La "mala suerte" de Carlos Sainz es la gran milonga del deporte español

Guillermo Ortiz
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First-placed for the auto category Mini JCW X-RAID Team Spain's driver Carlos Sainz (R), celebrates as he gets out of his car while second-placed Toyota's team Qatar's driver Nasser Al-Attiyah (C) applauds him, on the finish area in Qiddiya at the end of the stage 12 of the Dakar 2020 between Haradh and Qiddiya, Saudi Arabia, on January 17, 2020. (Photo by FRANCK FIFE / AFP) (Photo by FRANCK FIFE/AFP via Getty Images)
Photo by FRANCK FIFE/AFP via Getty Images

Las narrativas tienen un peligro inmenso. Cuando la anécdota o la sucesión de anécdotas copan el discurso, el protagonista está condenado. Negar que Carlos Sainz ha tenido mala suerte puntual en determinados momentos de su carrera es absurdo: en su lucha por los distintos títulos por los que ha competido se le han cruzado fallos mecánicos, dunas, ovejas y hasta troncos cortados. Es un hombre que debería haber ganado al menos dos mundiales de rally más y probablemente algún Dakar, y eso, que en principio debería hablarnos de un campeonísimo, de un fuera de serie con un talento inmenso para lo suyo, se ha convertido en motivo de mofa y burla y estigma. La fama de perdedor desafortunado de Sainz le persigue como el famoso vídeo en el que Luis Moya le pide que “trate de arrancar” su coche a escasos metros de la meta y el título.

Pocas imágenes más potentes en la historia del deporte español y pocas imágenes con mayor influencia en la percepción de un deportista. En 1998, cuando se produjo el triste incidente en el Rally de Gran Bretaña, Sainz era un hombre de 36 años con dos mundiales a sus espaldas y unos cuantos subcampeonatos. Era la gran alternativa al dominio de nórdicos y franceses, una anomalía en una especialidad que era completamente ajena para los españoles. En nuestro país, la palabra “motor” remitía necesariamente a las motos, a los muchos campeones de distintas cilindradas o a las habilidades imposibles de Jordi Tarrés en el trial. No se concebía a un español ganando títulos de nada con un coche. Fernando Alonso tenía diez años cuando Carlos Sainz ganó su primer mundial de rallies, por poner un ejemplo. El año que viene competirá contra su hijo.

Sainz fue un pionero y fue un pionero muy exitoso. Que me den a mí su mala suerte. Sainz era un conductor reconocido y valorado por expertos y competidores. Sí, con percances, claro. En 1991 no sabemos cómo se le escapó el título. Luego, lo de 1998, insisto, tan televisado, tan cruel... Sí, podría haber ganado cuatro mundiales, ¡pero ganó dos! Saliendo de la más absoluta nada de un deporte sin tradición alguna. Cuando debutó en el Dakar, al poco de retirarse, tuvo problemas de navegación y su coche se quedó atrapado en una duna, también con la correspondiente cobertura mediática. Estupendo. El Dakar se trata de eso. Se trata de ceder una hora un día porque te pierdes o de pinchar en el peor momento y quedarte sin opciones de título de la noche a la mañana. Siempre ha sido así y es, de hecho, su encanto. Las clasificaciones parciales valen de poco o de nada. Así era en África, así era en Sudamérica y así lo sigue siendo en Oriente Medio. La ley del desierto.

Con todo, Sainz aprendió. Yo creo que no somos conscientes de lo que ha hecho este hombre en el Dakar. Pasar de la velocidad extrema a la precaución, afrontar pasados los 45 un reto tan mayúsculo, tan agotador, tan de noches sin sueño y horas eternas al máximo de adrenalina... Afrontar el reto y superarlo. En 2010, Sainz ganó el Rally Dakar con 48 años, pese a tener todo solucionado en su vida. Fue el triunfo de la tenacidad y la cabezonería. El asunto es que la cosa no quedó ahí: Sainz volvió a ganar en 2018 y en 2020, es decir, fue campeón rozando los 60, batiendo su propio récord de longevidad. Esperar lo mismo este año habría sido una barbaridad. Que no suceda lo extraordinario no puede ser motivo de escándalo.

Solo cuatro pilotos han ganado más que Sainz en el Dakar en toda su historia. Aquí no podemos decir que apareciera de la nada porque el Dakar siempre había sido atractivo para los españoles... pero de nuevo era una cuestión de motos: tras la figura de Jordi Arcarons, aparecieron los Nani Roma, los Marc Coma y tantos otros capaces de pasar de la nada al todo y del todo a la nada. Ahora bien, hasta que no apareció Sainz ningún español había ganado en otra modalidad. Sainz rompió esa barrera antes de que Roma completara un doblete complicadísimo al unir en 2014 el campeonato en coches al que ya había conseguido en motos en 2004. No solo eso, sino compitiendo en la misma época que Stephane Peterhansel y Al-Attiyah, otros dos de los grandes pilotos de la historia, el primero, directamente, apodado “Monsieur Dakar” y con toda la razón del mundo.

En cualquier momento puede ocurrir una tragedia o un despiste y a Sainz le puede pasar lo de hoy: perderse y ceder media hora, pero volverá a ser una anécdota dentro de su carrera. La mezcla de longevidad y éxito de Carlos Sainz es difícilmente igualable en cualquier otra disciplina del deporte español. Recientemente, LeBron James manifestaba su voluntad de seguir jugando hasta que pudiera competir con su hijo en la NBA. Se han visto casos parecidos, por supuesto. Ahora bien, que el padre esté luchando por ganar ni más ni menos que el Dakar cuando su hijo corre ni más ni menos que en Ferrari, está a otro nivel. Más allá de las narrativas, Carlos Sainz Sr. se resiste a rendirse. Un posible cuarto triunfo final le habría llevado a igualar al mítico Ari Vatanen. Para los que crecimos en los ochenta, eso son palabras mayores. Impropias de un “gafe”, desde luego.

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