Cómo el fútbol femenino está copiando los peores vicios del masculino

Luis Tejo
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Jugadoras del Atlético de Madrid femenino y del CD Tacón luchan por el balón durante un partido.
Enfrentamiento entre el Atlético y el CD Tacón, actual Real Madrid, el pasado diciembre. Foto: Quality Sport Images/Getty Images.

No cabe duda de que el fútbol femenino en España está progresando a pasos agigantados. La batalla legal por la profesionalización definitiva avanza y es de esperar que pronto consiga los resultados que pretende. La competición va ganando en atención mediática, y más que subirá este año gracias al desembarco, sin sucedáneos, del Real Madrid, con sus luces y sus sombras. Incluso la selección nacional se está uniendo a la tendencia, como demostró en el último Mundial, en 2019, en que solo la todopoderosa Estados Unidos pudo sacarla de la competición en octavos de final. El público, además, está respondiendo y cada vez se muestra más interesado.

Son buenas noticias, sí. Pero, como nos podíamos temer, tienen su punto negativo. Porque el fútbol femenino, que quizás conservara algo del aura del deporte más puro con su nobleza y su respeto por el rival, lo está perdiendo a la misma velocidad a la que crece su relevancia. En lugar de mantener y fomentar su esencia y progresar a partir de ella, está imitando las facetas más desagradables de su contrapartida masculina, que (no nos engañemos) en cuestión de atraer multitudes lleva décadas de ventaja.

Los aficionados han llegado a unos niveles de enemistad y agresividad muy comunes en el ámbito masculino, pero hasta hace poco inimaginables en el femenino. Sin ir más lejos, precisamente la irrupción del equipo blanco de la capital ha generado oleadas de crispación. El detonante: que en la plantilla que está montando Florentino hay hasta cinco antiguas jugadoras del Atlético de Madrid, referente hasta ahora indiscutido del balompié madrileño en la capital.

El caso más sorprendente es el de la mexicana Kenti Robles, que tras salir de la cantera del Espanyol y haber militado en el Barça, llevaba cinco temporadas en el Atlético, donde ganó tres ligas y una copa. La francesa Aurélie Kaci también ha borrado las rayas rojas de su camiseta. La portera canaria María Isabel “Misa” Rodríguez y la defensa catalana Marta Corredera (una de las grandes figuras de la selección) han hecho el viaje con paradas intermedias en el Deportivo de La Coruña y el Levante, respectivamente. Más llamativa quizás sea la presencia en la plantilla de otra guardameta, Sara Ezquerro, antigua canterana del Atleti que fue expulsada del club allá por 2016 por celebrar en redes sociales la victoria madridista en la final de la Champions masculina.

Hasta hace relativamente poco, todos estos fichajes habrían tenido poca trascendencia: simples movimientos en la carrera deportiva de jugadoras de élite, que van del Atlético al Real Madrid como podían ir a cualquier otro lado. Pero ahora el fútbol femenino es popular y empieza a tener hooligans. O mejor dicho, empieza a atraer a los del fútbol masculino. Para muestra, algunas de las reacciones entre los seguidores rojiblancos más exaltados:

“Ratas” es el calificativo más suave que reciben las jugadoras. Puede entenderse que fichar por el máximo rival no sea plato de buen gusto para la afición, pero semejante nivel de hostilidad era hasta ahora totalmente desconocido en el fútbol femenino. Hay quien opina que en el fondo es positivo y hasta natural porque en rigor la competitividad es la esencia del deporte y el hecho de que aparezca precisamente demuestra que la gente se lo empieza a tomar en serio...

...pero a otras muchas, desde dentro, les asusta un poco esta tendencia y añoran tiempos más tranquilos. ¿Es el precio que hay que pagar? Quizás, pero eso no significa que sea necesariamente algo positivo. En cualquier caso, la violencia (de momento solamente) verbal no es el único problema heredado del fútbol de los hombres.

Otro factor que preocupa mucho es el mercantilismo creciente. En un deporte hasta ahora poco más que amateur, en el que se jugaba casi por placer, no cabe duda de que la llegada de ingresos siempre es bien recibida. Sin embargo, la irrupción repentina de superpotencias procedentes del balompié masculino puede acabar destruyendo cualquier atisbo de competitividad.

Un ejemplo claro es, precisamente, el mismo Real Madrid. El equipo blanco no tiene tradición alguna en la liga de mujeres. La directiva de Florentino Pérez decidió meterse, pero no creando un proyecto propio desde la base, sino comprando los derechos de un equipo ya existente e inflándolo con una mínima parte de los recursos que le generan Benzema, Ramos y compañía. El desembolso es minúsculo para los parámetros que se manejan en la élite de los hombres, pero estratosférico en la de mujeres.

Las consecuencias se han hecho ver de forma inmediata. Aparte de las ex atléticas, entre el verano pasado (cuando se anunció el principio de la vinculación del Real Madrid con el antiguo CD Tacón) y el actual han incorporado a numerosas jugadoras internacionales con selecciones como Suecia (Kosovare Asllani, Sofia Jakobsson), Brasil (Daiane Limeira), Alemania (Babett Peter), Paraguay (Jessica Martínez) o Inglaterra (Chioma Ubogabu). De la nada más absoluta, a golpe de talonario, han creado una plantilla de alto nivel capaz de luchar por los títulos.

¿Esto es bueno o malo? Entra dinero, así que no faltará quien lo vea bien. Pero no se reparte, sino que se concentra en pocas manos. No arriesgamos mucho si apostamos a que, a medio y largo plazo, esto derivará en una copia de las jerarquías de poder ya existentes en el mundo masculino, donde una serie de equipos muy concreta y muy limitada copan toda la gloria, con excepciones puntuales que son vistas como anomalías del sistema. Adiós a la competitividad variada y a la posibilidad de que un Levante o un Rayo Vallecano o un Espanyol vuelvan a ganar trofeos. Ya se pueden ir apreciando síntomas: en la Champions League Femenina de este año, cuya fase final se ha retrasado hasta agosto debido al coronavirus, todos los equipos que han llegado a cuartos de final menos uno (el Glasgow City) son secciones de clubes masculinos célebres como el Bayern de Múnich, el Barça, el Atlético o el PSG.

Quizás ya sea demasiado tarde para frenarlo y el fútbol femenino esté condenado a repetir los mismos errores que el masculino. Quizás, en el fondo, no haya escapatoria y replicar la estructura sea la única opción viable de crecimiento. Son ellas las que tienen que decidir si esta fórmula les interesa, con todas sus consecuencias... o si prefieren (y quienes manejan el negocio les dejan) prosperar de otra manera.

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