Fushimi Inari, un laberinto de puertas rojas en Japón

Fushimi Inari, un laberinto de puertas rojas en Japón/Sele

Muchos supieron del santuario de Fushimi Inari después de ver la película “Memorias de una geisha” donde la protagonista, siendo apenas una niña, aparece correteando por un largo y llamativo pasadizo de color rojo. No se trata, ni mucho menos, de un decorado para la ocasión. En realidad, este lugar sintoísta y de gran tradición para los nipones nació hace más de un milenio en una colina boscosa situada a pocos minutos al sur de Kyoto desde la que se honra a una deidad denominada Inari, protectora de arroz y del sake, de la fertilidad y la cosecha así como de los negocios. En la religión shinto, ancestral de Japón mucho tiempo antes de la llegada del budismo, Inari sería una de las figuras más importantes y veneradas. De hecho hay más de 30.000 santuarios dedicados a ella, aunque ninguno tan increíble y fotogénico como Fushimi Inari.

Un viaje al mundo sagrado a través de la torii

La devoción por esta montaña mágica, también llamada Inari, es tan fuerte, que desde tiempos remotos ha ido viendo crecer su extensión por medio de ofrendas de quienes le trasladaban sus ruegos o agradecimientos. Muchos lo hicieron a través de la construcción y donación de toriis de color bermellón. Una detrás de otra, como si de un laberinto se tratase, se da una sucesión sinuosa de corredores compuestos por este tipo de puertas que, según las creencias sintoístas, se encargan de marcan los límites entre lo mundano y lo sagrado. Cada torii, en realidad, basa su estructura en dos columnas sobre las que se apoyan dos travesaños paralelos. Sencilla a la vista pero con una inevitable carga simbólica.

Famosa en Japón es, por ejemplo, la gran torii de la isla de Miyajima, la cual se inunda con la subida de las mareas. Pero en Fushimi Inari Taisha (en japonés 伏見稲荷大社) hay tantas que se ha perdido la cuenta de cuántas hay realmente. Razón para haberse convertido en una de las visitas más importantes de quienes están en Kyoto, puesto que basta con tomar un ferrocarril y bajarse pasados unos pocos minutos. También Nara está bien comunicada con el santuario, aunque a una mayor distancia en tren.

Los pasadizos de tooris en color rojo bermellón se pueden medir como una sucesión inagotable de laberintos escalonados que metaforizan el Japón más tradicional, auténtico y curioso. Ese país con el que muchos hemos soñado mucho tiempo antes de ir, el de los guerreros samuráis y las grullas sobre el agua, el de la pesca con cormorán bajo la luz de la luna y castillos de fantasía que se asemejan a garzas emprendiendo el vuelo. Un Japón muy diferente al que encontramos en las ciudades futuristas de Tokyo, Osaka o Yokohama y que nada parece tener que ver con los de las ruidosas máquinas del pachinko, los hoteles cápsula, los karaokes hasta las tantas o los trenes bala.

Pero esa es precisamente la mejor baza que obtiene quien viaja a Japón, que puede combinar en cortos periodos de tiempo los neones de modernos rascacielos con la quietud de una montaña como la de Inari en la que se hace perfectamente plausible retroceder varios siglos y disfrutar de la religiosidad nipona en paz, sin más decibelios que los que produce el viento y las campanillas de las muchas capillas con las que cuenta el santuario. En Fushimi Inari se puede viajar a los orígenes de un pueblo tecnológicamente avanzado pero que sigue encendiendo incienso a la deidad del arroz y el sake para rogar o agradecer la buena fortuna. Toda una paradoja, la mejor metáfora de Japón que se me ocurre.

Entre el budismo y el sintoísmo

Santuario de Fushimi Inari /Sele

Inari es probablemente la deidad más representativa y popular de la religión sintoísta, la original de Japón. Y que convive perfectamente con el budismo, el cual penetró desde China hace muchos siglos. Ambas creencias son, para los japoneses, perfectamente complementarias. Así como el budismo se ocupa de cuestiones del más allá, y a dónde van nuestras almas después de la muerte, la religión shinto está más enfocada en el “más acá”, en la naturaleza que nos rodea sin la cual sería imposible la vida. Y que establece una serie de entes protectores de aquellos elementos básicos que aseguran la subsistencia. De ahí que ambas creencias cuenten con semejante sintonía.

Zorros de piedra custodian tus pasos

Además de caminar por los túneles de puertas rojas, se suceden pequeños santuarios o capillas, incluso cementerios. Vigilantes permanecen la figura pétrea y repetida del zorro (Kitsune), al que se considera mensajero de Inari y que suelen llevar una llave en la boca, que para muchos simboliza a la buena suerte, aunque tiene muchas más connotaciones.

La cima de la colina está a 233 metros sobre el nivel del mar. Parece poco, pero para hacer todo el camino se requieren unos 4 kilómetros por lo que, como mínimo, harían falta 3 horas para recorrer las partes más importantes de Fushimi Inari y llegar hasta arriba. Para los aficionados a la fotografía, eso sí, recomiendo más tiempo. La primera hora de la mañana y las últimas de la tarde son idóneas porque hay menos visitantes. Las fotos más perseguidas son las de los corredores de toriis, sobre todo cuando quedan en soledad. Y, tratándose de un lugar muy transitado, es fácil conseguirlo porque hay numerosos pasajes de este tipo.

Cómo llegar a Fushimi Inari (desde Kyoto o Nara)

Las puertas que marcan los límites entre lo mundano y lo sagrado/Sele

Fushimi Inari está situado al sur de Kioto, casi en línea recta a la estación JR Inari. Desde dicha estación hay que tomar la línea JR Nara. Hay que bajarse en la segunda parada, por lo que estamos hablando de un viaje con una duración aproximada de 5 minutos. Hay que tener habilitado el JR Pass para que esté cubierto el coste de dicho trayecto. También existe una línea privada que lleva a la estación Fushimi-Inari, en la línea principal de Keihan. Pero cuenta con dos inconvenientes, quedar algo más lejos de la entrada al santuario y no estar incluido por el Japan Rail Pass, que es el elemento con el que se mueve la mayor parte de quienes visitan Japón.

Desde Nara al santuario Fushimi Inari también resulta fácil llegar. Debido a que la estación JR Inari está en la línea JR Nara mucha gente aprovecha a combinar ambas visitas en un día, aunque para mi gusto queda algo apretado. Y es que se puede llegar en un trayecto sin transbordo alguno en poco más de una hora.

Y tú, ¿habías oído hablar de Fushimi Inari? ¿Te gustaría conocerlo? Sin duda se trata de uno de los atractivos más sensitivos fotogénicos que pueden formar parte de un inolvidable viaje a Japón. Y, aunque aquello parezca un laberinto, te aseguro que no tiene pérdida. Todo lo contrario. Ese lugar, si algo tiene, es que permite encontrarse a uno mismo.

José Miguel Redondo (Sele). Colaborador de Yahoo y autor del blog de viajes www.elrincondesele.com