Los Oscars se hunden en el año de la pandemia, pero mueren matando

Valeria Martínez
·10 min de lectura

Si hubo una gran perdedora de la 93 ceremonia de los Premios Óscar, esa fue la audiencia. Los que seguimos la gran noche del cine nos encontramos con una gala de más de tres horas, lenta, tediosa y sin gracia, tanto que si no fuera porque adoro el séptimo arte y es mi trabajo, hubiera apagado el televisor a los pocos minutos de su arranque. Y estoy segura que más de uno así lo hizo.

Sin embargo, debemos reconocer que la Academia lo tenía muy difícil. Estaban celebrando una entrega de premios con películas que el gran público casi no ha visto, sin estrenos potentes en salas por culpa de la pandemia y con un interés mediático bajísimo. Pero “el show debe continuar” y para ello la Academia optó por sacrificar el interés del público a cambio de celebrarse a sí misma, rompiendo con el protocolo y atreviéndose a arriesgar con algún que otro premio inesperado.

Fueron los Óscar donde la Academia hizo lo que le dio la gana.

THE OSCARS® - The 93rd Oscars will be held on Sunday, April 25, 2021, at Union Station Los Angeles and the Dolby® Theatre at Hollywood & Highland Center® in Hollywood, and international locations via satellite. (ABC/AMPAS)
THE OSCARS® - The 93rd Oscars will be held on Sunday, April 25, 2021, at Union Station Los Angeles and the Dolby® Theatre at Hollywood & Highland Center® in Hollywood, and international locations via satellite. (ABC/AMPAS)

No obstante, esto de hacer lo que le da la gana puede tener sus consecuencias. La relación entre las ceremonias de premios y los datos de audiencia lleva varios años pendiendo de un hilo. La inmediatez de las redes sociales hace que muchos no tengan interés o necesidad de seguir cada ceremonia, tragándose discursos eternos y momentos de guion. Una tradición que se va perdiendo año tras y año y que la Academia podría haber hundido aun más con una ceremonia que se alejó de la idea de entretener a su público. No hubo actos musicales, ni monólogos destinados al entretenimiento, sino todo lo contrario.

Ya desde el momento que presentaron a los primeros nominados, dedicando minutos para contar los inicios de cada uno en el mundo del cine, supimos que la cosa iría para largo. Es decir, la Academia optó por recurrir a contar cómo empezaron en el cine o una anécdota histórica de la persona con su pasión por el séptimo arte, en casi todas las categorías. Historias de orígenes bonitas pero que no hicieron más que alargar la gala y llevarnos a perder el interés muy rápidamente.

Además, y por primera vez, la institución no puso límite a los discursos dando pie a monólogos y agradecimientos extendidos, a veces con gracia y otras no tanto. Fue el caso de Daniel Kaluuya y su discurso de celebración de la vida que dejó a su madre a cuadros al hablar de las relaciones sexuales que llevaron a procrearlo, o del director de Otra Ronda o la actriz secundaria ganadora por Minari, que utilizaron sus discursos sin límites para dejar momentos para el recuerdo gracias a la naturalidad y espontaneidad de los dos primeros; y a la libertad que la falta de normas dio a Thomas Vinterberg para compartir la tragedia personal que cambió su vida y el rumbo de su producción ganadora del Óscar a mejor película internacional.

Es decir, en la madrugada del lunes, Hollywood se celebró a sí mismo aprovechando el difícil año vivido por la pandemia para tirar la casa por la ventana sin importar el mañana. La audiencia quedó a un lado, el interés mediático también. Este año, la Academia se miró el ombligo para auto celebrarse sin norma, atreviéndose a dar premios que nadie esperaba.

Es lo que tiene el miedo a desaparecer, a la muerte o al final de nuestros días; que nos lanzamos de lleno a vivir sin miedo. Y eso hizo la Academia en su gran noche anual.

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Además de romper sus propias reglas previamente al aceptar que las películas estrenadas en streaming pudieran acceder a las nominaciones -como norma excepcional por el año del coronavirus-, la Academia continuó en su nueva línea quitando los límites en los discursos, eliminando al público y los números musicales mientras encontró la manera de evitar el uso de mascarillas ante las cámaras. Optaron por presentar la gala como un rodaje de su misma industria y tras someter a los invitados a varias pruebas de Covid, aislamiento y controles previos, lograron hacer la gala a su manera. Cuando las cámaras filmaban podían estar sin mascarilla, cuando las cámaras se apagaban para el corte publicitario, debían ponérselas.

A su vez, hubo una tendencia nueva a romper expectativas, con riesgo y atrevimiento, demostrando valentía a la hora de dejar a un lado los pronósticos. Y la encontramos en algunos de sus premios.

Es cierto que varios galardones eran evidentes, pero no tanto por las quinielas sino porque eran verdaderamente las mejores: como el Óscar a mejor guion adaptado de El padre y el de mejor guion original para Una joven prometedora (dos trabajos sublimes). O el de mejor documental para Lo que el pulpo me enseñó o mejor directora para Chloé Zhao por Nomadland.

Sin embargo, la Academia se atrevió a dar la sorpresa cuando premió a Anthony Hopkins por El padre, cuando dicha estatuilla estaba marcada a fuego mediático con el nombre de Chadwick Boseman. El fallecido actor estaba nominado de manera póstuma por La madre del blues a raíz de su último trabajo antes de su muerte en agosto de 2020. La temporada de premios se rindió por completo ante su desgarradora y comprometida actuación, donde el actor se entregó en cuerpo y alma, delgado por culpa del cáncer pero dispuesto a darlo todo en la que sería su última experiencia ante las cámaras. 

Su esposa había recibido infinidad de premios en su nombre por esta actuación y estaba prácticamente cantado que volvería a suceder en los Óscar. Es más, era de los premios que los especialistas ya dábamos por hecho. Premiar a Boseman de manera póstuma parecía lo correcto y lo más sensible ante el impacto que tuvo su muerte cuando el mundo desconocía su estado de salud. Su actuación lo merecía y parecía que no había tutía. Pero la Academia se atrevió y rompió esquemas entregándole el premio a Anthony Hopkins por El padre. 

El actor británico era el favorito silencioso. Ese que muchos queríamos que ganara pero que creíamos que la Academia no se atrevería ante lo sensible que resultaba la muerte de Chadwick. Pero la institución rompió con las cadenas que imponen el hacer lo correcto, para dejarse llevar por su criterio más que por lo que se espera de ella, y premió al actor con el segundo Óscar de su carrera a 29 años de ganar el primero por El silencio de los corderos en 1992. Y es que a sus 83 primaveras, Anthony Hopkins realiza una actuación sublime como un padre que sufre demencia en una película que retrata la pesadilla moral, humana y emocional que supone un día en el enfermo y en la vida de la hija que lo cuida. Un análisis demoledor de una realidad devastadora en donde Hopkins carga con todo el peso dramático de la historia.

También sucedió con el Óscar a mejor actriz secundaria, donde las quinielas señalaban a Glenn Close como posible ganadora, entregándole un premio más de reconocimiento tras sumar ocho nominaciones y no ganar nunca. Pero su trabajo en Hillbilly, una elegía rural no era de los favoritos -si hasta estuvo nominada al Razzie a la peor actuación por ese mismo papel- y muchos especialistas dábamos el premio por ganado por Amanda Seyfried gracias a su elegante y atractiva interpretación en Mank, en donde solo aparece unos minutos pero consigue que solo queramos verla a ella en pantalla. Pero al final la Academia volvió a recurrir a una votación de criterio y premió a una gran merecedora, la coreana Yuh-Jung Young que llegó por primera vez a los Óscar por Minari y a sus 73 años.

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Y por supuesto, no podía faltar como ejemplo el Óscar a mejor actriz. Entregar el premio al mismo actor en más de dos ocasiones no es algo que sucede a menudo. Frances McDormand ya lo había ganado por Fargo y Tres anuncios en las afueras, y que le dieran un tercero era algo que muchos poníamos en duda. Sin ir más lejos, solo cinco actores habían conseguido ganar tres estatuillas hasta el momento mientras Katherine Hepburn se mantiene como la única con cuatro en la historia de los Óscar. Meryl Streep suma tres galardones de 21 nominaciones, Jack Nicholson de 12 candidaturas. Ingrid Bergman, Daniel Day-Lewis y Walter Brennan son los otros tres. Es decir, para sumar más de dos Óscar hay que ser una leyenda en vida, y la Academia no coloca a los artistas en este pedestal a la ligera. Por ejemplo, figuras como Marlon Brando, Bette Davis, Robert De Niro, Tom Hanks o Elizabeth Taylor jamás pasaron de dos estatuillas. Y por eso muchos ponían en duda si la Academia se atrevería a colocar a Frances en el mismo pedestal (por muy merecido que lo tuviera).

Algunas quinielas señalaban a Carey Mulligan como posible ganadora por su intensa interpretación de mujer buscando venganza contra los hombres que se aprovechan de mujeres en condiciones vulnerables en Una joven prometedora, mientras otras optaban por Viola Davis por La reina del blues.

Pero la Academia volvió a hacer gala de esta nueva tendencia de dejar a un lado las expectativas o el qué dirán para premiar con criterio, y le entregó el premio a la maravillosa Frances McDormand por ese retrato intimista y emotivo que hace de una víctima de la Gran Recesión en Nomadland. Una victoria doble que llegó con el premio a mejor película y que ella celebró con un aullido de lobo en homenaje al editor de mezcla de sonido, Michael Wolf Snyder, quien se suicidió a los 35 años el pasado mes de marzo.

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Al romper sus normas y entregarse a la pasión por el cine tras vivir un año de incertidumbre y temor por el futuro de la industria, Hollywood se ha rendido a premiar con pasión como si no hubiera un mañana. Se rindió homenaje a sí misma con una gala que sirvió de somnífero pero premió con pasión, criterio y ganas de cine. (Me da en la nariz que estos votantes jamás hubieran premiado a Crash, El discurso del rey o Shakespeare enamorado hace unos años).

La Academia aprovechó la pandemia para morir matando y, por primera vez, hacer lo que le dio la gana. Y aunque me aburrieron (muchísimo) la cinéfila que lleva adentro lo celebra más que nunca.

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