumador. Sin embargo, Field se va encargado de apuntar las inclinaciones despóticas de Tár en su relación con su pareja (interpretada por la actriz alemana Nina Hoss, musa de Christian Petzold), su asistenta personal (Noémie Merlant, coprotagonista de ‘Retrato de una mujer en llamas’), sus colegas y los intérpretes de la Orquesta Filarmónica de Berlín.

Buscando situar la película en el corazón del zeitgeist contemporáneo, Field no duda a la hora de incluir en su guion referencias a cuestiones de género (Tár se muestra orgullosa de haber llegado a la cima de su arte siendo una mujer lesbiana) o a los juicios públicos en la era de Internet (en una escena, Tár reniega de la “cancelación” de los genios de la música clásica por razones vinculadas a su vida privada o a su privilegio heteropatriarcal). Un cóctel de “grandes temas” que aparece aliñado por una reflexión sobre una cultura que ha normalizado el consumo abusivo de medicamentos ansiolíticos.

Para poner en escena su punzante disección de un personaje tan seductor como siniestro, Field parece abrazar una frialdad que remite al universo expresivo de Stanley Kubrick, a quien el director de ‘In the Bedroom’ conoció de cerca gracias a su trabajo como actor en ‘Eyes Wide Shut’. Así, en ‘Tár’ abundan los planos distanciados y los sinuosos movimientos de cámara, aunque el efectivo trabajo de puesta en escena nunca llega a resultar envolvente, como si ocurría con las grandes películas kubrickianas de los últimos tiempos, de la afilada ‘Birth’ de Jonathan Glazer a la juguetona ‘La favorita’ de Yorgos Lanthimos, pasando por la monumental ‘There Will Be Blood’ de P.T. Anderson. Llevando al límite el subtexto de la película (la reflexión acerca de la violencia interpersonal), ‘Tár’ podría verse como una versión amable de los feroces y tortuosos juegos de poder de ’La pianista’ que Michael Haneke.

A la postre, ‘Tár’ termina atrapada en un curioso choque de intereses. Por un lado, tenemos a una actriz, Blanchett, que lo pone todo de su parte para dotar de complejidad y humanidad a un personaje afincado en un claroscuro existencial. Sin embargo, por parte del director, Field, se detecta una tendencia a observar a la protagonista desde una postura más bien moralista, subrayando sus flaquezas en un in crescendo que bordea el ensañamiento. Luces y sombras de una película que, a lo largo de sus 158 minutos, cuece a fuego lento una ficción en la que resuenan algunos de los grandes debates de nuestro tiempo.